La irracionalidad del ser humano

Desde hace siglos, en Occidente se define al ser humano como un ser racional. Por supuesto, el acto de definir en qué consiste dicha racionalidad siempre ha funcionado como un elemento determinante para excluir ciertos grupos de seres como subhumanos en tanto carecen de ella. El concepto de racionalidad ha delimitado, entonces, el territorio desde el cual se legitiman diferencias y jerarquías entre grupos de personas.

Un ejemplo de esto fue el religioso: se consideraba racionales a aquellos seres que tuvieran una idea clara y distinta del Dios verdadero (el cristiano). Todo aquel que no supiera la verdad de Dios no solo era considerado impío sino por ello mismo irracional y carente de alma. Esto ocurrió con las poblaciones nativas del mundo no-europeo desde la época de las cruzadas. Otro ejemplo, conectado con el naciente sistema económico, fue el de la relación con la tierra: se consideraban irracionales a comunidades de cazadores o recolectores, a diferencia de las comunidades agrícolas como las europeas, porque no ejercían un uso ‘racional’ de la tierra, es decir, no extraían de ella toda la riqueza potencial, desperdiciando así su productividad. Con este argumento John Locke justificó, a finales del siglo XVII, la expropiación de las tierras de las comunidades nativas de Norteamérica.

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Una manera de evitar este movimiento excluyente de la razón consiste en definirla de un modo puramente formal. Así se excluye todo contenido, lo cual a su vez evitaría el delicado problema de quién y cómo decide qué contenido considerar racional. De esta manera, ser racional significaría seguir los principios lógicos, como el de no-contradicción o el del tercio excluido. Se es racional en tanto ante una contradicción o inconsistencia se busca superarla. Este es el principio detrás de la dialéctica: ante posiciones encontradas o inconsistentes se intenta llegar a una posición superior donde desaparece dicha oposición. Esta racionalidad formal explicaría la comprensión de la historia como progresiva: ella está llena de conflictos de intereses encontrados, de inconsistencias entre creencias y prácticas/instituciones, y en el intento por superar estas oposiciones o inconsistencias se llega a una resolución de ese conflicto en particular.

Así, en Estados Unidos, por ejemplo, la declaración de independencia de 1776 anunciaba que todos los seres humanos fueron creados iguales, mientras que la Constitución de 1787 determinaba que, para efectos de representación, una persona no libre equivalía a tres quintas partes de una persona libre. La historia de Estados Unidos en estos últimos 240 años podría leerse a través de este lente racial como un lento intento de resolución de esta inconsistencia o contradicción en su seno. El marxismo, de manera paralela, asevera que la historia de la humanidad se puede entender como un largo proceso de conflictos entre clases con intereses opuestos, y que la única resolución permanente posible será un estadio final donde no haya más diferencias de clase: el comunismo, donde todos los seres humanos serán verdaderamente iguales porque no tendrán razón para poseer intereses divergentes, que los enfrenten entre sí.

Si asumimos la racionalidad como la incapacidad de aceptar contradicción o inconsistencia, al analizar la historia de la humanidad solo podremos concluir que el presupuesto de que el ser humano es racional es, por decir lo menos, debatible, si no totalmente refutable. El mundo lleva los últimos 250 años con un sistema económico dominante que ha generado infinita riqueza, por un lado, y desigualdad absoluta, por el otro.

Desde inicios del sistema capitalista los pensadores ilustrados europeos ya habían confirmado que el problema principal por resolver en el mundo era el de la pobreza que dicho sistema necesariamente generaba. La colonización europea del globo fue entendida como un intento de resolución del problema de la pobreza (al menos de la pobreza en el interior de Europa; aquella generada entre los subhumanos no-blancos explotados no contaba) al expandir mercados y extraer más recursos materiales para aumentar la producción. El capitalismo, por lo tanto, aparece como un sistema en sí contradictorio en tanto su meta primordial es la generación de plusvalía, lo cual conlleva a la explotación de otros seres humanos (determinados como irracionales) y del planeta hasta el punto de poner en riesgo el sistema mismo.

A pesar de la crisis ambiental que vivimos, los gobiernos y las compañías multinacionales siguen oponiéndose a un cambio de rumbo radical en el modo de vida occidental. En su lugar, la desigualdad creada ha llegado a extremos insostenibles, donde la única respuesta parece ser un discurso cada vez más extremo fundado en fronteras cerradas y militarizadas. Presenciamos a iraquíes muriendo de frio en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, norafricanos muriendo a centenares ahogados intentando llegar a aguas italianas y españolas en el Mediterráneo, caravanas de migrantes centroamericanos caminando por semanas hacia la frontera con Estados Unidos. Las consecuencias del sistema mismo se acercan cada vez más, en mayor número y con más desespero a su fuente.

Sin embargo, esto no afecta el sistema en lo más mínimo. Las políticas neoliberales, impuestas hace ya 45 años en el Chile de Pinochet, y luego en los gobiernos de Thatcher y Reagan en Reino Unido y Estados Unidos, siguen en pie. La única conclusión derivable de estos hechos es la irracionalidad del ser humano. Ella radica en su capacidad de vivir en la contradicción, en un planeta cada vez más al borde de su transformación definitiva debido a un modo de vida que alimenta y acelera esta tragedia. Hasta ahora había sido una contradicción sostenible en tanto la miseria, el sufrimiento y la explotación ocurrían al otro lado de la frontera. La crisis climática y los movimientos migratorios cambiaron la ecuación.

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¿Qué hacer con una concepción del ser humano como irracional? La mayor implicación que tiene a mi modo de ver es que la historia de la modernidad deja de entenderse como una narrativa de progreso y de la creciente igualdad entre los seres humanos, con un cada vez mayor número de derechos que los protegen, y se revela más bien como una época no disímil a todas las demás, donde un imperio particular (Occidente, en este caso) crea diferentes estrategias para preservar su dominio.

Obviamente hay diferencias entre la modernidad y las otras épocas de la historia. Quisiera resaltar tres: 1. El escenario ahora es global, y por lo tanto ningún territorio se sustrae a dicho poderío. 2. El poder acumulado por este imperio no es solo militar sino también económico, tecnológico, epistemológico y cultural. Occidente ha logrado constituir e imponer a nivel global los discursos, las coordenadas dentro de las cuales se determina lo que se entiende por verdad, justicia, bondad, belleza, etcétera, por medio de estrategias que van desde conversiones religiosas hasta discursos desarrollistas, pasando por alianzas para el progreso, la universalización de derechos humanos, las guerras contra las drogas y el terror, las intervenciones humanitarias, etcétera. 3. Debido a la intensidad de la actividad humana sobre el planeta, este por primera vez está sufriendo cambios irreversibles que ponen en peligro la sobrevivencia misma de la humanidad.

A pesar de estas diferencias cualitativas entre la modernidad y otras épocas anteriores, la irracionalidad del ser humano nos ofrece una visión circular y no lineal de la historia, donde el tenor general siempre ha sido el mismo: una lucha por el poder, la dominación de un grupo de personas de parte de otro, y el intento por hacer de esta una situación permanente a cualquier costo. 

Lo que distingue a la modernidad no es que sus habitantes no seamos racionales, sino que seguimos creyendo que lo somos y que por lo tanto el futuro será diferente a y mejor que el pasado.

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