‘Kairós’: devolver el tiempo, empobrecer un medio de expresión

Por limitaciones o pereza de quienes la realizaron, lo que Kairós nos entrega a los espectadores es una versión desganada de la realidad, colmada de prejuicios sobre qué es una persona humilde o qué una poderosa.

En el intento de darle algo de orden o sentido a la incomodidad  –y frustración – que me produjo ver la película Kairos, volví a un texto sobre cine escrito en Colombia en la década de 1980. Antes de hablar de él creo importante aclarar  –o declarar – una convicción. Si bien el problema del gusto es inseparable de la forma como circulan las obras artísticas y los productos culturales, reducir la recepción de una película a un me gusta o no resulta muy limitado. Para el caso de quienes ejercemos la crítica, ese recorte subjetivista no sería simplemente una limitación sino una irresposansabilidad. Los críticos participamos en una esfera pública donde se disputa el sentido de las obras artísticas y, por tanto, se debe hacer explícita la construcción social del gusto. 

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Entonces la pregunta no es tanto porqué una película le gusta a un crítico o no, sino desde dónde el crítico habla y para quién. Vuelvo entonces al texto que mencioné en el párrafo anterior, ya que lo que escribieron a cuatro manos el crítico Luis Alberto Álvarez y un joven director llamado Víctor Gaviria en 1981, se convirtió para muchos críticos y espectadores que vinieron después en una suerte de faro sobre lo que empezamos a buscar en las películas hechas en Colombia. Hablo desde ese deseo por un cine nacional atento a lo que somos pero, sobre todo, a lo que podemos ser. El texto, es momento de decirlo, se llamó Las latas en el fondo del río. El cine colombiano desde la provincia * y cuestionaba de forma muy vehemente las representaciones inertes o anquilosadas de personajes y espacios en el cine colombiano por el efecto anestésico y uniformador de la televisión.

Álvarez y Gaviria escribieron: “El método que se usa entre nosotros es el de imaginar una historia primero y luego, como si se tratara de algo que puede construirse como un escenario de estudio, imaginar el sitio donde esa historia va a ocurrir”. Crítico y director proponían, en cambio, otra manera de acercarse a la realidad: “el procedimiento tendría que ser a la inversa: un río, una carretera polvorienta, una casa, el cielo mismo, tendrían que bastarse a sí mismos. Sólo de esta manera la mirada del director podrá pasar sobre cosas vivas, que destellan, que poseen intención”. Proponían también evitar los espacios tipificados en los que se ubicaba a personajes de igual modo estereotípicos, que representaban categorías sociales y no individualidades.

Con Kairós, dirigida por el también narrador y escritor Nicolás Buenaventura, es como si las películas hechas en Colombia se devolvieran tres o cuatro décadas. No es solo una película que luzca amateur en sus decisiones técnicas y narrativas o en su dirección de actores. Desde un cine no enteramente profesional (en el sentido de su escasez de recursos económicos o de ubicarse al margen de los circuitos industriales que poco a poco se consolidan) se han producido en Colombia, en años recientes, películas que investigan la realidad con curiosidad y ofrecen de ella una perspectiva, un punto de vista, que es lo que hace el arte. 

Por limitaciones o pereza de quienes la realizaron lo que Kairós nos entrega a los espectadores es una versión desganada de la realidad, colmada de prejuicios sobre qué es una persona humilde o qué una poderosa, sobre cómo habla o se mueve un guardia de seguridad, la cajera de un banco, una mujer que investiga un robo, la señora que sirve los tintos. Hay que ver a ese grupo de actores y no actores exagerando un gesto, cayendo en un mohín para darle vida a personajes que, desde su concepción, no la tienen, porque responden a un esquema prefigurado, a un molde en el que desde afuera se les quiere ajustar.

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El problema, en últimas, es que el cine no sea una herramienta para escarbar en nuestros sueños, anhelos o frustraciones sino el vehículo para afirmar los prejuicios sobre quiénes son los otros. La película aspira a construir un discurso sobre la dignidad de las personas que un sistema económico vuelve invisibles y lo quiere hacer a través de su personaje principal: un hombre mayor de nombre Amaranto que todos los días va al banco del que ha sido despedido para ocuparse de asuntos menores con los cuales distrae su tiempo. Hasta que un día se ve ante el momento oportuno –ese kairos como un tiempo distinto al que hace alusión el título de la película– para propiciar un gran golpe, el desquite de los nadie. 

No importa pues si es una película buena o mala según el rasero de ese espectador incómodo que es el crítico. Es que, de forma muy evidente, empobrece las posibilidades de un medio de expresión como el cine que muchas y muchos han elegido para hacer un comentario sobre el mundo y quienes lo habitamos. En Kairós, lo que vemos es, y acudo de nuevo a la lucidez ya vieja de Álvarez y Gaviria, “una franja flotante de máscaras públicas, de imágenes depuradas y sin conflicto que muy poco tienen que ver con la ambigüedad, la riqueza y el desgaste de la realidad”. Cuerpos sin cuerpo, desencarnados y autómatas, personas y personajes vueltas nadie, invisibilizadas por un cine que prefiere imponer un discurso desde afuera que asistir a ese momento en que algo o alguien, con temor y temblor, nos revela su desnudez y su fragilidad únicas y, al fin, ya de todes.

* El texto completo se puede leer aquí.

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