Jaime Barbini, ‘in memoriam’

De Jaime Barbini supe que una de las más sugerentes dramaturgias es la que nos hace carcajear en medio de la crisis permanente que vive el ser humano.

Era bajo y regordete. Tenía los ojos de un azul fulgurante. Caminaba con lentitud. A veces, parecía que levitaba. Otras, que iba al acecho de algo que solo él intuía. Su voz era grave y suave en la intimidad. Poderosamente encantadora en escena. Daba la mano a la manera de muchos boyacenses: desmadejada y sin apretarla. Una fina ironía, que dejaba ver el sarcasmo de su inteligencia, le surgía de inmediato al hablar.

Así recuerdo a Jaime Barbini cuando lo conocí en Tunja. Había llegado a su ciudad natal, procedente de Alemania Oriental, donde realizó estudios de dramaturgia. Eran los años ochenta del siglo XX y sobre Colombia arremetía la violencia de los narcos, los paras y los ejércitos estatales. En medio de aquel cerco de llamas, en que se había convertido el país, una inesperada Tunja se la jugaba enteramente por el trabajo cultural.

Bajo el amparo del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, que dirigía Gustavo Mateus, un hombre con ideas audaces frente al arte y la cultura y su proyección ciudadana, trabajaron personas idóneas en sus oficios y dueñas de la experiencia del afuera. Ansiosos por querer transformar, desde la música y el teatro, una ciudad que vivía suspendida en el conservadurismo burocrático heredado de la colonia.

A esa Tunja llegaron Jorge Zorro para encargarse de la Escuela de música, Samuel Bedoya para tomar las riendas de la música popular, Stanley DeRusha para dirigir la orquesta sinfónica de Boyacá, Magdalena Rodríguez para dirigir los títeres y Jaime Barbini para asumir el teatro. Fueron años luminosos para esa ciudad de vientos fríos y calles estrechas. Pero la guerra entre los que aún nos siguen gobernando y los grupos ilegales se desplegó con iracundia. Y entró el neoliberalismo voraz de la mano de César Gaviria y aquellas iniciativas culturales, apoyadas por el Estado, se fueron al carajo.

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El oficio de Jaime Barbini, sin embargo, floreció en Tunja por un tiempo, y formó un grupo de actores magníficos. Barbini prefería el teatro que hace reír, pero en cuyas risas habita la sagacidad del descontento y el beligerante. Una de las primeras piezas que montó fue la Farsa de Maese Pathelin. Me invitó para que abriera musicalmente la obra. Entonces varias veces salí a escena, disfrazado de juglar y, con un niño encaramado en los hombros y acompañado por una aldeana de grandes ojos verdes que daba la bienvenida a los eventos que vendrían, yo brincaba como un saltimbanqui mientras tocaba la flauta.

Recuerdo también la hilaridad frenética que fue el montaje de La boda de los pequeños burgueses de Berthold Brecht. Allí Barbini convocó a una pequeña orquesta de cámara, conformada por estudiantes y profesores da la Escuela Superior de Música, que participaba con brío en la escena. El abrazo entre dramaturgia y música que había en esa representación recordaba los mejores momentos del teatro expresionista alemán.

No soy un especialista de los escenarios. Lo poco que sé de esos dominios se lo debo a mis lecturas de los trágicos griegos, de Shakespeare y Molière, de Chejov y García Lorca. Y lo que, en su momento, me enseñaron Henry Díaz, Rodrigo Saldarriaga, Samuel Vásquez y el mismo Jaime Barbini. De este último, supe que uno de las más sugerentes dramaturgias es la que nos hace carcajear en medio de la crisis permanente que vive el ser humano.

La última vez que vi a Barbini fue en el monólogo que hizo de El Contrabajo de Patrick Süskind. Allí hubo una afortunada simbiosis entre personaje e instrumento. Era como si en Jaime Barbini, Süskind hubiera hallado a su actor emblemático.

Barbini se había tomado la faena con la seriedad y la efusión que lo caracterizaban. Revisó con cuidado las versiones en alemán y en español. Se asesoró con Santiago García y Carlos José Reyes. Aprendió lo básico de la técnica para tocar el contrabajo. El resultado fue un montaje de una sobriedad ejemplar que suscitaba en el auditorio la risa, el enternecimiento y la reflexión. El drama de este intérprete, que ama a su instrumento a pesar de que lo considera motivo de tortura, Barbini lo supo llevar a la escena con maestría.

Sé, por supuesto, que Barbini frecuentó la televisión y el cine. Quizás lo hizo, entre otras cosas, porque allí había un buen pago y una mejor difusión de su talento. Sé que en esos terrenos fue celebrado con premios y aplausos. Pero de ese Barbini no puedo decir mayor cosa porque yo me fui para París y no volví a saber de él. Además, desde hace años, soy ajeno a la televisión colombiana.

Por tal motivo, para esta evocación de su ingenio, me apoyo en el hombre de teatro. Y en aquel otro con quien conversé varias veces en los cafetines de Tunja. En ese personaje que, entre serio y burlesco, descreía del capitalismo, criticaba el terror de las guerrillas y creía profundamente en la función social del arte. En el hombre que se volvía galante con las mujeres que le parecían inteligentes y hermosas. En aquel amigo que me confesó una vez, mientras yo le hablaba sobre un concierto de marchas que habíamos dado con la orquesta sinfónica, que una de sus peores pesadillas era soñar, justamente, con sones militares.

Sus últimos días fueron adversos. Quería morirse porque una embolia cerebral y los achaques de los años lo habían postrado y enmudecido y una depresión feroz le expulsó cualquier entusiasmo. Desde hacía un tiempo, el mundo de los contratos de actuación, que es en el fondo y en la superficie mezquino, se había olvidado de él por ser viejo. Murió en Bogotá a finales de marzo de 2022. Celebro su memoria. Agradezco su magisterio.

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7 Comentarios

  1. Beatriz Maldonado La Rotta

    Gracias por esa evocación del talento de Jaime Barbini. Sentido y merecido homenaje, que aprecio en todo su valor!!!

  2. Que bonito ser recordado de esta manera. Realmente ignoraba su formacion en Alemania pero tuve la fortuna de seguir su carrera tanto teatral como de television y cine. Gran actor y dramaturgo. Paz en su tumba.

  3. Jorge Castiblanco

    Recuerda a Jaime como militante del partido comunista trabajando de la mano de las lectura de José Martí en un taller músical para niños, luego en tertulias que compartimos con Héctor Cruz en la ciudad de Tunja, hablando de Shakespeare y Berthold Brecht o hablando de todo un poco en Tertulias dónde Héctor Cruz tocaba un viejo piano mientras cada uno recordaba los versos de un poeta o las notas musicales de los clásicos.

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