La injusticia de la neutralidad

La manera en que el embajador Luis Guillermo Plata justificó la exclusión de importantes escritoras y escritores colombianos, de la Feria del libro de Madrid, apelando a la neutralidad, prendió las alarmas sobre cómo así pretendió ocultar la censura de voces que han sido críticas del gobierno nacional; sobre el absurdo de pedirle neutralidad a la literatura, y sobre el posicionamiento político que ésta siempre, en todo caso, supone.

Me parece, sin embargo, que la discusión puede ampliarse: no es sólo que el llamado a la  neutralidad a veces sirva para encubrir agendas poco neutrales, o que sea imposible para ciertas prácticas cumplir con ella. El punto es que este ideal, de una voz sin lugar de enunciación, es en sí mismo problemático.

Puede leer de Laura Quintana: Vergüenza

Como ha sido argumentado, desde hace tiempo, por aproximaciones feministas, decoloniales, estudios críticos del derecho y de la ciencia, la pretensión de que podemos suspender por completo las valoraciones, comprensiones previas, y condicionamientos contextuales implica arrogarse la voz de una razón incorpórea, sin localización, sin historia, asumida como el único lugar legítimo de enunciación. Esto es lo que Santiago Castro-Gómez ha llamado la hybris -la arrogancia desmesurada- del punto cero; una visión abstraída que desprecia todo aquello que aparece como situado, territorializado, coloreado. Y que termina acallando como irracionales a todas las voces que no caben dentro de su modo de consideración. Pero no puede reconocerlo, ya que ha asumido esta exclusión como normativa, como algo dictado por estándares de la razón.

Por eso la pretensión de neutralidad oculta la localización epistémica de quien la declara, los sesgos que la atraviesan, e impide que estos puedan ser reconocidos y trabajados. Así, termina legitimando instituciones y prácticas de exclusión, y volviéndose ciega respecto de estas formas de daño. Más aún, al no percibir los efectos que produce puede volverse inmune a la autocrítica, y a ser interrogada por otras perspectivas. El ideal de neutralidad puede conducir, entonces, a lo que Miranda Fricker ha llamado “injusticia epistémica”:  la invisibilización de cierto tipo de personas, que anula su capacidad para producir conocimiento y dar sentido a sus experiencias.

Más allá de la pretensión de “neutralidad”, en todo caso es posible y deseable el cultivo de una actitud reflexiva, abierta, y sensible para elaborar las convicciones naturalizadas e inmediatamente asumidas, de modo que, por ejemplo, puedan detectarse sus efectos de poder, la manera en que han cerrado posibilidades y afectado vidas, que se han marginalizado.

“La pretensión de que podemos suspender por completo las valoraciones, comprensiones previas, y condicionamientos contextuales implica arrogarse la voz de una razón incorpórea, sin localización, sin historia”

Hace unos meses participé de un conversatorio con dos indígenas Misak. La idea del espacio era hablar de las acciones de tumbar estatuas, entender mejor la potencia crítica de su gesto, confrontar visiones hegemónicas que lo redujeron a mero vandalismo, sin abrirse a la manera en que aquél releía a la nación, en clave de sus persistencia coloniales. Entonces, en la mitad del evento alguien objetó que el espacio no era neutral porque no le daba voz a quienes se sentían representados por las estatuas coloniales, y defendían su conservación. Esto es, justamente la visión hegemónica que ha ocultado enormes violencias padecidas, y que termina siendo reivindicada con el reclamo de “neutralidad”.

Algo parecido se le escapó al embajador al vestir como neutralidad la censura de autores que han sido críticos con el gobierno. Lo que él quería decir es que no resultan admisibles las voces que perturban las fronteras de lo aceptable, de lo pensable y de lo decible desde el marco de sentido gubernamental.

Puede leer también: Las ruinas del neoliberalismo

Y esto me lleva de vuelta a la política de la literatura. Esta no se encuentra meramente en las posiciones explícitas del autor(a) sobre x o y tema, porque el gesto literario escapa al discurso militante, que se impone, ordena cómo pensar, conduce la mirada. La buena literatura se caracteriza por quebrar hábitos de experiencia, abrir la sensación, mover al pensamiento y trazar otros lugares de lo posible a través de la imaginación, también para resituarnos, desde otro ángulo -uno siempre singular, material, concreto, incluso cuando es más evocativo- en circunstancias más o menos compartibles.

Esta atención a lo singular, incluso a lo más nimio y abyecto, es también una forma de justicia: una sensibilidad a todo lo vivo, incluso a todas las cosas como dignas de consideración.  Por eso, las discusiones sobre justicia en otros ámbitos, incluso legales, destacan cada vez más la importancia de los lenguajes literarios, o artísticos en general, para escuchar y atender a lo que no ha sido escuchado. Pero evidentemente ni el embajador, ni este gobierno quieren saber algo de esto.

2 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio