‘La casa de Mama Icha’: enfrentar lo inevitable

Luego de un proceso de investigación y rodaje de casi una década, se estrenó en salas colombianas el documental ‘La casa de Mama Icha‘, parte de un ambicioso proyecto artístico sobre el sentido de la casa y sus relaciones con la economía, lo simbólico y los afectos.

La casa de Mama Icha, el documental dirigido por Óscar Molina, y producido por Brenda Steinecke, tiene lo mejor que se suele atribuir a una película documental y lo que se espera de una película de ficción. Sería más exacto decir que es una película que muestra lo arbitrarias que pueden ser estas clasificaciones o fronteras, pues en ambos casos (aunque en escalas o con economías distintas) las películas se las tienen que ver con cuerpos y lugares, y con el tiempo que transcurre.

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Decir que la diferencia radica en que en el documental los cuerpos y los lugares son reales es una respuesta apenas satisfactoria. La ficción trabaja también con la materia de la realidad, aunque quizá tenga más licencias para transformarla. Pero el documental también la transforma, pues la cámara impone ya una presencia que modifica las acciones de las personas y el grado de conciencia o libertad de lo que hacen.

No es una cámara que sintamos como invasiva, ni tampoco se trata de uno de esos documentales que la exponen de forma gratuita.

Ver La casa de Mama Icha es una experiencia extraña, y no es exagerado afirmar que nos pone en un límite como espectadores. Es fácil entrar en lo irreversible de la tragedia de la cual somos testigos: el drama de una mujer colombiana que a los noventa años decide abandonar Estados Unidos, país al cual emigró tres décadas atrás, y regresar a Mompox, la ciudad en la que están dos de sus tres hijos, la casa que construyó, el río y el árbol de siempre.

El trailer

Y es trágico porque muy pronto sabremos que tras el sueño de regresar de Mama Icha, no la espera la realidad idílica que imaginó. Sin embargo, y en eso consiste el acierto del documental y aquello que lo distancia de las ficciones convencionales, siempre hay algo que nos recuerda nuestro papel como observadores y que impide que el viaje de la identificación con el personaje sea transparente o tranquilo.

Ese algo no es otra cosa que la cámara. No es una cámara que sintamos como invasiva, ni tampoco se trata de uno de esos documentales que la exponen de forma gratuita. Unas cuantas veces, es cierto, escuchamos la voz del director que le hace una pregunta a un personaje, o a la propia Mama Icha recordando la presencia del cineasta. La naturaleza de la incomodidad que la cámara no nos evita es, y no tengo otra manera de decirlo, de carácter ético. Qué hace un equipo de cine observando –distanciado– cómo se desmorona una familia por las pequeñas intrigas de los dos hijos frente a su madre. ¿Tenemos el derecho a ser testigos de lo monstruoso y lo vulnerable de esta constelación familiar en la que cada miembro cumple su papel de acuerdo con las leyes internas de unos acontecimientos inevitables?

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Por lo general le otorgamos a la ficción el permiso de enfrentarse a lo sórdido, y censuramos que un documental lo haga. Insisto en que La casa de Mama Icha es una película potente justo porque pone en crisis esa distribución convencional y tranquilizadora. Al exponerse a ir más allá de una reglamentación admitida, nos expone también como espectadores. No estamos fuera del drama, como público impasible; somos parte de él. Y la implicación sucede porque en esta película se habla de realidades que nos conciernen a todos y nos constituyen como sujetos éticos.

El director intenta que en su ejercicio de observación nadie ni nada salga dañado, aunque él mismo es testigo del daño. Cuida lo que puede cuidar: cada plano, los sonidos que acompañan y las relaciones humanas que hay de por medio.

Somos, en todos los casos, hijos, y como tales tenemos una historia de cuidado o abandono de y con nuestros padres. De sobra sabemos que son afectos de los que no podemos escapar, los que están al comienzo y al final de la vida. También somos cuerpos. En tanto cuerpos enfermamos, envejecemos y morimos. Y vemos a otros cuerpos sometidos a las mismas leyes. Si son cuerpos que amamos, hay dolor –también esto es inevitable– de por medio.

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Además de Mama Icha y sus hijos, el otro gran personaje de este documental es la casa, aquella a la que la protagonista regresa, pero también la idea simbólica de hogar. Y esa casa parece sometida a las mismas leyes de los cuerpos: necesita cuidado, se deteriora y puede volverse una ruina o desaparecer. Así que también es un organismo vulnerable, pues las casas están vivas. Oscar Molina enfrenta la vulnerabilidad de los cuerpos y de la casa. Intenta que en su ejercicio de observación nadie ni nada salga dañado, aunque él mismo es testigo del daño. Cuida lo que puede cuidar: cada plano, los sonidos que acompañan y las relaciones humanas que hay de por medio.

¿Puede hacer el cine otra cosa? ¿Puede torcer el curso de los acontecimientos? ¿Podemos –cineastas y espectadores– evitar lo inevitable? Si la respuesta a estas cuestiones fuera una sola, la vida y las películas serían más sencillas. Pero no lo son. Solo nos queda asumir la complejidad. La casa de Mama Icha lo hace y desafía a cada espectador a hacerlo también.

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