La Ciudad Universitaria, un campus entre La Soledad y El Recuerdo (I)

Considero que la Universidad Nacional de Colombia atraviesa por un momento de inflexión decisivo en su historia. Por una parte, las relaciones del campus universitario con Bogotá se han transformado sustancialmente, al punto de ser muy diferentes a las de 1938 cuando apareció como un proyecto que sirviera de ejemplo de urbanismo al punto de evolucionar a un espacio que está recibiendo influencias perturbadoras de la misma ciudad. No es lo que se esperaba que sucediera. Todo lo contrario: en vez de que la urbe se pareciera a la Ciudad Universitaria, parece que ésta se apropia de algunos rasgos negativos de la capital.

Se han perdido diversos lugares de sociabilidad que fueron fundamentales en el funcionamiento de la comunidad universitaria. Los lugares de encuentro, de conversación, de intercambio de ideas, de inspiración, de las manifestaciones culturales, se han ido diluyendo. Los espacios de la palabra se pierden en la Ciudad Blanca, algo que perturba justo cuando hay una cohorte generacional que privilegia las relaciones virtuales.

Por otra parte, esta pérdida está marcada por una nueva cohorte generacional conformada por una juventud influenciada, marcada, signada por la pandemia; navegante de las realidades virtuales; estudiantes que prefieren los contactos distantes que los lugares de encuentro. Todo esto ocurre, a la vez, en una institución que ve cómo sus discursos identitarios se están abandonando, sin sustitutos, y que están dejando de ser portadores de elementos que otorgan sentimientos de pertenencia institucional.

Dos advertencias. Creo en la enseñanza de Neil deGrasse Tyson: puedo estar equivocado. La segunda, cito a Adela Cortina: “las personas son respetables. Sus opiniones, no”.

La Ciudad Universitaria: el recipiente

La República Liberal (1930-1946) introdujo profundas transformaciones políticas en la nación colombiana. Luego de medio siglo de dominio conservador, el Partido Liberal -bajo la conducción de López Pumarejo-, comenzó a reformar buena parte de las políticas públicas como también de los espacios públicos. Para ello, aprovechó la conmemoración del IV Centenario de la Fundación de Bogotá, a celebrarse el 6 de agosto de 1938, para transformar la ciudad con numerosas intervenciones urbanísticas.

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De manera clara se hizo un esfuerzo por convertir a Bogotá en la capital de la nación con la construcción de una serie de edificios nacionales como la Biblioteca Nacional, el Acueducto de Vitelma, el Parque Nacional y el campus de la Universidad Nacional de Colombia. Es importante señalar que las anteriores conmemoraciones, como las del Centenario de la Independencia, estuvieron marcadas por la exaltación del hispanismo y el reforzamiento de la tradición y del discurso bolivariano del Partido Conservador. Ahora, con López Pumarejo, la apuesta estaba centrada en la modernidad.

Hasta entonces, la Universidad Nacional refundada en 1867, funcionaba en distintas edificaciones dispersas por la ciudad, con estilos arquitectónicos distintos y diversidad estética que impedía expresar un mensaje de unidad institucional.

La conmemoración del IV Centenario fue un momento de convergencia de varias transformaciones profundas de la ciudad y marcaron el camino de evolución de las décadas siguientes. En ese momento se veía a la capital muy atrasada, con unos notorios déficit de infraestructura urbana. Era necesario que Bogotá se convirtiera en una ciudad moderna. Era frecuente encontrar el argumento de que el país se merecía que la capital presentara un escenario urbano acorde con la condición de ciudad moderna y abandonara el aspecto atrasado del pasado, que se constituyera en la capital de la nación colombiana.

Si bien en las décadas anteriores se habían consolidado algunos avances en la modernización, como la mecanización del transporte, una industria incipiente, el servicio de energía eléctrica y de teléfono, todavía faltaba la transferencia de estos aportes a la cultura urbana a las relaciones públicas, en especial, al ejercicio efectivo de la ciudadanía. La democratización de la vida urbana era el déficit más acentuado que tenía la sociedad bogotana y esto se expresaba en el espacio público, fuertemente segmentado. Al espacio público, al igual que a la ciudadanía, tenía acceso una pequeña porción de la sociedad.

