‘La isla de Bergman’: bailar con los fantasmas

La película de la directora francesa Mia Hansen-Løve es un oblicuo homenaje al cineasta Ingmar Bergman, pero también un juego de espejos y desdoblamientos que cuestiona la separación entre arte y vida. Entre uno y otra, fantasmas.

La isla de Bergman me trajo de regreso algunas excursiones fallidas –o al menos frustrantes– en busca de la huella de artistas que admiro en las ciudades en que estos vivieron. Pensé, por ejemplo, que en Trieste, Norte de Italia, todo estaría encantado por el aura de Svevo o de Joyce. Solo encontré sus sombras fugitivas. Algunas veces, fui más lejos en la ingenuidad: creí, por culpa de Borges, que las mañanas en Montevideo eran azules o que el Mediterráneo era un mar color de vino. El turismo cultural suele escondernos tanto al artista como a su obra. A lo sumo entrega una que otra evidencia –juguetona–, un objeto suelto dentro de la serie completa que se ha ido a buscar. 

Más de Pedro Adrián Zuluaga: ‘Spencer’ de Pablo Larraín: fragmentos de un relato roto

El título de la película de Mia Hansen-Løve hace referencia a Fårö, la isla en el mar Báltico que Ingmar Bergman convirtió en locación de su cine y en su última morada. Los fervientes admiradores del cine del maestro sueco seguramente se sentirán interpelados tanto por los explícitos homenajes como por los distanciamientos con que la directora disecciona su mito. Ese Bergman que ha sido monumentalizado hasta volverse una vaciada referencia de coctel es traído de forma natural a la cotidianidad de una pareja de cineastas que viaja hasta la isla en busca de descanso y de inspiración para futuros proyectos. 

Al contacto con el entorno bergmaniano, con sus fantasmas (lo único en lo que creía, según nos informan en algún diálogo) inmateriales y sus pertenencias más concretas, la pareja –todo hace suponer– enfrentará preguntas que incumben a su propia relación y a las relaciones más amplias entre arte y vida.

¿Se pueden disculpar las obras de un genio artístico indiscutible cuyos comportamientos son mezquinos o inapropiados? ¿El gran arte garantiza una alta moralidad? Sabemos de antemano el veredicto sobre esta última cuestión: definitivamente no. Qué hacemos entonces con obras que son producto del ejercicio de la crueldad. La isla de Bergman deja resonando esa pregunta tan vigente, pero no se compromete a ir muy lejos en una respuesta. O quizá sí.

La película despliega un repertorio de tópicos sobre Bergman y echa a rodar su juego de desdoblamientos. Hansen-Løve fue pareja del reconocido crítico y cineasta Olivier Assayas (director de películas como Irma Vep y Demonlover, y coautor de Conversation avec Bergman, un libro de entrevistas con el director sueco). Tiene algo de fundamento creer que los personajes estadounidenses de la película son alter egos de los cineastas franceses. 

También de Pedro Adrián Zuluaga: ‘La voz humana’ y ‘La tragedia de Macbeth’: las palabras mayores

A su vez, el guion que Chris  (Vicky Krieps) se dedica a escribir en la isla es primero contado por ella a Tony (Tim Roth) y luego se materializa en una puesta en abismo que termina siendo la parte más vigorosa de toda la película. Vemos realizados los pormenores de una historia sobre malentendidos amorosos, desencuentros y rupturas. Esa narración dentro de la narración es tal vez una proyección imaginaria de deseos y miedos no confesados que incumben a la pareja, pero que solo se pueden expresar mediados por el cine. O puede que no. Hay algo que permanece ambiguo.

Si la película dentro de la película tiene cierta sustancia, en la primera narración (la de la pareja de cineastas) las lecciones de Bergman parecen aprendidas a medias. Mientras el director de Gritos y susurros siempre excavaba en busca de verdades dolorosas, en Chris y Tony todo queda flotando, indefinido y lánguido. Bergman llega hasta el presente, ¿empaquetado en una versión ligth para turistas como sugiere el safari con su nombre que se ofrece en la isla? 

La isla de Bergman, película
Esa narración dentro de la narración es tal vez una proyección imaginaria de deseos y miedos no confesados que incumben a la pareja, pero que solo se pueden expresar mediados por el cine.

Al comienzo, Chris y Tony ironizan acerca del mal augurio de tener que dormir en el mismo cuarto en que se filmó Secretos de un matrimonio, la miniserie televisiva que (también conocida como obra unitaria) causó millones de divorcios. Parece una forma ligera de ponernos en sintonía con esa indiferenciación entre la vida y su representación, que promete ser el tronco que sostiene a toda la película. O alertarnos sobre una inminente fractura de la pareja. 

En el medio, nos invade la sensación de que la película se atranca en el mismo nudo o bloqueo creativo de Chris, quien no encuentra un final para su guion. Lo mejor de La isla de Bergman ocurre cuando la película se olvida por ratos de dar discursos grandilocuentes sobre el arte, la vida, las relaciones de pareja o los abismos del amor y se deja llevar por la irresponsable felicidad del verano.

De Pedro Adrián Zuluaga: ‘Petite Maman’, de Céline Sciamma: queridísimos fantasmas

Cuando en la tensión entre gravedad y ligereza, predomina la segunda, el nudo empieza a desatarse. Bergman lo sabía: él también fue un maestro de la gracia, aunque esta es su fase menos conocida. Se equivocan Chris y Tony cuando dicen, y nos hacen creer, que todo es dolor y sufrimiento en su obra. También hay presencias, aunque estas adopten formas fantasmales. El fantasma evoca algo denso pero es evanescente, y también travieso. 

Tal vez Hansen-Løve quería hacer una película oscura, y satisfacer así los clichés sobre Bergman. Pero le salió leve. No creo que con eso haya traicionado el espíritu del director sueco. Restituye, al contrario, el legado más hondo de un artista en cuyas obras vemos a personajes conversando como si nada con payasos siniestros o jugando partidas de ajedrez con la parca. Como en las danzas macabras del medioevo: al estar tan familiarizados con la muerte es posible incluso sacarla a bailar.

La isla de Bergman, película
Lo mejor de La isla de Bergman ocurre cuando la película se olvida por ratos de dar discursos grandilocuentes sobre el arte, la vida, las relaciones de pareja o los abismos del amor.

3 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio