“Las historias donde el mundo es una fantasía feliz no me parecen interesantes”

El escritor Jaime Manrique acaba de publicar ‘Si me ves por el camino’, una novela que narra la amistad que forjan un niño, un anciano y un gallo de pelea en un remoto pasaje del Caribe colombiano. Hablamos con él. 

Desde hace varios años, el sello Seix Barral de la editorial Planeta ha venido publicando el fondo y las novedades de Jaime Manrique, el galardonado escritor barranquillero radicado en Nueva York. El mes pasado, el turno fue para Si me ves por el camino, una nueva novela de 184 páginas traducida del inglés al español por Isaías Fanlo.

En palabras de su editor, Juan David Correa, la novela es un homenaje a Gabriel García Márquez y a El coronel no tiene quien le escriba: “Se trata de una conmovedora historia que junta a un gallo de pelea, a un anciano y a un niño cuando todo ha ocurrido. Porque tanto el niño y el anciano –familiares lejanos– descubren su amistad a través de la lectura del cataqueño”.

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Manrique contestó nuestras preguntas desde su residencia en Nueva York. 

Diario Criterio: ¿Cómo fue la peregrinación que hizo en búsqueda de las huellas de García Márquez o del personaje del Coronel?

Jaime Manrique: García Márquez y el Coronel fueron un punto de partida, porque mi sobrino Carlos Manrique Bayena, que estudió periodismo y conoció a Gabo en los últimos años de su vida, le pidió que le firmara una copia de El Coronel no tiene quién le escriba para mí; en la portada de ese libro hay un gallo de pelea. Entonces el libro de Gabo fue la primera semilla, porque cuando recibí la copia firmada que decía “Para Jaime, del amigo Gabriel”, me emocionó y al volver a leer la novela me empezaron a surgir las primeras ideas y alrededor de eso empecé a escribir. Pronto me di cuenta de que todo lo que estaba buscando era mucho más personal. Era la historia del amorío de mis padres, antes de que yo naciera, y era también sobre la pasión de mi padre por los gallos de pelea. Mi padre fue un gallero famoso en toda el área del Caribe.

Diario Criterio: ¿Por qué le interesó como metáfora recuperar la figura del Coronel o del espacio en el que sucede ‘Si me ves por el camino’?

J.M.: En todas mis novelas, el lugar donde suceden es muy importante. En ese sentido, vengo de una tradición literaria de escritores para quienes la geografía es más que un escenario. Uno no puede concebir la obra de Faulkner sin su dibujo del sur profundo de Estados Unidos, o la de Dickens sin la forma en que nos muestra Londres y sus alrededores durante la época victoriana. Y para el mismo García Márquez, Cien años de soledad no sería la misma novela sin la zona bananera. Pero sí tenía interés, que no es metafórico, en recrear tres lugares en particular de la novela: Tosnován, una finca de mi abuelo en las serranías de la cordillera de los Andes en esa parte del Caribe, que se llamaba así porque quedaba tan lejos que todos no iban; el pueblo Barranco de Loba, donde nació mi madre y donde mi abuela Serafina Ardila vivió toda su vida. Barranco fue fundado como un palenque. Los esclavizados africanos que huían de la crueldad de sus amos se asentaron ahí porque era un lugar muy remoto. Yo visitaba Barranco de niño y lo que más me impresionaba era el río Magdalena que dominaba todos los aspectos de la vida del pueblo. Y el otro lugar que me interesaba era Aracataca, porque Jack Johnson, el gallo de mi novela, es oriundo de Aracataca, como García Márquez. 

Si me ves por el camino de Jaime Manrique
Si me ves por el camino, Jaime Manrique

Diario Criterio: ¿Qué significa para usted escribir una novela tan colombiana como esta en inglés?