De todas formas, los bogotanos se estaban convirtiendo en personas más cosmopolitas, los medios de comunicación rompían el aislamiento; el café (tanto el grano como el lugar), un nuevo espacio público en expansión, impulsaban nuevas formas de sociabilidad urbanas, más horizontales y creadores de un opinión pública cada vez más participativa y abierta, por fuera de los controles que la iglesia católica había mantenido. Surgía una sociedad urbana más compleja y laica.

Era evidente que no se podía gestionar la vida urbana con las mismas instituciones que anteriormente se había empleado. Es así como se aplica la planeación urbana, se forma un catastro municipal, se moderniza la nomenclatura y se construyen nuevos hitos urbanos, como mensajes de la transformación que se estaba realizando. La ampliación del espacio público y la oferta de nuevos edificios nacionales marcaron el tránsito de la ciudad en los años posteriores a 1938. El cuaes el proyecto por construir una capital moderna y la Ciudad Universitaria formaba parte de este proyecto.

Es en los años treinta que se empieza a vivir una transformación efectiva en el espacio público, como se simbolizó en el Parque Nacional, abierto, sin rejas, dispuesto para que la ciudadanía lo disfrute, al contrario de los parques enrejados, donde el control del acceso era fuerte. Igualmente, el campus de la Universidad Nacional, independiente y autónomo, separado de la ciudad, para que sus estudiantes y profesores no se contaminen con la agitada vida urbana que ofrecía Bogotá.

Para construir la Ciudad Universitaria se contrataron a asesores extranjeros como Fritz  Karsen y Leopoldo Rother. El primero propuso una estructura integral que se sintetiza en forma de elipse, de la que se desprende cada una de las cinco divisiones académicas y sus dependencias. Esto se plasmó en una organización espacial oval, con forma de búho. Como esto se proyecta en un lote externo a la ciudad, se pudo definir la forma sin estar sujetos a la traza urbana.

De esto resulta el campus universitario, el primero de Latinoamérica. La arquitectura aplicada estaba a la vanguardia y en cierta medida fue ejemplar para la construcción de otros proyectos urbanos en diferentes ciudades colombianas. En 1996, mediante el Decreto 0596, se reconocieron a 17 edificios de la Universidad Nacional, Sede Bogotá, como monumentos nacionales, exponentes destacados de la arquitectura colombiana.

El aislamiento de la Ciudad Universitaria, la distancia que tenía del casco urbano concluye con la urbanización de los años cuarenta. Fue muy rápido. El barrio de La Soledad, urbanización de Ospina y Cia., empieza a conectar físicamente este espacio con el barrio Palermo, que ya había surgido en 1938. Luego surgió El Recuerdo, cuya urbanización se consolidó con la construcción de la Avenida 26, del CAN (1956) y del aeropuerto El Dorado (1959), que definieron la proyección de la ciudad al occidente y enlazaron definitivamente al campus con la malla urbana capitalina.

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El campus que acoge a la Universidad Nacional dejó de conocerse como Ciudad Universitaria, o la Ciudad Blanca, como se le llamaba, nombres que expresan su condición de funcionamiento independiente de Bogotá. La ‘Nacho’ que tenemos en el siglo XXI está muy distante del proyecto que se trazó por la Revolución en Marcha de López Pumarejo y que hicieron realidad Karsen y Rother; actualmente separada por avenidas de alto tráfico que impiden su acceso a pie, engullida por la urbe, de la que forma parte como una pieza urbana.

Dejó de ser un proyecto de espacio público de vanguardia.  La malla perimetral ayuda al aislamiento del campus de su vecindario. (Juliana Zambrano. Dos biografías urbanas: UNAL Y can. La historia de dos proyectos de ciudad. Bogotá, IEU, 2022).

Santander y la difusa y errada construcción de una identidad

En 1976, en medio de la efervescencia del movimiento estudiantil y de una asonada, un grupo de alumnos de la universidad aprovechó el caos para entrar una grúa al campus, con la que lograron derribar la estatua de Francisco de Paula Santander que estaba ubicada en la Plaza Central, que llevaba su nombre. La estatua, fundida en bronce, fue arrastrada hasta la calle 26, sufriendo el desprendimiento de la cabeza además de múltiples abolladuras. La paradoja no podía ser mayor.

En efecto, 150 años antes, Santander había fundado la Universidad Central de Colombia, como pieza fundamental del primer sistema de educación pública que existió en el país. Este sistema público estaba conformado por numerosas escuelas públicas, que se encontraban regadas por todo el país de entonces. A ellas, se les sumaron varios colegios ubicados en las capitales provinciales, y cerraba el sistema las universidades, ubicadas en las principales ciudades.

