La triste historia del “murallicidio” en Cartagena

Los atentados contra las murallas no son nuevos, comenzaron a finales del siglo XIX cuando una cantidad importante de baluartes desaparecieron en nombre del progreso. Este hecho se conoce como el “murallicidio”.

Hace unos días los medios registraron un hecho que generó una gran polémica en Cartagena y el país. En las fotografías y videos difundidos en redes se observaba a obreros pintando de blanco y amarillo crema las murallas del fuerte de San Sebastián del Pastelillo, ubicado en el barrio de Manga. Allí opera el tradicional y encopetado Club de Pesca que desde 1944 lo tiene en comodato por un periodo de 100 años.

En pocas horas, el escándalo tocó las puertas de la Alcaldía de Cartagena y del Ministerio de Cultura. Funcionarios de la cartera visitaron las murallas y determinaron que la obra no contaba con los permisos adecuados y que nadie la había autorizado.

En las redes comenzaron a circular las imágenes y videos de obreros removiendo la pintura con pistolas de agua a presión y espátula. Hecho que volvió a generar otro escándalo porque, según conocedores la restauración del daño hecho debía ser realizada por expertos.

Una historia recurrente

Construidas a lo largo de de dos siglos, desde inicios del siglo XVII hasta finales del XVIII, los atentados contra las murallas han sido constantes. Hace apenas dos años, en enero de 2019, los cartageneros denunciaron la instalación de aires acondicionados y un extractor de calor en el baluarte de San José, para un restaurante operado por la Escuela Taller Cartagena de Indias, encargado por ley de resguardar las murallas.

Mapa de las murallas a finales del siglo XVIII

Esas intervenciones a las murallas tampoco son una novedad. De hecho, comenzaron a finales del siglo XIX y se extendieron durante la primera parte del siglo XX. En ese periodo, un número considerable de murallas y baluartes fueron demolidos, un hecho que el historiador Eduardo Lemaitre, autor de la voluminosa Historia General de Cartagena, denominó el “murallicidio”.

El “murallicidio”

Según este historiador, el “murallicidio” comenzó en 1880 con la apertura de la Puerta Piñeres en la muralla de la plaza de la Aduana. Durante cerca de 50 años, las autoridades de la ciudad derribaron los baluartes de Santa Teresa, Santa Bárbara, Barahona, San Pedro, San Andrés, San Pablo y Santa Isabel. Lo mismo hicieron con la muralla entre los baluartes de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier y la ubicada entre la Boca del Puente y la India Catalina.

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Y a algunas de las murallas que sobrevivieron les abrieron puertas para comunicar el interior del corralito con la ciudad extramuros. De esas intervenciones surgieron las puertas de San Francisco Javier, Calle de Baloco, Paz y Concordia.

Una explicación

Lo que a los ojos de hoy podría parecer un hecho inadmisible, desde la perspectiva histórica el “murallicidio” tiene una explicación. Luego de las guerras de independencia, Cartagena quedó arruinada y entró en un largo letargo. La ciudad perdió su preminencia y pocos querían vivir allí. Las cosas cambiaron a finales del siglo XIX cuando el corralito comenzó la recuperación económica y demográfica.

El aumento del comercio y de las industrias trajo consigo el crecimiento de Cartagena por fuera de los de las murallas que, en medio de las ideas urbanistas de la época, eran consideradas un estorbo para la modernización de la ciudad. Este fenómeno no sucedió solo en Cartagena, el “murallicidio” ocurrió en las distintas ciudades que tenían fortificaciones españolas. Durante la segunda mitad del siglo XIX, en el puerto de Veracruz (México), se derribaron murallas y baluartes para darle paso a la ilusión de construir una ciudad moderna.  

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Salvar a las murallas

Como anota el historiador cartagenero Elkin Javier Monroy, si bien buena parte de la elite cartagenera y el gobierno nacional no vieron mayores problemas con el “murallicidio”, sí se presentaron algunos debates que confrontaron la modernización urbanística con la preservación de monumentos históricos, una idea incipiente en la época. Gracias a ese debate, en el que algunos cartageneros comenzaron a ver la importancia histórica y patriótica de las murallas, se salvaron los baluartes de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

El “murallicidio” continuó durante las primeras décadas del siglo XX. En esa época los cartageneros y el gobierno nacional veían al corralito como una ciudad con vocación comercial e industrial y las murallas eran un estorbo para esa idea de modernidad. Hacia la década de 1940, Cartagena comenzó a perfilarse como sitio turístico, cuyo principal hito fue la apertura de puestas del lujoso y moderno Hotel Cartagena, ubicado en Bocagrande. en poco tiempo se convirtió en el epicentro de la elite nacional que viajaba a Cartagena a veranear en las playas.

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El fin del “murallicidio”

Aunque como lo muestran distintos historiadores, después de las celebraciones del centenario de la independencia de Cartagena en 1911, los cartageneros empezaron a sentir cierto aprecio por las ruinas de las murallas (como las llamaban en la época) el aprecio aumentó desde que el corralito emprendió su camino turístico. Desde ese momento el complejo de fortificaciones tomó importancia no solo como símbolo de la grandeza de su pasado sino como principal atractivo turístico que podía contribuir con el crecimiento económico de la ciudad.

Así la idea del “murallicidio” es abandonada, aunque hoy todavía haya personas que la mantengan. Casos como el de los ventiladores y de la pintura del baluarte de Pastelillo lo demuestran.    

5 Comentarios

  1. Otra colombianada mas de estos ignorantes e ineptos gobernantes. No suficiente con el tal edificio acuarela, el cual su demolicion sigue “tomando del pelo” a las autoridades y jueces con la finalidad de que se olvide el asunto o sacar mejor provecho economico con esta “tumbada”. Mientras haya impunidad para estos delitos seguiran viendose estos atropellos al patrimonio de colombia

  2. Excelentes datos para reconocer que el valor del patrimonio histórico y cultural de un país es algo que no se ha tomado muy en serio por bastante tiempo.

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