La importancia de lo posible

Colombia, al margen de dónde se encontrará en cuatro años, acaba de ampliar su territorio imaginario de ofrecerle a gran parte de su población la autorización para asomarse detrás del orden establecido y ver cuánto espacio hay allí, donde antes todo estaba determinado y dominado por el discurso del miedo.

Lo posible habita en el umbral entre la realidad, por un lado, y nuestros sueños y pesadillas, por el otro. Tiene por ello una existencia espectral: consiste en lo que podría ser, tanto lo que deseamos como lo que tememos. Se le suele otorgar a lo real más importancia que a lo posible. Esto sucede, tal vez, porque generalmente se le añade el sello de lo necesario: si las cosas son como son es porque así debieron ser. Aquí se comete un error al aplicar el vocabulario de lo normativo al pasado y al presente.

El peligro de este error radica en borrar la libertad humana, en pensar que lo que es, simplemente porque es, tiene que ser así. La idea más radical de la modernidad europea consiste en aseverar, contra el pasado, que las cosas no tienen por qué ser como son, que realidad no equivale a legitimación. Esta idea se levanta contra el peso de la tradición y contra ciertos elementos dogmáticos del pensar religioso.

Sin embargo, el mundo que habitamos tampoco es libre, pues hemos reemplazado unos dogmas por otros y no cuestionamos la necesidad de nuestra realidad actual. Ahora, pensamos que la realidad es imposible sin el sistema capitalista y la propiedad privada, y que el progreso solo se mide en capacidad productiva. Nos deslizamos sigilosamente de la aseveración fáctica que afirma que no podemos pensar al mundo actual sin el sistema capitalista y la propiedad privada, a la aseveración normativa que afirma que debemos proteger la propiedad privada a toda costa porque solo ella le permite al ser humano ser lo que debe ser, como ya lo señalaba John Locke hace más de 300 años.

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El gesto más radicalmente emancipador es el constante cuestionamiento del carácter necesario del orden actual de las cosas: ellas no tienen que ser como son. Es un gesto que va siempre a contrapelo porque nacemos y nos formamos dentro de un orden que, sin darnos cuenta, nunca cuestionamos. Aquellos a quienes les favorece este orden son los que más alzan la voz contra lo posible, y lo tildan de utópico. Las estructuras del poder no desean alterar el orden actual y para lograrlo lo maquillan de necesario: dicen que es imposible un mundo sin propiedad privada, sin explotación de hidrocarburos…

Es importante establecer que esta es únicamente una imposibilidad normativa, mas no fáctica. Se requiere de mucho inconformismo, valentía y disposición al sacrificio para imaginar lo imposible como posible. E imaginarlo como posible no asegura que sea algo alcanzable, pero su potencial fracaso no debe reducirse a una falta de imaginación, sobre todo cuando la historia de la humanidad es prueba de que la realidad siempre se desborda sobre el campo de lo posible.

Francia Márquez diseño Esteban
Francia Márquez, vicepresidenta de la República.

El precio que pagamos por dejar de imaginar como posible un mundo mucho menos desigual económicamente, un mundo que rechaza toda extracción de hidrocarburos, un mundo sin productos plásticos, es muy alto. Si la humanidad va a fracasar, que sea por ingenuidad y no por conformismo, por falta de recursos y no por ceguera.

Un peligro similar, pero invertido, del rechazo de lo posible como imposible se encuentra en la crisis climática y ecológica. A pesar de los indicios incuestionables de un proceso muy probablemente irreversible que terminará con el mundo como lo conocemos, aún no nos decidimos a cambiar radicalmente nuestra realidad.

Resulta mucho más difícil vivir de manera diferente, alterar nuestra cotidianidad, que continuar haciéndonos los de la vista gorda ante un número creciente de tragedias climáticas por todo el globo, cuya factura sigue en aumento desenfrenado. Somos incapaces de imaginarnos un mundo a lo Mad Max. Y paradójicamente es esta imposibilidad la que finalmente lo va a hacer realidad. Lo posible se vuelve real al pensarse como imposible.

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Frecuentemente, la relación con lo posible, su resignificación como imposible, se ha logrado por medio del concepto de lo necesario. Se requiere solo describir lo real como necesario para justificarlo. El orden de cosas existente es necesario porque es real, su realidad comprueba su necesidad.

Durante la historia de la humanidad, aquellos que están en el poder han intentado por todos los medios maquillar la realidad que los favorecía como un estado natural, bendecido por un dios todopoderoso, en armonía con el cosmos.

El primer paso hacia cualquier cambio que debemos hacer es mudarle el ropaje de necesidad al orden establecido. Esto implica revestir la realidad de posibilidad: devino lo que es, pero pudo haber devenido de manera diferente. Esta es una lección difícil de aprender para los seres humanos en tanto vuelve nuestra propia existencia contingente: el mundo bien podría haber existido sin nosotros. Aceptar esto requiere de una pequeña dosis de humildad.

Si de repente desapareciéramos de la realidad, esta escasamente cambiaría pues no somos parte necesaria del cosmos. La humildad que nos enseña esta postura es liberadora en tanto nos permite enfrentar al futuro como un lienzo abierto.

Un gobierno nuevo, sobre todo cuando representa una visión política particular que por primera vez asume el poder, redibuja las fronteras entre lo posible y lo imposible; lo necesario y lo contingente. Colombia, al margen de dónde se encontrará en cuatro años, acaba de ampliar su territorio imaginario de ofrecerle a gran parte de su población la autorización para asomarse detrás del orden establecido y ver cuánto espacio hay allí, donde antes todo estaba determinado y dominado por el discurso del miedo: al ‘castrochavismo’, a la expropiación, a un mundo sin géneros distinguibles, a la legalización de la droga.

Aquí no se trata de mejor o peor, de juicios de valor que automáticamente condenan lo real y elevan lo posible a un rango superior. Más bien se trata de arrojar una luz sobre los discursos de valor ya establecidos, cómo se originaron, qué intereses defienden y con qué métodos se reproducen.

No se puede vivir sin valores; tampoco se puede vivir con valores absolutos. Nuestro presente tiene el potencial de inaugurar una época de revaluación de valores. Esto requiere de un espacio donde voces nuevas, antes silenciadas, puedan participar. Cuantas más voces haya, más crece el espacio de lo posible y, simultáneamente, más se desenmascara lo necesario como contingente.

Lo posible habita el futuro de quien nadie es ni debe ser dueño.

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