Jesús Antonio Montano y la mezquindad política ante al asesinato de un líder indígena

La mezquindad de la clase política quedó al desnudo con este repudiable crimen que se instrumentalizó con fines electorales y puso en evidencia que, en materia de derechos humanos, la sangre de las víctimas siempre será del mismo color. ¿Qué pasó?

El asesinato del líder indígena Jesús Antonio Montano Tumiña, miembro de la comunidad misak en el Cauca ha sido tan instrumentalizado que, 24 horas después de ser hallado el cadáver en zona rural de Popayán, nadie se ha preguntado lo obvio: ¿cómo pudo ocurrir?

La pregunta no parece tan simple por una sencilla razón. Si Montano era el único líder indígena de derecha en el Cauca que apoyaba al uribismo y a sus candidatos y denunciaba presiones de grupos armados ilegales, ¿por qué desde el mismo día de su desaparición, junio 5, no se dispararon las alertas, así sea en redes sociales?

Sumado a lo anterior, surgen otras preguntas aún más incómodas. ¿Por qué no tenía protección especial y reforzada? ¿Por qué les resultó tan fácil a los criminales ejecutar el macabro plan? ¿Cómo explican las autoridades que todo ello suceda lejos de la influencia territorial de los grupos que lo amenazaron? ¿No les parece muy obvio que lo secuestren un día después de denunciar amenazas y señalar públicamente a una de las campañas presidenciales?

Por ahora, todos los esfuerzos, reacciones y comentarios se han orientado a tratar de impregnarle un tinte político a ese lamentable crimen que enlutó a una de las comunidades indígenas más golpeadas por el conflicto armado colombiano.

Como era de esperarse, las redes sociales estallaron en tendencias que caen como anillo al dedo en medio de una campaña electoral marcada por la pugnacidad, estrategias vergonzantes y sacrificio a la verdad.

Mientras desde una de las orillas ideológicas lamentan el asesinato de Montano, no sin antes enrostrarle que pensaba diferente a la mayoría indígena del Cauca; desde la otra vertiente política sacaban las uñas y se posaban sobre la víctima, pidiendo justicia y de paso el votico.

Solo para citar un ejemplo que simplifica el fenómeno, basta recordar que el asesinato del líder indígena fue lo único que sacó del silencio estratégico al expresidente Álvaro Uribe, en medio de esta campaña presidencial.

Le sugerimos: Álvaro Uribe y el silencio estratégico en medio de la campaña electoral

Y lo hizo viajando hasta Popayán, para grabar un video junto con familiares de Montano y publicarlo en sus redes sociales, “Jesús inmoló su vida por defender su libertad, siempre honró su derecho de minoría dentro de las mayorías indígenas”, dijo el expresidente Uribe.

Mientras que una de sus escuderas, la senadora María Fernanda Cabal radicaba una carta en la que exigía al Comité de Derechos Humanos de la ONU y la Unión Europea, evitar la impunidad de los crímenes contra líderes sociales, pero solo aquellos cometidos por la guerrilla.

“Ante estos hechos, quiero llamar su atención, para que la muerte de Jesús Antonio Montano, no quede en la impunidad como otros crímenes, cometidos por guerrillas marxistas y de los que la extrema izquierda guarda silencio”, dice la polémica exigencia de la senadora Cabal.

Jesús Antonio Montano y María Fernanda Cabal

Jesús Antonio Montano, un líder divergente

Jesús Antonio Montano Tumiña tenía 53 años de edad y era sin duda alguna un líder indígena diferente y divergente. Su vocería y militancia llamaba la atención porque ideológicamente iba contra la corriente: era uribista.

Esa postura política no podía pasar inadvertida precisamente en una de las regiones más socialistas del país y por ende una de las más golpeadas por el conflicto armado.

Hay que recordar que en ese departamento nacieron o ejercieron casi todos los grupos revolucionarios existentes en Colombia: desde el Quintín Lame, el movimiento Jaime Bateman Cayón, el Comando Ricardo Franco Frente-Sur, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el Comando Pedro León Arboleda, M-19, EPL, ELN y las Farc.

Y en medio de esa lucha armada la postura de las comunidades indígenas ha sido de neutralidad, con una alta cuota de sangre, no solo al quedar en medio del fuego cruzado, sino por las represalias de la misma guerrilla.

La otra arista de esa postura, es que los territorios indígenas (resguardos) se convirtieron en la ‘joya de la corona’ de esos grupos armados ilegales, que usan como corredores por donde se mueve toda la ilegalidad: desde armas, cultivos de coca, laboratorios y cocaína.

De hecho, los indígenas a través de su organización el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric), se convirtieron en la única fuerza social capaz de arrinconar al gobierno de Álvaro Uribe.

