‘Los Idus de marzo’

Es una fecha notable en la historia de Roma. En ella un grupo de senadores asesinó a puñaladas a Julio César. Así acabó con las pretensiones dictatoriales de este político que, durante más de 2.000 años, ha llamado la atención de historiadores, escritores, cineastas, músicos y pintores. 

Sus coetáneos admiraron, detestaron y temieron a Julio César. Es verdad que el líder romano es uno de los referentes importantes en la transformación del mundo. Debido a él, y a un sabio de Alejandría, el año solar se perfeccionó y es el que conocemos ahora. Por tal razón, se le ha homenajeado llamando con su nombre al mes séptimo del año. Así mismo, expandió las fronteras de Roma como nadie antes lo había hecho, encauzando lo que sería más tarde Europa hacia un destino apuntalado por valores sociales que son, en cierta medida, los que hoy practica Occidente.

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Sin embargo, la conquista de las Galias, y otras que se le endilgan, las hizo a un precio excesivo. Plinio el Viejo opinaba que ese más o menos millón de masacrados que le valieron tales empresas, convirtió a Julio César, literalmente, en un criminal contra la humanidad.

Sobre él hay páginas memorables que seguimos leyendo. Las de Suetonio, por ejemplo, en que se muestran las mezquindades y grandezas del personaje. O la vida que le dedicó Plutarco y en la cual se dice que, tras la muerte de César, un cometa resplandeció en el cielo por siete noches y la luz y la fuerza del sol se apocaron por el resto de ese año.

O la tragedia de Shakespeare que gira en torno a las vacilaciones de Bruto. En la primera escena del tercer acto, César es ultimado y Cinna, uno de los conspiradores, grita como enloquecido: “Libertad. Libertad. La tiranía ha muerto”. O los versos de Borges que definen al poderoso regente: “Aquí, lo que dejaron los puñales. /Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto /que se llamaba César…que rigió el oriente y el poniente. / Aquí también el otro, el venidero / cuya gran sombra será el orbe entero.”

Julio César

Julio César –esa sombra o esa luz– luego de ser una figura emblemática del cine de Hollywood durante una buena parte del siglo XX, se ha metido también en nuestros días como el protagonista de novelas que se venden a raudales. Y ahí están, verbigracia, las que está escribiendo Santiago Posteguillo que comprueban cómo las masas lectoras siguen imantadas a la figura del contradictorio héroe.

Algo lejana de la dinámica del best sellers, está la mejor novela que se ha escrito sobre sobre Julio César, Los idus de marzo de Thornton Wilder. Un libro celebrado por la crítica más exigente cuando se publicó (1948). En esos años en que, por lo demás, habrían de salir otras dos obras novelas portentosas sobre el pasado romano: La muerte de Virgilio de Hermann Broch (1945) y Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar (1951).

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Los Idus de marzo fascinó, en nuestro medio, a García Márquez. Gabo dijo que era uno de los libros que más le había enseñado sobre los intríngulis del poder a la hora de escribir El otoño del patriarca

Entre muchas frases que Wilder le transmite a Julio César, hay una que debió comprender García Márquez a cabalidad: “Solo existe una soledad más grande que la del comandante militar que está a la cabeza del Estado, y ella es la del poeta”. Pero la que el Nobel cita en varios de sus artículos, a propósito del impacto supersticioso generado por los augures en un escritor tan supersticioso como lo fue él, es: “Yo, que gobierno tantos hombres, soy gobernado por pájaros y truenos”. Con todo, lo que señala con pertinencia el escritor colombiano en Wilder es su capacidad de invención. De hacerle creer, mejor dicho, al lector que lo contado en un libro de ficción fue la pura realidad. 

Los idus de marzo

Los Idus de marzo es, por supuesto, una novela sobre Julio César y el poder. Pero es también un libro sobre la Roma de esos años y las maneras en que un grupo de nobles, esclavos y libertos, capotean los azares de sus deseos y envidias, de sus miedos y ensueños, de sus entusiasmos y ansiedades sin tregua. 

La novela es epistolar. Tramada por cartas que son quejas, reflexiones, consejos, premoniciones, alertas. Y declaraciones del afecto y sus respectivas turbulencias que, en principio, es lo que empujan a las gentes a escribir cartas. 

Allí están Julio César, Clodia Pulquer, Julia Marcia, Cicerón, Catulo, Asinio Apolión, Cleopatra y Calpurnia. Y esta es la primera muestra del talento de Wilder. Poner a hablar a cada personaje como solo él y nadie más puede hacerlo. No en vano, Wilder era dramaturgo. Es decir, conocía los secretos de los pequeños y grandes dramas expuestos en los escenarios.

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Ahora bien, los remitentes y destinatarios de Wilder no salen a las tablas a expresar sus monólogos, sino que se lanzan a las tabillas de cera para hacerlo. Y lo realizan, quizás, con más desenvoltura y acierto en el estrecho espacio de sus intimidades. 

Cartas tan llenas del humor, la malicia y la inteligencia estadounidense, que lo que hizo su autor, supongo, fue trasladar la agitación y las intrigas del mejor teatro de Broadway de la primera mitad del siglo XX, a las del siglo en que vivió César y su círculo cercano. 

Como si se creyera un dios, o uno de los hombres elegidos por el Olimpo, Julio César quiso entronizarse en el poder. Sin embargo, en el Senado, donde todo el mundo sabía que lo iban a matar, 23 puñaladas apresuradas lo impidieron. Y digo “apresuradas” porque, según Suetonio y con esas mismas palabras culmina la novela de Wilder, la segunda, la que recibió el pecho del monarca, fue la única mortal.  

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