La democracia y el útero

“La democracia, como proceso electoral, se ha convertido, en ciertos momentos y países, Colombia incluida, en una saltuaria vendedora de adicciones. Los candidatos, por necesidad de la competencia, como ciertos ciclistas, se dopan de promeserismo”.

Para hacer referencia a algunas de las falencias de la democracia, de justicia menester es, antes, consignar unas restringidas y mínimas reflexiones sobre algunas de sus virtudes.

Este sistema les confiere, a quienes bajo él viven, una razón de mayor autoestima política. Así muchos o pocos encuestados duden y renieguen de ella, en el fondo saben que en democracia se vive con unos estándares humanos y espirituales superiores a los de cualquier otro sistema, dictadura o monarquía antigua; o incluso a los del autoritarismo chino. Por ello la democracia les confiere a los [email protected] una satisfacción inmaterial de dignidad; dignidad propia e individual, social y política.

Aunque puede ella generar grandes desigualdades económicas y sociales, la historia de las democracias indica, sin lugar a dudas, que las reivindicaciones de toda índole para los discriminados les han llegado con la extensión del sufragio. Las mujeres, los trabajadores, los afrodescendientes, adquirieron estatus e inclusive el reconocimiento de muchos de sus derechos, después de que se les otorgara el voto.

La democracia es reivindicadora. Ocurre, y se sabe, porque en el fondo el voto es poder. E igualitarismo: un hombre, una mujer, un voto. Lo reconoció aquel desconocido encuestado, colombiano ciudadano del montón, quien preguntado hace unos años si votaría el próximo domingo, respondió: ¡cómo no lo voy a hacer si ese día seré igual de importante que el más importante de los colombianos!

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Desde hace 26 siglos lo sabían los atenienses, cultores como padres que lo fueron de la democracia en la historia, cuando, según cuenta Heródoto, cómo aquel ciudadano de esa ciudad (valga la aparente redundancia), le contestó al sátrapa persa: nosotros estamos sometidos, todos por igual, incluidos nuestros gobernantes, a la tiranía de la ley. Eso es democracia con Estado de Derecho. Todos iguales ante ella.

Sin embargo, la democracia, como proceso electoral, se ha convertido, en ciertos momentos y países, Colombia incluida, en una saltuaria vendedora de adicciones. Los candidatos, por necesidad de la competencia, como ciertos ciclistas, se dopan de promeserismo.

El votante es sometido, cada cuatro años, a una catarata de promesas, ofrecimientos, propuestas de toda índole; grandes, medianas y pequeñas; configuradas a la medida de las aspiraciones de las diferentes categorías de sufragantes. Soluciones para todo, al detal y al granel, al por mayor y al por menor. Buena parte de ellas imposibles, otras muy difíciles y otras muchas olvidadas por el presidente cuando le llega el pluriexigente y pluriurgente ejercicio de gobernar un país como el nuestro. 

elecciones 2022. Ética y corrupción
Elecciones 2022. Democracia.

Lluvia de ilusiones. El cerebro humano, en su búsqueda del placer y en la exclusión del dolor, está organizado para bien recibir, con las neuronas abiertas, todo aquello que represente ilusión, satisfacción, solución, sea ello factible o lejano, sea ello algo desvergonzado o algo estrafalario pero bien maquillado.

Adictos a las promesas, cuando viene el momento de la escasa realización, a los y a las demócratas votantes les llega también el momento de la desilusión. De la decepción, para utilizar un vocablo más ajustado a la ciencia de la psicología actual. Claro, lógico, que la cuenta de cobro por los respectivos desencantos se la pasen solo al candidato triunfante.

La democracia actual tiene otro problema electoral. No me acuerdo en dónde leí la conferencia de algún politólogo, que hizo esta reflexión: para bien o para mal, hoy, solo existe un sistema que genere progreso y bienestar, incluso general y algo distribuido, y es el capitalismo. Pero, agregó, el candidato que defienda las tesis derivadas de ese sistema en relación con el trabajo, con las clases menos pudientes, e incluso con las clases medias, será tachado de salvaje neoliberal y resultará derrotado. Pero –continuaba– me preguntarán, entonces, ¿cuál es la solución? Y se respondió: mentir en la campaña, sostener lo social como lo primero en el programa de gobierno, pero luego aplicar el capitalismo en el ejercicio del poder. Con matices y adornos, incluso, pero no con modificaciones de fondo.

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Este último tema es más problemático para la izquierda que para la derecha. Mal que bien, se sabe que un candidato de esta última extracción tiene sus querencias hacia el sistema capitalista. Por el contrario, en el caso de la izquierda, se presume que sus candidatos conllevan una malquerencia con dicho sistema. Con el cual a estos últimos les tocará después convivir, si no quieren llegar a la triste y horrible acción destructiva de un Fidel Castro o de un Hugo Chávez. ¡He aquí su dilema!

¡Cuán profunda y peligrosa puede llegar a ser una decepción humana! La que puede generar reacciones muy disparatadas. Hay dos casos así. El primero, la noticia llegó desde Medellín este 13 de julio pasado, informando que una abuela había apuñalado a su novio, decepcionada porque este había terminado con su noviazgo. El segundo, más antiguo, se dio en Chicago, en donde una sombrerera de nombre Mary Harris, después de recibir una carta anónima en donde se le informaba que su novio, de nombre Adoniram Judson Burroughs, había contraído matrimonio con otra dama. Por su gran decepción, ella le disparó y lo mató en su oficina. Fue absuelta.

No obstante, y no sabría decir si el término científico de aquella época, es decir el 19 de julio de 1865, es peyorativo o antifeminista, pero la defensa arguyó y se le aceptó, que ella habría caído en una locura, transitoria y propia de la “irritabilidad del útero”. Un jurado compuesto con exclusividad por varones, muy comprensivos ellos, al comprobar, por los síntomas y desde lejos la tal dolencia, la eximió de toda culpabilidad.

En esto de engañarlas, las mujeres son muy temibles. En estos asuntos los hombres somos poltrones, acomodaticios, olvidadizos. Transables. Oportunistas. Las mujeres no. Memoriosas. Como tan leves lo son en lo físico, tan fuertes lo son en el espíritu. No transigen, insobornables y definitivas. Los cazadores saben que es mucho más peligrosa una hembra, leona herida, que un león, macho, en iguales circunstancias.

La moraleja, aquí, es muy clara. Ante tanta promesa que tienen que hacer los candidatos en campaña, y ante la roqueda realidad de no poder cumplir con la mayor parte de lo ofrecido, los encargados de la posterior seguridad presidencial deberán estar muy atentos a los peligros para el mandatario, no tanto de aquellos procedentes de la desilusión varonil, sino de aquellos ocasionados por la vindicativa y justiciera decepción femenina.

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