José Manuel Marroquín, Andrés Pastrana e Iván Duque, tres presidentes desentendidos para gobernar

Duque resultó más desentendido que Marroquín y Pastrana. El primero, al menos, fue un gran filólogo, ortólogo y versificador. El segundo fue, al menos, un buen presentador de televisión

El siglo XX arrancó en Colombia de la peor manera: con la sangrienta Guerra de los Mil Días. El presidente era un anciano conservador de 73 años, filólogo-ortólogo de profesión y rezandero de vocación, don José Manuel Marroquín, quien era genial para componer octosílabos ingeniosos como La Perrilla, o tratados sobre Ortología y Ortografía de la Lengua Castellana, o sobre urbanidad y liturgias, o novelas sobre caballos tuertos y enfermos, como El Moro; pero pésimo, o mejor, desentendido para gobernar.

Las arcas del gobierno de Marroquín estaban en la ruina y no tenía cómo financiar la guerra, por lo que promovió que se firmara con los gringos, en 1903, el tratado Herrán-Hay, con el que concesionaba, por un siglo, la construcción del canal interoceánico y entregaba una franja de cinco kilómetros a lado y lado, por la suma de 10 millones de dólares y un arrendamiento de 250.000 dólares mensuales.

El Congreso, liderado por el expresidente Miguel Antonio Caro (también filólogo y ortólogo), rechazó la ratificación de dicho tratado, ante lo cual el presidente Teddy Roosevelt y los banqueros gringos decidieron promover la independencia del istmo, y en un santiamén lo lograron, máxime cuando el desentendido de Marroquín les dio papaya, nombrando de gobernador a José Domingo Obaldía, un confeso separatista. Perdimos 75.175 kilómetros cuadrados y en el país se levantó una ola de indignación que duró por décadas.

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Lo que retrata de cuerpo entero a Marroquín fue que, después de estos hechos trágicos que nos arrebataron para siempre el territorio más estratégico del planeta, recibió en el Palacio de San Carlos, con mucho regocijo, a su amigo Pedro Nel Ospina, quien años después también sería presidente: “Oh, Pedro Nel: no hay mal que por bien no venga: se nos separó Panamá, pero tengo el gusto de volverlo a ver en esta su casa”.

Al endeble Marroquín lo sucedió el general Rafael Reyes, el Uribe de esa época, hombre de mano firme, enérgico y emprendedor, a quien no le temblaba la mano para mandar a desterrar, fusilar a sus contradictores. En 1905 clausuró el Parlamento y convocó a una Asamblea Nacional Constituyente, que en menos de un mes determinó cambiar “un articulito” para otorgarle a mi general un período presidencial de diez años, del que solo pudo gobernar un quinquenio.

Sucesos que se volvieron a repetir al finalizar el siglo XX, cuando el país no estaba agobiado por la ruina económica, sino por los logros de las Farc, que ejecutaban acciones ofensivas a guarniciones militares y los secuestraban.

La opinión pública pedía que se exploraran nuevos caminos de diálogo y el candidato que ganó la presidencia fue Andrés Pastrana, quien enarboló la bandera de la paz, gracias a las gestiones de Álvaro Leyva. Pastrana había sido un excelente presentador de noticias de su propio programa televisivo, pero era (y sigue siendo) un hombre débil, frívolo y además pésimo, o mejor, desentendido para gobernar.

Andrés Pastrana y la silla vacía de Marulanda
Andrés Pastrana y la silla vacía de Marulanda. Enero de 1999

Por eso terminó fracasando estruendosamente en su proceso de paz, pues trabajó a lo Marroquín, sin condiciones ni agenda: no aprovechó los conocimientos y la sensibilidad de Leyva, sino que nombró como comisionado de Paz a David G. Ricardo, que, al igual que el presidente, no conocía un potrero, creía que los guerrilleros gustaban del caviar y no de las empanadas, y no tenía la más mínima idea del poder soporífero de la pecueca de la bota pantanera.

Además, dieron papaya al entregarles a las Farc una zona de distención de 42.000 kilómetros cuadrados que estas utilizaron para fortalecerse militar, política y financieramente. Ese proceso fue, como decía mi maestro Antonio Caballero, “un engaño deliberado de parte y parte” que terminó ocasionando una colosal indignación.

Indignación que causó, al igual que en las épocas de Marroquín, que lo sucediera Álvaro Uribe Vélez, hombre emprendedor, de mano dura y más duro corazón, quien reformando articulitos, al estilo de Rafael Reyes, se quiso quedar de por vida en el poder, pero que, menester es reconocerlo, les dio tan duro a la guerrilla, que las doblegó. Ante eso, su sucesor, Juan Manuel Santos, entendió el arrinconamiento y consiguió firmar el acuerdo de paz.

Lo que sí estuvo por fuera de cualquier libreto fue el tercer período de Marroquín, reencarnado en la figura de Iván Duque, un joven con alma de viejo que no había administrado ni siquiera un puesto de dulces y que fue impuesto por Uribe, por lo dócil y manejable.

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Duque, durante su gobierno, se dedicó a gobernar a lo Marroquín, con sus miserables reformas tributarias que incendiaron al país, con su mal manejo de las relaciones exteriores, especialmente con Venezuela que sumió en el infortunio esa frontera, con su eliminación de la Ley de Garantías para repartir mermelada en las elecciones, con sus trabas al proceso de paz, con su laxitud frente al asesinato de lideres sociales y estudiantes, y otras chambonadas dolosas.

Pero, sobre todo, como lo explicó brillantemente Rodrigo Lara Restrepo en entrevista con Diario Criterio, porque en plena pandemia dio papaya al privilegiar a las grandes empresas con el Programa de Apoyo al Empleo Formal (PAEF) es decir, a solo 126.000 empresas, y dejó abandonadas a 1.500.000, que constituían la base del uribismo. Para el resto de los colombianos no quedó más que las pinches limosnas de Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Colombia Mayor, o Ingreso Solidario. En ese momento, Duque, a la mejor manera de Marroquín, decidió quemar la casa y dejar sin opciones políticas al Centro Democrático.

Duque, en últimas, resultó más desentendido que Marroquín y Pastrana, pues el primero -al menos- fue un gran filólogo, ortólogo y versificador; y el segundo fue –al menos– un buen presentador de televisión. Duque, aun cuando fue pésimo, o mejor, desentendido para gobernar, tampoco fue un destacado senador, ni toca la guitarra con gracia, ni hace cabecitas como esos jóvenes talentosos de los semáforos.

En resumen: la llegada de Rafael Reyes se pudo explicar, en gran medida, por la mediocridad de Marroquín; la llegada de Uribe ,y en primera vuelta, se debió básicamente al mal gobierno de Pastrana. Y la llegada de Petro al poder, de pronto en primera vuelta, se explica en buena parte por el pésimo gobierno de Duque y por la crisis del capitalismo salvaje o neoliberalismo, que es una peste más letal que el coronavirus.

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8 Comentarios

  1. Buen análisis de la trayectoria e historia de nuestro país con lógica, atención y opinión de lo vivído gracias por su gran aporte.

  2. Ernesto Díaz Ruiz

    Tener gracia para escribir es un don, saber hacerlo es un talento, poder hacerlo es una capacidad y tener quien nos lea, es un privilegio que se comparte con quien se toma ese trabajo.

    Por supuesto que Pedroluis reúne todas las anteriores sobrado y, parafraseando a Gabo: “Lo único mejor que bailar es hablar de música”; lo único mejor que leer a Pedro es escucharlo.

    Gracias, de nuevo Pedroluis, por este rápido viaje por la estulticia de un trío de “bobos de la yuca”, idiotas útiles de un sistema que les engrasa el tobogán por donde se lanzan, sólo para que vayan tranquilos -y rápido- mientras todo a su alrededor se derrumba, excepto los tinglados de sus amiguetes.

    La mejor (o peor?) muestra de la estupidez de el subpresidente, afortunadamente ya de salida, es decir -por que de verdad lo cree- que, si pudiera, sería reelegido por el pueblo al que tiene pisoteado y vilipendiado… claro que no le falta mucha razón, si acude al análisis de cómo llegó a sentarse en el muy desprestigiado “solio de Bolívar”.
    Estamos a punto de tener el presidente número 61… en primera, si hacemos bien la tarea.
    ¡Abrazo Pedroluis!

  3. Así mismo este abogado de pacotilla pretende o aspira a llegar a ser magistrado de la Corte Constitucional a la cual no ha hecho sino pisotear y burlarse.

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