‘La crónica francesa’ de Wes Anderson: las pasiones hechas lista

Wes Anderson ha construido un mito casi inexpugnable a su alrededor, a punta de un estilo acentuado e identificable como una marca. En ‘La crónica francesa’, su más reciente película, como con lista en mano, hace una interminable serie de homenajes. Mucho cuidado con pestañear.

Hay muchos –quizá demasiados– homenajes en la más reciente película del director estadounidense Wes Anderson. Enumeremos: a las grandes firmas que en otros tiempos escribieron en la revista The New Yorker, a una forma febril de hacer periodismo, al férreo criterio de los editores de antes, al cine francés (de Jacques Tati a Jacques Demy, del realismo poético de la década de 1940 al cine de detectives a lo Jean-Pierre Melville de los años sesenta y setenta), a las pequeñas villas de Francia y sus niños traviesos, a la joie de vivre, escrita así porque se lee y escucha mejor en la lengua de Montaigne y Flaubert que en cualquier otra.

¿Suena a un inventario extenuante de filias y reminiscencias o a una bella lista de espléndidas cosas? Sí, y lo es. En La crónica francesa se desborda, o se hace más notoria que nunca antes, toda la incontinencia de Anderson: su gusto por el relato y la palabra, su irrealismo, la fascinación por los colores, lo suntuoso de unos decorados que invitan seductoramente a vivir dentro de ellos. Apenas se puede parpadear en esta película, pues hacerlo sería correr el riesgo (¿el crimen?) de perderse una frase ingeniosa, un detalle coqueto, una referencia cultísima, la vida atrapada en un gesto embalsamado.

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Construida como una sucesión de viñetas que recorren géneros y formatos del periodismo, en la película de Anderson hay: una juguetona guía de viaje por una imaginaria ciudad francesa (Ennui-sur-Blasé), la descripción de la obra de un pintor, un ensayo sobre la revuelta juvenil de “marzo” del 68, el perfil de un chef y un obituario. Pero cada sketch puede llegar a ser otra cosa distinta a su envoltorio o bosquejo aparente; el retrato del chef es, por ejemplo, también una aventura policial. Y el conjunto de las partes es el material que compone una edición especial de un semanario estadounidense publicado en Francia –The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun– y empeñado en lograr la máxima finura en la expresión y el diseño.

El grupo de idealistas y soñadores que hace la revista parece incapaz de negociar con la vulgaridad. Anderson entona así su canción en honor al refinamiento, pero por muy seductor que sea su convencimiento romántico y su despliegue de recursos formales, no es sencillo seguirlo hasta el final. No es fácil, tampoco, sentirse excluido de un club selecto. El espectador, y sobre todo el crítico, a veces padece del terror de no dar la talla. Perdido en los meandros de La crónica francesa, pensé muchas veces en que el culto a Anderson tiene no poco de arribismo y ansiedad cutural. Yo mismo, con respecto a él, he padecido de tales síntomas.

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Quise rendirme otra vez a los pies del artista admirado, aplaudir el ingenio de Anderson, seguir perteneciendo a su iglesia. Cómo resistirse al encanto de semejante troupe de actrices y actores: Bill Murray, Owen Wilson, Benicio del Toro, Frances McDormand, Elisabeth Moss, etcétera, etcétera, etcétera (todos ellos parecen fascinados, a su vez, con Anderson). Agucé todo lo que pude mi ojo para reconocer a Tilda Swinton, y casi no lo logro a pesar de que hace unas pocas semanas, durante el paso de la enorme actriz escocesa por Colombia, hasta me tomé una foto con ella. 

Confieso, muy a mi pesar, que el grado de perfección de La crónica francesa me expulsa. Que hay algo gélido, o directamente con olor a mortífera nostalgia, en tanto guiño. Que me abruma y me agota esa cuidadosa nomenclatura cultural que en la película se despliega. Que esa elegía por los viejos buenos tiempos, o esa celebración de lo naíf que tan valiente y comprometida me pareció en otras películas del director, la encontré aquí una fórmula desgastada. 

‘La crónica francesa’, de Wes Anderson, es una película llena de estrellas

Un profesor de historia del arte repetía en una clase que vi en la universidad que todo gran artista asume un estilo hasta extenuarlo. No creí vivir para sentir el toque Anderson convertido en código, en repetición sin alma. Me sentí estragado ante tanta virtud. Y ahora sufro la libertad de haber sido destituido, o de irme por mi cuenta, de una secta. ¡Es un horror y una maravilla!

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