‘La ciudad de las fieras’, un viaje de lo urbano a lo rural

En la más reciente película del colombiano Henry E. Rincón, que se estrena este 8 de septiembre, un joven huérfano intenta escapar de la violencia en su barrio de Medellín y superar una crisis de identidad a través del hip hop. Pero sus respuestas están en el campo, con su abuelo. 

La imagen se repite en varias películas colombianas de las últimas cuatro décadas: un jóven, o un grupo de jóvenes, que viven en un entorno violento y lleno de necesidades dentro de los barrios periféricos de una ciudad, encuentran en la música, o en el baile, una identidad y una forma de alejarse de las balas y las riñas. Rodrigo D no futuro (1990), Los Nadie (2016) o Somos calentura (2018), por poner tres ejemplos, han abordado el tema de maneras diferentes y con distintos enfoques. 

La ciudad de las fieras, la más reciente película del antioqueño Henry E. Rincón, que se estrena este próximo 8 de septiembre en salas de cine, toma ese mismo camino, pero lo hace con sus particularidades. La historia sucede en la Medellín actual y el protagonista, Tato, un joven de 17 años, es amante del hip hop: le gusta grafitear y participa en batallas de rap (improvisaciones o freestyle) en su barrio, que recorre de arriba abajo con sus amigos Pitu y La Crespa. 

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Los tres intentan mantenerse alejados de la violencia, pero Tato acaba de quedar huérfano (su mamá murió) y ahora vive solo en su casa, sin plata y en medio de una gran crisis de identidad. Esa situación lo lleva a terminar metido en medio de la amenaza que representan los grupos de limpieza social y las riñas. 

Escoger el camino de la violencia puede ser lo más fácil, pero además de la amistad y la música, en este caso el protagonista encuentra otra salida: irse a vivir al campo, al corregimiento de Santa Elena, arriba de Medellín, con el abuelo que nunca conoció. 

Vea acá el trailer de La ciudad de las ferias:

Ese encuentro de dos mundos (el del jóven urbano con el viejo rural) termina convirtiéndose en el centro de la película y abre una serie de puertas y de preguntas que hacen que Rincón tome caminos muy diferentes a los de otros cineastas colombianos que han abordado temas similares. 

La idea de la película, de hecho, nació de la intención de Rincón de unir ambos mundos. Por un lado, la historia de los jóvenes que terminan en medio de las situaciones de violencia, inseguridad y desprotección, que viene “de momentos muy personales que yo viví durante mi adolescencia en un barrio complicado de Medellín”, como le dijo a Diario Criterio.

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Por el otro, de una conversación pendiente que le quedó con su abuelo, y que siempre le había martillado la cabeza: “Él pensaba que alguno de sus familiares iba a seguir la tradición de ser zapatero y asumía que iba a ser yo. Él murió y yo nunca le dije que no lo iba a hacer”, cuenta.

De lo urbano a lo rural: un regreso a la raíz

En el fondo, La ciudad de las fieras es la búsqueda de Tato por encontrar su lugar en el mundo, como sucede con los protagonistas en muchas de las películas colombianas que están marcadas por la falta de oportunidades o la violencia, ya sea urbana o rural, y cuyos personajes principales son jóvenes. 

Pero si en el cine contemporáneo, especialmente el que se dedica a retratar el desplazamiento, esa búsqueda está marcada por un recorrido que va del campo, de la región periférica, hacia la gran ciudad (como en La playa DC, 2012), en este caso ocurre todo lo contrario. 

La ciudad y las fieras
“Es muy diciente que sea en el campo, junto con su abuelo desconocido, que Tato termine encontrando las respuestas a sus preguntas y su lugar (no necesariamente físico) en el mundo”.

No es la única película colombiana reciente en donde se invierte esa ruta. En La Roya, de Juan Sebastián Mesa, el protagonista es un jóven recién salido del colegio que, a diferencia de sus compañeros que se van a estudiar a la ciudad, decide quedarse en el pueblo, sembrando café para dedicarse a la vida campesina.  

