La democracia necesita una oposición seria

Una democracia que carece de oposición se parece mucho a una dictadura. Eso pasa con la forma de gobierno realmente existente en Colombia: es una democracia con rasgos de dictadura porque, desde finales de los años 40 del siglo pasado, no ha tenido partidos o líderes que se opongan, con rigor, al gobierno de turno.

Entre 1946 y 1958, la violencia política hizo imposible la oposición. Del 58 al 74, funcionó el pacto bipartidista (liberal-conservador) llamado Frente Nacional que solo permitió que gobernaran conservadores o liberales y que estos lo hicieran, siempre, juntos y revueltos. Después, cada gobernante domesticó a los grupos posiblemente opositores entregándoles puestos y contratos para sí mismos o para su respectiva clientela política.

Así se hizo, hasta que se consolidó un nuevo régimen del que participan tanto los partidos tradicionales y los políticos de profesión, como grupos empresariales, periodistas y organizaciones criminales.

En él, la facción dominante está compuesta por personas dedicadas al narcotráfico o que tienen evidentes nexos con este y con el crimen organizado en general. Por eso, se le conoce como “régimen mafioso”.

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Ese régimen gobernó y pretendió eliminar a la oposición mediante una combinación de violencia, corrupción, clientelismo y mermelada. La posible oposición aceptó ser cooptada/comprada mediante prebendas o se expuso a una interminable persecución judicial y, en el peor de los casos, al asesinato de sus integrantes.

Lo que quedó de oposición se convirtió en resistencia. Hubo quienes la hicieron desde la acción política parlamentaria y quienes la hicieron creando distintas formas de organización y movilización social y comunitaria. Ninguna de ellas pretendió desconocer o violar la Constitución o las leyes y a ambas se les persiguió.

Se esperaría que el Pacto Histórico, que hoy gobierna porque derrotó electoralmente a todos los candidatos presidenciales de ese régimen, ejecute el programa que presentó al electorado y no compre ni persiga a la oposición. También, que esta construya posiciones fuertes con las que debata los proyectos gubernamentales y presente sus propias iniciativas.

Pacto Histórico
Pacto Histórico. Imagen: @PactoCol.

Lo que se ha visto en las primeras semanas del nuevo gobierno, al respecto, permite sentir, al tiempo y en proporciones similares, optimismo y pesimismo.

Por una parte, es innegable y notorio el esfuerzo que están haciendo el presidente Petro y su equipo más cercano para construir un nuevo régimen político, con enfoques y prácticas distintas a aquellas con los que se gobernó durante el régimen mafioso. Además, hay indicios de que tienen la intención de gobernar promoviendo el funcionamiento del esquema democrático gobierno-oposición

Pero, por otra, es evidente que, dentro de la coalición que el gobierno ha creado para poder cumplir sus promesas de campaña, hay liderazgos y fuerzas políticas acostumbradas a usar las formas tradicionales de gobernar y de relacionarse con sus adversarios políticos

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Por el lado de los partidos que deberían ser oposición pueden observarse tres comportamientos distintos: el de los que se oponen en espera de que el gobierno los soborne, el de los que se oponen por convicción y el de los que lo hacen por necesidad.

Los primeros pondrán sus votos en favor de los proyectos y actitudes gubernamentales siempre y cuando el gobierno les dé los puestos y contratos que ya están negociando, sobre todo, con los ministros más proclives a repartir mermelada.

Los partidos y personas que se oponen por convicción son insobornables. No habrá oferta que les compre el voto. Están seguros de la inconveniencia de todas y cada una de las propuestas del actual gobierno. Incluso, rechazan los llamados a la unidad nacional que hacen el presidente y su equipo. Son una absoluta minoría, pero irreductibles.

Quienes se oponen por necesidad pretenden –sobre todo– que el gobierno les garantice que no se les perseguirá judicialmente, ni se les extraditará, pese a los delitos que cometieron, promovieron o encubrieron. Estas personas, cuyos nombres propios ustedes saben de sobra, hacen parte del régimen que perdió las elecciones, pero mantienen su influencia en algunos de los vericuetos más ocultos, profundos y decisivos del poder institucional.

Con una oposición, tan débil y tan carente de proyecto político, como la descrita, Colombia seguirá teniendo una democracia frágil y restringida. Muy expuesta a excesos de poder por parte del gobierno.

Para fortalecerla y ampliarla, se requiere seguir construyendo un nuevo régimen político. Uno que gobierne sin amarres con la mafia y respete y brinde garantías a la oposición. Esta, a su vez, deberá ser rigurosa en sus análisis y creativa en sus propuestas.

Es urgente que aparezca un bloque opositor que haga un agudo y mesurado control político. Que lo haga sobre la base de datos y hechos verificados y verificables. Que sepa que vociferar, decir tonterías y ganar seguidores en las redes no construye democracia.

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5 Comentarios

  1. Terminada la violencia de los años 40 y 50 del siglo XX los partidos tradicionales comenzaron su decadencia, aunque no es claro cuando sea su final. Esta agonía tan prolongada de más de medio siglo se debe tal vez a que estos partidos de origen elitistas y oligárquicos del siglo XIX, han logrado sostenerse gracias a la represión estatal contra los sectores populares que claman democracia, la corrupción generalizada, los negocios ilícitos con el narcotráfico y otros tantos, y hoy con el paramilitarismo y demás formas de violencia económica y social. En este tiempo cualquier oposición que no sea de su propio “sistema”, es declarado ilegal y subversivo. Esperamos con gran fe que la llegada del presidente Petro, signifique el punto de quiebre para un nuevo modelo de sistema político moderno, en donde haga presencia una verdadera oposición. Pero por lo pronto, con los hoy quedaron en la “oposición”, da pena ajena que pueda llegar a serlo.

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