J.M.: Que parezca una novela tan colombiana me parece un piropo, muchas gracias. Espero que a los lectores colombianos les parezca un libro auténtico, que refleja aspectos importantes de la cultura caribeña. La escribí en inglés porque desde 1982, o sea hace ya 40 años, he escrito toda mi ficción en inglés. Yo llegué a Estados Unidos a los 16 años y he vivido la mayor parte de mi vida aquí, pero Colombia y su gente siempre están muy presentes en mi escritura. Lo que sí puedo decir es que en la escritura en inglés traté de encontrar un humor que se pareciera mucho al humor del Caribe. Isaías Fanlo, el traductor al castellano, hizo un primer borrador excelente, pero él lo tradujo al castellano de España. Entonces, él y yo trabajamos juntos para que la versión colombiana estuviera escrita (en particular los diálogos) en costeño.

Diario Criterio: La novela está llena de personajes memorables a los que les pasan cosas terribles, ¿puede hablarnos de la idea de escoger un niño para protagonizar un relato que esconde una violencia significativa?

J.M.: De nuevo, muchas gracias por describir a mis personajes como memorables. Las historias donde el mundo es una fantasía feliz no me parecen tan interesantes, porque hay mucho dolor en la vida y porque todos, en algún momento, experimentamos alguna tragedia: el amargue del amor o la muerte de un ser amado. Por qué escogí un niño, no sé. Tengo una facilidad para comunicarme con los niños y me interesa ver el mundo desde su punto de vista. La inocencia de los niños es un estado de gracia. 

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Diario Criterio: Quisiéramos saber sobre los otros personajes, los animales. Hay algo de fábula en eso. ¿Cómo se le ocurrió?

J.M.: Uno de los libros que más me impactó a mí cuando era niño fue las Fábulas de Esopo. De ahí debe venir mi interés literario por los animales. También he tenido mascotas que han sido importantísimas en mi vida y siempre tienen nombre de seres humanos: mi primer perro se llamó Bobby Capó. Luego tuve dos perros a los que quise con locura, una se llamaba Turpina, (por el héroe de la novela inglesa Las aventuras de Dick Turpin), y otra perra, a la que quise mucho, la llamé Sancha, por Sancho Panza.

El gato de mi novela Luna latina en Manhattan, que todo mundo considera el personaje principal de la novela, se llama Mr. O’Donell, y otro gato que vivió 19 años se llamaba Barón Von Humboldt, por el científico explorador alemán. En los últimos 30 años de mi vida he tenido dos cotorras australianas: una llamada Melville, por Herman Melville, mi escritor favorito, y la otra, con quien vivo ahora, Isabella, por la actriz italiana Isabella Rossellini. No puedo separar mi amor por los animales de la literatura. Han sido constantes de toda mi vida; es más y con frecuencia creo que me llevo mejor con los animales que con los seres humanos. 

Diario Criterio: Los dos personajes hacen una especie de amistad a través de la lectura, ¿puede comentar esto?

J.M.: Creo que se hacen más amigos a través del gallo que de la lectura. Cuando estaba escribiendo la novela pensé mucho en Sherezade. El profesor es una especie de Sherezade que le cuenta historias a Gaspar todas las noches, más que nada, creo yo, para mantenerse vivo. Mientras pueda recordar estará ligado a la vida. También me interesa mucho la oralidad de la cultura caribeña y García Márquez es el máximo exponente de ello. Lo que me interesaba más en mi libro era contar una historia dentro de una historia.

Los vínculos literarios más importantes de mi vida fueron: Elisa, una joven que trabajaba para nosotros y todas las noches me contaba historias de Las mil y una noches; y mi abuelo, José Ardila, quien por las noches, en El Banco, Magdalena, nos contaba con solemnidad historias acerca de su pacto con el diablo y de las brujas de la región que encantaban a los hombres. También en mi niñez, mi tía Aura Ardila, quien me narraba con mucho humor y dramatismo historias de niños y de animales. En estos casos el vínculo entre el narrador y el que escucha es un vínculo de intimidad, porque el narrador no solo está contando una historia, sino también está contando la historia de su vida, las cosas importantes para él o para ella. 

Diario Criterio: Sobre su obra: ¿cómo siente la recepción de sus libros tras tantos años de vivir por fuera?