El funcionamiento de este sistema de educación pública permitió construir una red cultural laica, la primera que existió en nuestro país. Además, en muchos de estos centros educativos, funcionaron academias en las que se enseñaron las primeras letras a los adultos analfabetas, centros educativos que empleaban como texto los catecismos republicanos, editados unos durante la guerra de independencia y otros publicados para este fin.

A pesar de la precariedad económica del naciente Estado, y con la guerra que continuaba contra las tropas españolas que se hallaban en el Sur, Santander -quien entonces ocupaba el cargo de vicepresidente con funciones presidenciales debido a encontrarse Bolívar comandando la campaña libertadora-, usó los magros recursos presupuestales para construir las bases de un sistema educativo que Colombia lleva dos siglos construyendo y siempre siguiendo la ruta trazada por Santander.

La Universidad Nacional es el ápice de este sistema, como lo fue la Universidad Central en los años de la naciente república. En reconocimiento a esta labor, cuando se remodeló la Nacional en los años 70 y se definió el perfil de la Plaza Central, se erigió la estatua de Santander en este lugar y se bautizó este lugar como Plaza Santander. Más allá de la figura de este hombre, como prócer de la independencia, padre de la patria o líder del Partido Liberal, es indiscutible que su obra educativa ha sido definitiva para la formación de la nación colombiana.

Pero no solo ha sido esta la única acción depredadora que se ha acometido con la memoria de Santander en la Universidad. Todas las placas que se hallan en algunos edificios universitarios que registran el nombre de Santander se encuentran tachadas con pintura. Una de ellas, en el vestíbulo de la Facultad de Derecho, además de que el nombre de Santander está emborronado con pintura, un dispensador automático de venta de papas fritas lo tapa parcialmente.

El único nombre tachado de las placas es el de Santander, en la Facultad de Derecho. ¿Acaso el Hombre de las Leyes no merece un lugar de memoria?

Como si esta ordalía no ha sido suficiente, en 1990, en las efemérides del sesquicentenario de la muerte de Santander, en el vestíbulo de la Biblioteca Central de esta institución se ubicó un busto de este personaje, el cual también fue depredado por los estudiantes.

La Ciudad Universitaria: nombre Santander tachado

¿Por qué tanta ignominia? ¿Qué pensaban los estudiantes que se esfuerzan por negar la relación de Santander con la universidad y, por supuesto, con su paternidad en la formación de un sistema de educación pública? Detrás de todo esto se encuentra una paradoja como es el tema de los mitos fundadores de la nación.

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De manera exitosa, la República Conservadora (1880-1930) logró construir un relato histórico profundamente favorable alrededor de la figura de Simón Bolívar y radicalmente denigrante del nombre de Santander; se apropiaron con habilidad de la historia para fundir ideas en la construcción de una nueva identidad muy coherente y sólida, con tal fuerza que quienes se han subvertido han resultado los mejores alumnos.

Resultante de este relato, todo lo malo que le ha pasado a Colombia ha sido resultado de las acciones de Santander, padre del santanderismo entendido como la ‘leguleyada’, la letra menuda, la trampa legal, el exceso de trámites, entre otras desgracias. Mientras que de Bolívar se heredó todo lo bueno que tenemos, inclusive sus sueños.

Esta exitosa manipulación de la historia, que estuvo liderada por Miguel Antonio Caro, contó con un texto de enseñanza de historia como fue La Historia de Colombia, escrita por Henao y Arrubla, libro que se convirtió en el manual en escuelas y colegios con el que los colombianos aprendieron (aprendimos) historia de Colombia, y que ha estado en uso desde 1910 hasta finales del siglo XX. El esfuerzo del Partido Conservador continuó con el bautizo de las plazas mayores con el nombre de Bolívar. Bogotá se adelantó y en 1847 cambió el bello nombre de Plaza de la Constitución por el que hoy lleva. Y si se hiciera justicia, debería llamarse Plaza de Nariño.

El relato histórico que ha logrado penetrar en la memoria de los colombianos ha estado profundamente influenciado por el exitoso esfuerzo del Partido Conservador, que ha bolivarianizado la historia que los colombianos dan por cierta. Ha sido a tal grado exitoso este esfuerzo que inclusive la subversión ha sumido la figura más conservadora de Bolívar, la del militar, como la de su adalid ideológico.