Ellos fueron una especie de contrapoder con sus marchas, protestas y bloqueos de la vía Panamericana, en medio de la Seguridad Democrática. Incluso, desde el gobierno Uribe intentaron diezmar el poder del Cric creando otra organización paralela y disidente, que denominaron Organización de los Pueblos Indígenas del Cauca (Opic).

De ahí la importancia de la voz disidente de Montano. Su imagen ancestral y su discurso divergente se convirtieron en un bálsamo para los uribistas. Era tal la admiración por el líder indígena, que casi todas las figuras políticas del Centro Democrático tenían una foto junto a él.

Jesús Antonio Montano y María Fernanda Cabal
Jesús Antonio Montano y María Fernanda Cabal.
Jesús Antonio Montano y Federico Gutiérrez
Jesús Antonio Montano y Federico Gutiérrez.

Algo no cuadra

La desaparición de Jesús Antonio Montano sucedió el pasado domingo 05 de junio cuando se dirigía hacia su casa, una finquita ubicada en la vereda La Rejoya de Popayán (Cauca).

Aún no es claro qué pasó ese día con el esquema de seguridad que le había asignado la Unidad Nacional de Protección (UNP) y tampoco se puede precisar aún, el nivel de riesgo que le habían adjudicado.

Ese dato llama la atención porque para nadie es un secreto que el simple activismo político de Montano lo convertía en un líder vulnerable, especialmente por sus radicales posturas y las constantes denuncias en torno a presiones y amenazas de grupos armados ilegales, el reclutamiento de menores y los cultivos ilícitos.

Sin embargo, la más reciente denuncia giró en torno a que un grupo armado disidente de las Farc, estaría obligando a los campesinos a votar por Gustavo Petro. Eso fue justamente lo que dijo en un video, un día antes de su desaparición.

En ese video se refirió concretamente a la compañía Carlos Patiño, que es un grupo armado ilegal disidente de las Farc y que delinque en el suroeste del Cauca. Esa compañía disidente hace parte de una organización ilegal mucho más estructurada y que las autoridades conocen como el Comando Coordinador de Occidente (CCO).

Desde el Ejército hasta fundaciones que estudian el conflicto armado en Colombia como Indepaz, saben que las goteras de Popayán y su zona rural no son precisamente la zona de influencia más adecuada para delinquir sean guerrilla o disidencias.

Nadie descarta el poder y la capacidad criminal de alias Andrés o Mocho, como se le conoce al jefe de la Carlos Patiño que fue entrenado por el propio Gentil Duarte. En medio de ese contexto resulta extraña la facilidad y lejanía de sus fortines criminales, donde se ejecutó el secuestro y posterior asesinato del líder indígena.

En ese sentido va dirigida una de las reacciones más reposadas sobre lo ocurrido con Montano. La hizo Luis Eduardo Calambás, secretario general del cabildo de Guambia, de la comunidad misak durante una entrevista radial en La W.

El líder indígena cuestionó que, pese a la vulnerabilidad de Montano, los llamados a proteger y garantizar su vida, no lo hicieran de manera efectiva, pese a las numerosas señales de riesgo.

¿Objetivo militar?

La otra realidad es que en el Cauca no es necesario ser uribista para convertirse en objetivo militar de los grupos armados ilegales. Basta ser indígena, campesino o afrocolombiano.

La riqueza y estrategia geográfica de ese departamento lo convirtieron en el trofeo de esas organizaciones criminales que se pelean a muerte el control de sus territorios.

De ahí que por años el Cauca ha sido el vórtice de la guerra mafiosa y contrainsurgente. No importa cómo se llame el verdugo (AGC, ELN, EPL, Farc o disidencias) el propósito siempre será el mismo: garantizar el narcotráfico.

Y en medio de ese objetivo criminal, los resguardos indígenas, los consejos comunitarios o las asociaciones campesinas, se convirtieron en la piedra en el zapato. De ahí que ese departamento ha sido uno de los más golpeados en materia de derechos humanos.

Solo para recordar una cifra concreta. De los 86 líderes sociales asesinados este año en Colombia, 13 de ellos vivían y ejercían su activismo en el Cauca. Ni hablar de los cultivos ilícitos, los desplazamientos o las masacres ocurridas en esa zona del país.

Por ahora, lo único que dejó claro el asesinato del líder indígena Jesús Antonio Montano Tumiña, es que ese crimen se usó como un arma electoral y desnudó la mezquindad de la clase política del país. Mientras la verdad sobre las causas y sus determinadores se embolatan en medio del estiércol de esta campaña presidencial.

Puede leer: Petrovideos: ¿chuzadas o filtraciones?

0 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio