Los sucesos de Ku Klux Cali el 9 y el 28 de mayo

El 9 de mayo sucedió uno de los hechos más escabrosos de la historia de Colombia: un grupo de residentes del exclusivo barrio Ciudad Jardín, situado en el sur de Cali, disparó contra los manifestantes del paro nacional que hacían activismo en la zona, en su mayoría indígenas caucanos que habían venido a apoyar el paro y acampaban en el campus de la Universidad del Valle, vecina del barrio.

Me sentí como en las cacerías de negros del Ku Klux Kan del siglo pasado, o como en Las Indias de hace 500 años.

Usted dirá que exagero, que los guerrilleros y los paramilitares han cometido atrocidades peores, con mayor sevicia, con muchas más víctimas y durante largos periodos. Quizá tenga razón, pero en este caso hay agravantes especiales. El primero es que los guerrilleros y los paramilitares son grupos al margen de la ley. El guerrillero desconoce la legitimidad del Estado y se toma la licencia de violar sus leyes. El paramilitar también las viola, pero lo hace con la bendición del Estado, que lo contrata para que le haga el trabajo sucio.

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El segundo estriba en que los guerrilleros y los paramilitares operan en zonas rurales, y las autoridades y los ciudadanos podemos alegar que no estamos bien informados de los detalles. El tercero consiste en que, cuando nos enteramos de los crímenes de guerrilleros y paramilitares, los ciudadanos manifestamos nuestra indignación y las autoridades ordenan investigaciones y a veces condenan a los responsables. (La impunidad nunca ha estado por debajo del 95 por ciento).

El 9 de mayo todo fue distinto: los crímenes fueron transmitidos en directo por los celulares de los manifestantes; los criminales eran “ciudadanos de bien”, como los bautizó el grueso de la población (aunque el vandalismo y los bloqueos causaron mucho rechazo, el paro tuvo una aprobación nacional del 75 por ciento, según una encuesta de Datexco de finales de mayo); la Policía colaboró públicamente con los pistoleros; el establecimiento caleño guardó un silencio tan prudente que sonó como una ovación a los pistoleros, pero calificó el paro como una asonada del comunismo contra el Estado. El pitoniso Gardeazábal leyó en la borra del café que el paro era una estrategia de los carteles del Valle para distraer las autoridades y mover una “mercancía”. El Gobierno nacional se limitó a aumentar el pie de fuerza, militarizar la ciudad, repetir el mantra del “terrorismo” y enlodar la protesta civil con imágenes de vandalismo.

¿Cómo podemos explicar esta insania colectiva de un sector de la población caleña? Hay dos explicaciones: el racismo y la desinformación.

Aunque parezca mentira, muchos caleños y colombianos desprecian al indígena y lo tachan de haragán, borracho, narcotraficante y subversivo, ¡y hasta de advenedizo!, a pesar de que nadie ha demostrado que los mestizos bebamos menos ni trabajemos más. Seguramente los indígenas también trafican droga, están en su derecho, al fin y al cabo vivimos en una narcodemocracia, pero deben estar lejos de los niveles de tráfico que mueven los mestizos de las altas esferas sociales del país.

El odio al indígena de ciertos “hijosdalgo” contemporáneos es la prolongación del cinismo colonialista: el encomendero nunca pudo entender que a los indios les diera “pereza” trabajar para un español o un criollo que los vejaba y explotaba en sus propias tierras.

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Yo quiero pensar que muchos caleños fueron víctima de desinformación. La realidad fue esta: a las tres de la tarde del domingo 9 de mayo empezó a circular un mensaje por los chats de estrato alto de la ciudad: “¡Auxilio, la minga ataca en el sur, necesitamos refuerzos!”. El mensaje iba acompañado de un video que se volvió viral. Era la toma de un dron que mostraba un camión de la minga tumbando las puertas de un condominio campestre de Ciudad Jardín. Del camión desciende un grupo numeroso de indígenas que entra al condominio, destroza con sus bastones las lujosas camionetas que están parqueadas en el lugar y se retira.

El video es real y se ajusta a los hechos, pero es solo la segunda parte de la “película”. La primera fue así: unos minutos antes de la escena del dron, una de esas camionetas había arrollado a un indígena en la rotonda de la entrada de Ciudad de Jardín, en la carrera 105 con 18, al tiempo que varios civiles disparaban contra otros indígenas en las narices de la Policía. (Todo está consignado en videos que son de dominio público).

Los agresores huyeron. Los indígenas los persiguieron hasta sus condominios. El video del dron es el registro de una de estas represalias. Las camionetas destrozadas tienen las placas cubiertas, como muchos de los carros desde los cuales se disparó contra los indígenas en la rotonda y en otros puntos del sur de la ciudad.

Sé que este relato no es irrefutable. Alguien puede alegar que los indígenas iniciaron las agresiones, pero hay dos datos que nos ayudan a esclarecer quiénes fueron los victimarios y quiénes fueron las víctimas reales: al final de ese domingo el saldo fue de ocho indígenas heridos a bala, según las cifras de la Secretaría de Salud de Cali, o doce, según el Cric (Comité Regional Indígena del Cauca), mientras que no hubo un solo herido por arma de fuego en el otro bando.

El 28 de mayo se repitió la escena de civiles disparando contra los manifestantes en Ciudad Jardín y otros puntos de Cali con apoyo de la Policía. El balance final de la jornada fue de trece muertos: doce manifestantes y un agente del CTI que fue linchado brutalmente por la turba luego de que el agente le diera muerte a un manifestante con su arma de dotación oficial.

Esta columna puede parecer extemporánea, pero la publico porque hay cosas que no podemos olvidar. Sobra decir que no escribo para los que se creen superiores a los indígenas. Lo hago para los que fueron víctimas de la desinformación. Quiero creer que la mayoría de los caleños de estrato alto es ingenua y crédula, no racista.

Nota. El equipo de investigación de El Espectador analizó y chequeó miles videos sobre los sucesos del 28 de mayo y elaboró el informe especial cuyo link dejo aquí.

3 Comentarios

  1. Hernando Aldana velásquez

    De como la gente de bien anda desatado dando mal ejemplo y aun se pregunta ¿por qué anda desatada la delincuencia? Y no dan cualquier ejemplo, su mal ejemplo ya alcanza entuertos de billones, con b, no con m.

  2. Corrección: el grueso de la población los denominó “ciudadanos de bien” Ellos mismos (ese grupo que Ud. define muy bien: ese grupo de racistas hljosdalgo) son quienes se han autodenominado así

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