Cuando el M-19 se levantó en armas, robó la espada de Bolívar y la convirtió en su símbolo. Luego, las Farc, poco a poco, fueron convirtiendo esa figura como la del hombre que trazó la senda que ellas estaban recorriendo y asumieron la responsabilidad de hacer realidad el sueño de Bolívar, sin saber, exactamente, de todos los “sueños” de Bolívar, cuáles iban a hacer realidad.

De pronto, el lánguido fin de la lucha subversiva nos haya salvado de los sueños goyescos. Algo de esto influyó en la negación de Santander en la Universidad Nacional y el esfuerzo por suprimir su presencia está en consonancia con el sueño conservador de La Regeneración.

Para algunos analistas, la asimilación guerrillera de la figura de Bolívar es muestra de la dificultad (¿incapacidad?) de elaborar sus propios mitos, y prueba también de cómo los que luchan por subvertir el orden cayeron en el remolino de la concepción del tiempo en Colombia, el cual es totalmente circular y atravesado por el mito de la repetición. Esta guerrilla, hoy partido político, asume como obligación el hacer realidad el sueño de Bolívar como una deuda histórica. En el fondo, la concepción bolivariana de la subversión está en la senda que Caro trazó, el autor de los versos a la patria y de lo que lengua mortal decir no pudo.

Exiliada del campus universitario, la estatua de Santander -,alterada, fracturada y con parte de la cabeza desaparecida, resultado de los golpes contundentes que ha padecido-, pasó por varios depósitos en la sección de Mantenimiento de la Universidad. Para restaurarla, incluso, tuvo que ser confinada a un baño, antes de ser extraditada de la Ciudad Blanca al Claustro de San Agustín.

Cuando la Universidad conmemora el sesquicentenario de su fundación, la estatua regresará, por ahora, a la Biblioteca Central, al lado de la plaza que llevaba su nombre y hoy conocida como la del Che, figura que en nada representa la educación pública colombiana. Ojalá, Santander y su busto pueda ocupar de nuevo un lugar en el campus y se restauren las placas conmemorativas que todavía existen, en las que esperamos no se tache el nombre del fundador de la universidad pública.

Sin embargo, para que esto ocurra, se requiere que los estudiantes entiendan la historia de la educación pública colombiana, así como la vida de Santander y Bolívar, leída sin prejuicios. Pero, para que esto sea posible se requiere que se construyan nuevos referentes identitarios.

Siga con la segunda parte de esta entrega: Universidad Nacional, entre la deserción, la crisis generacional y la depredación del espacio público (II)

6 Comentarios

  1. Interesante la historia de la UN, su relacion con Santander y su legado en la educacion. Igualmente otro aspecto que toca tangencialmente el articulista sobre los espacios de encuentro como es la plaza “Che” que nada tiene que ver con la educacion al menos academica. Esta plaza igualmente ha degenerado en una plaza de mercado con toldas para toda clase de mercaderias y chucherias menos cuando menos para encuentros de corte estudiantil, academicos y generadora de debates socioeconomicos. Un “san victorino” incrustado en el campus universitario. A tal extremo se ha llegado

  2. Miguel Ángel Herrera Zgaib

    El relato y la interpretación de Fabio tiene la riqueza de recuperar la problemática en torno al conflicto de la formación del estado y la nación colombianas, donde se cruzan Santander y Bolívar, los dos íconos del criollismo y el mestizaje en Colombia como República primigenia.

    Así aparece como crisol, el proyecto de la universidad Central que tuvo tres sedes en el tiempo de la Gran Colombia. Fracasado este proyecto de unidad subcontinental, enfrentado a la división interna y el ascenso de los Estados Unidos, vendrán las guerras civiles regionales, y el triunfo del radicalismo y la creación, refundación de la universidad como Universidad de los Estados Unidos de Colombia, a partir de 1867, con Santos Acosta, y en últimas con el rectorado de Manuel Ancízar.
    Se perfila un proyecto liberal de Estado y Nación que busca unificar un territorio con una cultura laica y un proyecto de educación superior positivista y una escuela reformada, donde pedagogos extranjeros buscan construir una suerte de normal que ofrezca los educadores portadores de una reforma moral e intelectual modernizante, la que fue desarticulada con la contrarreforma de la Regeneración.

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