J.M.: De todos mis libros, el primero, El cadáver de papá, escrito en castellano, fue un escándalo. Las reseñas fueron casi unánimemente espantosas. Ahora es casi un clásico maldito. Pero fue leído en su tiempo. Mi otra novela que ha gustado en Colombia es Nuestras vidas son los ríos, lo cual me complace muchísimo. Pero cuando escribo, trato de no pensar en cómo van a recibir el libro en ninguna parte, porque lo único que me interesa es ser honesto conmigo mismo. Espero que Si me ves por el camino encuentre lectores receptivos en Colombia. 

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Diario Criterio: Nos cuentan que está investigando la memoria de Jorge Manrique, y que hizo un viaje en búsqueda de ese personaje, ¿siempre investiga tanto para sus novelas?

J.M.: Acabo de regresar de España adonde fui a visitar un par de lugares importantes en lo que llaman la Ruta Manriqueña. Es decir, donde se dice que nació, donde murió, donde lo enterraron, a él y a su padre, don Rodrigo. La visita más esclarecedora fue a Segura de la Sierra, uno de los lugares que clama ser su cuna natal y donde Jorge Manrique vivió en el castillo con su familia porque su padre era comendador de esa región. Tengo planes de regresar a España a principios del año que viene para terminar mi peregrinar. No sé si voy escribir algo al respecto. No puedo imaginarme a Jorge Manrique como un ser humano que me interese (como si pude imaginarme a Cervantes y a Manuela Sáenz).

Me interesan dos cosas acerca de él: su desgarrador duelo por la muerte de su padre (quizá porque yo no sufrí en absoluto cuando murió mi padre), y, principalmente, me interesa cómo Jorge, después de ser un joven frívolo que escribía poemas satíricos sobre su suegra y un guerrero famoso (tampoco me interesa escribir acerca de los militares), cuando estaba herido y muriéndose en Santa María de Rus tuvo un despertar emocional trascendente y, en ese momento, enfrentando su muerte y la muerte reciente de su padre, se transformó en un poeta metafísico y filosófico y escribió la más grande de todas las elegías en lengua castellana. Un poema que grandes escritores como Joseph Brodsky lo consideran una de las cimas más altas de la poesía universal. Sin embargo, puedo decir que casi todos mis poemas, aunque hay excepciones, requieren una etapa de investigación, de acercamiento a los personajes y a sus búsquedas quijotescas (que son las mías), para llamarlas de alguna manera. 

Diario Criterio: Finalmente, ¿cuál es su relación con los traductores y cómo siente ese proceso de ver su lengua materna trasvasada del inglés?

J.M.: Algunos de mis libros se han traducido, por ejemplo, al chino, japonés, hebreo, turco, alemán, ruso, y muchos de mis poemas han sido traducidos al portugués, italiano, finlandés, holandés, lenguas que yo desconozco. Con quien tuve un intercambio enriquecedor y productivo fue con la traductora de El callejón de Cervantes al alemán, quien encontró en las versiones en inglés y en español muchas inconsistencias de texto, lo cual me hizo reescribir algunos pasajes de la novela. Con mis traductores al castellano, en particular con Juan Merino (un excelente traductor), tuvimos muchos intercambios de ideas. Y con Isaías Fanlo (profesor en la Universidad de Cambridge), la versión que hizo al castellano de Si me ves por el camino resultó ser una colaboración. Fanlo y yo hemos colaborado anteriormente, tanto en proyectos literarios suyos como míos, lo cual considero una bendición. 

Finalmente, en mis poemas, que normalmente escribo en castellano, he tenido la suerte de que hayan sido traducidos por dos grandes traductoras: Edith Grossman, (la traductora de El Quixote, de Góngora, de Sor Juana y de otros “desconocidos”); y Margaret Pedden Sawyer (traductora insigne de Pedro Páramo, Primer sueño de Sor Juana, y otros escritores “desconocidos”). Con ellas, por el enorme respeto que siento por su talento y el rigor de su labor de traducción, nos hemos concentrado en la musicalidad de las palabras en inglés y en español.

3 Comentarios

  1. Por la entrevista se percibe una novela interesante diferente y basada en la cultura del Caribe y en novelas de nuestro Nobel
    Muy Colombiana

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