‘La audición’ de Ina Weisse: seca como la virtud

Una torturada profesora de violín y su no menos torturado –y joven– alumno comparten la delgada cuerda que se pone en tensión en esta película de la directora alemana Ina Weisse. En ella se indaga sobre un asunto que quizá pertenezca al mundo del pasado: ¿no hay perfección sin sacrificio? Se estrena hoy.

Muchas ideas intrusas parloteaban en mi cabeza mientras veía La audición, escueta y rigurosa película de la directora alemana Ina Weisse. Pensé, por ejemplo, en la calculada crueldad de la escritora austriaca Elfriede Jelinek y en libros suyos como Deseo o La pianista. La relación entre esta última novela –llevada al cine por Michael Haneke– y La audición es bastante obvia, pues en la película de Weisse también la atención recae sobre una tortuosa profesora, en este caso de violín, con el telón de fondo de una vida familiar al borde del naufragio.

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Pensé por momentos en el cine de Fassbinder, que muestra con distancia y frialdad el poder y el control que atraviesan cualquier relación amorosa, pero extrañé la recatada, difícil ternura del director de Un año con trece lunas. Cavilé sobre el poder de un idioma que no entiendo –el alemán– para hacer nacer el miedo.

Y fui a dar con mis digresiones a otras películas habladas en esa lengua, desde las de Haneke hasta las de Ulrich Seidl; recordé, de paso, una categoría o etiqueta, la glaciación emocional, que alguna vez sirvió para agrupar un cine que expuso con mórbido placer la sequedad de las relaciones humanas. Sentí ese estilo austero y cortante, y se me vino a la mente el título de una película temprana de Fassbinder: El amor es más frío que la muerte.

Si pude merodear en torno a tantos asuntos, y a otros más, no es solo por ser un espectador distraído, que sí lo soy. Es porque el argumento de La audición es simple (o minimalista) y su puesta en escena también: Anna es una violinista que alguna vez fue niña prodigio y que ahora es profesora de conservatorio, actividad que combina con la obligación de ser madre, esposa e hija.

La película encuentra en ella su centro gravitacional y los espectadores la seguimos, en un estado de nerviosismo y tensión, mientras prepara para una audición a un joven talentoso pero inseguro. Las clases son el plano visible de una relación entre profesora y alumno que crece en intensidad a medida que se repiten y acumulan. Un desenvolvimiento trágico es previsible. 

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De otro lado vemos, como en una suerte de contraplano, la vida familiar de Anna, las exageradas exigencias que le hace a su hijo para que llegue a ser un virtuoso del violín y la paciencia siempre a punto de colmarse de su esposo. La ecuación emocional se completa con la aparición de los ancianos padres de Anna, los cuales parecen guardar la clave del temor y el temblor que obligó a la hija a abandonar su carrera de concertista.

Lo mejor, y a la vez lo frustrante de La audición, es que toda la circulación de traumas y herencias envenenadas está sugerida más que directamente afrontada. Lo menos bueno es que la manera oblicua de mostrar los conflictos termina convertida en aridez estilística. La misantropía prevalece sobre cualquier otra emoción, y el filme de Weisse empieza entonces a lucir como un cadáver embalsamado de clichés culturales sobre cómo la alta cultura y la virtud técnica no eximen a nadie de la maldad. 

La audición, película
“Las clases son el plano visible de una relación entre profesora y alumno que crece en intensidad a medida que se repiten y acumulan. Un desenvolvimiento trágico es previsible”. 

En un momento, el esposo de Anna le hace escuchar la grabación de un concierto. Ella, sorprendida, pregunta quién o qué es. Él le dice que es ella. Anna responde que la siente inmadura y él termina con una sentencia: “Eso es lo hermoso”. La película busca decir algo acerca de la tensión entre una inmadurez llena de vida y potencia, y un virtuosismo seco o muerto.

A pesar de la conciencia de ese problema, La audición termina siendo arrastrada por un manierísmo exangüe y por la solemnidad de su veredicto sobre lo malos que somos, o podemos ser, aunque toquemos con perfección a Bach.

La actriz alemana Nina Hoss interpreta a Anna y convierte a su personaje en el nervio de la película. Hoss brilló en el cine del director alemán Christian Petzold y en obras suyas como Bárbara y Phoenix. Ella, con su rostro ambivalente y tembloroso se echa La audición al hombro; Hoss lucha por expresar el sentimiento que a la película le falta. Cuando comparte escena con su joven alumno (Alexander) hay algo vivo y a punto de revelarse. De Alexander sabemos poco o nada: es la adolescencia a secas, su intenso malestar. Nos lo quedan debiendo. Quizá la película necesitaba sacrificar a alguien y lo eligió a él, un niño frágil y bello.

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Pensé por último en la virtud y el virtuosismo (y aclaro que hablo de técnica y no de ética o moral). Sentí que eran exigencias de un mundo viejo. Me pregunté por la supervivencia de la perfección técnica, en cualquier disciplina artística que la requiera, en tiempos como estos de tanta sensibilidad en el trato personal y de gran vulnerabilidad frente a los efectos del trauma. Me pregunté si la cultura puede sobrevivir sin la idea central del sacrificio. Y vi, al fin, una respuesta: el espectáculo del sacrificio de los débiles no pertenece al pasado; es un horror actual y presente.

La audición
“De Alexander sabemos poco o nada: es la adolescencia a secas, su intenso malestar. Nos lo quedan debiendo. Quizá la película necesitaba sacrificar a alguien y lo eligió a él, un niño frágil y bello”

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