En el caso de La ciudad y las fieras esta decisión tiene que ver con la intención de retratar una dinámica real: “En Colombia suceden ambos tipos de desplazamiento. El que causan los grupos insurgentes, que obligan a familias a irse a las ciudades, pero también el que causan los grupos delincuenciales de la ciudad, que obligan sobre todo a los jóvenes a irse a otros barrios o a salir de la ciudad”, explica Rincón.                                  

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Aún así, es muy diciente que sea en el campo, junto con su abuelo desconocido, que Tato termine encontrando las respuestas a sus preguntas y su lugar (no necesariamente físico) en el mundo. “Él se va a lo rural, allá se carga de una energía, de unas vivencias, de unas anécdotas, de unas historias, y vuelve a la ciudad con un pensamiento diferente, muy alejado de la violencia”.

Es como un regreso a la raíz. Donde la raíz es el campo, el lugar del que vienen casi todas las familias colombianas. 

Un homenaje al hip hop y al rap                   

El hip hop atraviesa toda la película, desde su concepción. A Rincón le llamaban la atención esas batallas de improvisación callejera porque sentía que era una forma en la que los jóvenes le huían a su cotidianidad y hacían catarsis a través de la palabra: “la improvisación era su arma, y los ‘touchlines’ y las líricas, sus balas”

Desde 2016, cuando realizó una investigación sobre el tema, descubrió además que a varios chicos que estaban dentro del movimiento del hip hop los estaban asesinando y amenazando, mientras otros tenían que huir a otros barrios y a los corregimientos cercanos. 

La ciudad de las fieras película
“El casting para escoger a los personajes duró casi 6 meses y Rincón, junto con su equipo, se fue a buscarlos en su hábitat natural: las batallas de improvisación callejera en las calles de Medellín”.

Como la idea era retratar una historia tan conectada con la realidad, decidió que iba a trabajar con actores naturales, además porque sentía que era lo que pedía la historia. Tato, por ejemplo, es un improvisador de calle llamado Bryan Córdoba y conocido como Elepz, y las escenas en las que participa en las batallas de freestyle son genuinas. Y el abuelo Octavio es un floricultor llamado Óscar Atehortúa. 

El casting para escoger a los personajes duró casi seis meses y Rincón, junto con su equipo, se fue a buscarlos en su hábitat natural: las batallas de improvisación callejera en las calles de Medellín. Y una vez elegidos los prepararon, no con clases de actuación como tal, sino con talleres en los que aprendieron a entender su cuerpo y sus emociones. 

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La película ha tenido un buen paso por los festivales: ganó el premio Warner Media a Mejor película Iberoamericana en el Miami Film Festival y el Rail D’oc y CCAS otorgado por Festival Cinélatino 33 Rencontres de Toulouse (Francia). Ahora, que llega a las salas de cine colombianas, Rincón espera que la historia conecte con el público colombiano.

“Esperamos que vayan a verla, que se inquieten, que la disfruten, que se cuestionen, que reflexionen. Es una película que nos invita a incomodarnos y a vivir la incomodidad”, explica.

La ciudad y las fieras hipo hop en Medellín
“A Rincón le llamaban la atención esas batallas de improvisación callejera porque sentía que era una forma en la que los jóvenes le huían a su cotidianidad y hacían catarsis a través de la palabra”.

4 Comentarios

  1. Buena crónica de esta película que aunque aborda temas que ya han presentado en otras buenas películas Colombianas , el enfoque que se le da, los personajes , el tema del HipHop y Rap; como muestra este artículo la hace diferente e interesante y dan ganas de verla

  2. Un tipo de película que muestra realidades a las que se enfrentan muchos jóvenes, con un matiz bien distinto y llamativo; atrae la atención la forma como se escojen los personajes. Ojalá tenga el éxito que merece.

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