El hombre de los brazos cruzados

¿Qué tanto puede evocarnos, como imagen de alguien valiente y corajudo, la fotografía de un hombre que simplemente cruza sus brazos?

Es Hamburgo, puerto de Alemania. Es el año de 1936 y, en su astillero, se realiza la botadura del recién terminado acorazado Bismarck, el cual será el buque insignia de la armada de ese país. Hitler, el dictador fiero, todopoderoso y también criminal, sube a la tribuna. Cientos de asistentes lo reciben con el saludo nazi, el brazo extendido hacia adelante y la palma de la mano hacia abajo. Cientos de asistentes más que gritar rugen: “Heil Hitler” (salve, viva, arriba, Hitler).

Todos, menos uno. Menos alguien. Y en medio de la masa, un obrero de 26 años, de nombre August Landmesser, permanece con los brazos cruzados, en expresión adusta, pero tranquila, como en espera. Gesto de desaprobación. Así lo muestra la foto tomada desde arriba.

Para quienes hoy vivimos en democracia, algo parecido lo apreciaríamos como un gesto simpático, de personalidad y nada más. Pero allá y en ese momento, significaba ser excluido de la vida económica, vigilado, acosado, convertido en un paria; además, atraerse a los altos funcionarios y también a los vecinos como enemigos.

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Todo conspiraba, en esos días, para que nadie escapara del antedicho saludo. A los niños se les exigía en las escuelas, entre ellos y con los profesores. Como las dictaduras no escapan de lo ridículo, se repartieron carteles, para ser pegados en las paredes de las escuelas, en los cuales el príncipe despertaba de su encantamiento a la Bella Durmiente, no con un beso, sino con el saludo nazi sobre su cuerpo yacente. Y como las dictaduras también son enemigas del humor, fue clausurado un circo cuyos payasos les estaba enseñando a los micos a hacer ese saludo nazi.

Igual que estos últimos, a los adiestrados empleados públicos se les exigía usar siempre la antedicha salutación. Omitirla, en cualquier circunstancia, podía ser objeto de denuncia como causal de ofensa a la patria.

Ese gesto de Landmesser recuerda a John Kennedy, a quien, siguiendo frase de Hemingway —y la utilizó como epígrafe en su libro Perfiles de Coraje—, le gustaba definir ese tipo de valentía como “gracia sometida a presión”. Gracia, o sea serenidad, desenvoltura, fortaleza, virtud, estado de ánimo firme.

Hay actos públicos de valentía, como el del combatiente que expone su vida. Pero los hay también como, en este caso, privados y humildes y grandiosos, al mismo tiempo, que son como escenas de justicia interiorizada y que se realizan por ser solo justificables ante nosotros mismos. Lo diría el
admirable Joseph Conrad: “el ser valeroso, bueno, fiel, en un universo indiferente y peligroso”. Coraje moral.

Saludo Nazi en Alemania

Landmesser, un hombre común, pero de gran valentía individual, casó con judía acto prohibido. Se le conminó a romper esa relación; y como se negó, fue juzgado por “deshonrar la raza”. Fue condenado, enviado a un campo de concentración durante tres años, donde supo que su esposa había muerto en una redada contra los judíos.

Luego, Hitler, falto de soldados, le liberó para enviarlo a combatir en el frente oriental. Allí desapareció, y, como nunca figuró en las listas de los soldados dados de baja, algunos investigadores creen que fue ejecutado. Había vivido solo 34 años.

William Ian Miller, en su libro El Misterio del Coraje, lo refiere, al reflexionar sobre el tema, “como una ausencia, como un fantasma glorioso y amonestador”. Pasaje que se puede desglosar así:

Una “ausencia“, la del ego, y una audacia desinteresada, porque desaparecen el ánimo egoísta e igual el instinto de conservación; se presentan una sublimación y una elevación, y una ausencia de lo material, parecidas al estado de una mística vivencia.

Un “fantasma glorioso“, interno, para el actor mismo. Una condecoración subjetiva, colocada por él en su alma y para toda su vida. “Amonestador“, pues es la propia conciencia la que se impone, la que despierta la voz del padre, justa pero exigente.

Y ese es el misterio mediante el cual nos amonestamos y nos requerimos y nos juramentamos a nosotros mismos. Y por eso desafiamos al peligro.

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No se sabe cómo los aliados encontraron la foto del Hombre de los brazos cruzados, de nombre y filiación desconocidos. Sus aviones la derramaron sobre varias ciudades alemanas, insinuando que sus habitantes deberían proceder igual. Fue solo hasta 1991 cuando le llegó a este episodio la justicia poética. Una de sus hijas descubrió que ese era su padre, escribió un libro y hoy, esa misma foto y su consiguiente historia, se consignan en Berlín, en el museo de los héroes alemanes de la resistencia a Hitler.

Apostilla. Nuestro presidente anuncia manifestaciones callejeras, amenazantes, para presionar, hoy, al legislativo y, mañana, al judicial. Confiemos en que estos tengan la valentía de “la gracia sometida a presión”. Lo que Platón, desde su maestro Sócrates, llamara “la sabia resistencia del alma”.

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