La izquierda y el fútbol

Existen incompatibilidades entre la izquierda política y el fútbol.

No contribuye a la difícil amistanza entre los intelectuales y el fútbol, una frase de un consentido de ese deporte, como lo es Ronaldo, quien ante la adversidad de un resultado explicó las razones del mismo: “perdimos porque no ganamos”. No es exacto. Ante un empate se podría afirmar: no ganamos pero tampoco perdimos porque empatamos. O no ganamos pero también ganamos un punto. Más o menos, Maturana podría ajustar lo anterior. Exacto, mejor dio en el clavo Pambelé’, en frase que lo hizo inmortal cuando apodícticamente sentenció que era mejor ser rico que pobre. Por ello me quedo más bien con este tercer filósofo.

Y se continúa con un cuarto filósofo, Norberto Bobbio, quien encontró la diferencia entre la izquierda y la derecha, en la posición diferente que asumen la una y la otra frente al tema de la igualdad. Para la izquierda, según el pensador italiano, la igualdad es el valor supremo. Para la derecha no tanto.

Si se analiza con cuidado el tema del fútbol, se advertirá que éste deporte es un enjambre de desigualdades, de segregación entre sus participantes, un generador de inequidades e injustos reconocimientos. En síntesis, un deporte que desafía las principales convicciones de la izquierda política.

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Aquel a quien más injustamente trata es al portero. Se le niega casi que por completo la posibilidad de meter el gol, la dicha infinita de sus demás colegas y de los hinchas, el trofeo mayor, el cual si’ está posibilitado , con una cierta exclusividad, para los delanteros. En cambio se lo somete, al portero, a las mayores contingencias del autogol. Sea dicho, la desgracia infinita para todos los del equipo, riesgo mínimo en el lado de los delanteros.

Para que el portero pueda brillar, es necesario que exista una defensa mediocre. Si esta fuere algo así como un valladar, su papel será gris. Ausente. Cuando los comentaristas califican a cada jugador, al portero que ha disfrutado de una defensa imparable, no le adjudicarán ni siquiera un número, sino que lo despedirán con una anotación marginar y gris: no fue exigido.

Pero en condiciones contrarias, con una defensa mediocre, el portero será el “paganini” de las falencias de los principales adyacentes de su área. Debido a sus colegas geográficos, cargará con el “inri” de goles y derrotas. Desconsolado, con una quietud de impotencia, con la mirada extraviada en la nada, estirado fallido sobre el suelo, contemplará el balón recostado a la red. Con más precisión lo escribió el cuentista Fulgencio Argüelles: “tendido en el césped como una alimaña herida de muerte y ahogado en un llanto de niño.”

Y también será el depositario mayor del mayor de los temores de todo su equipo: el terror al penalti. Justo fue entonces el título que Peter Handke, Premio Nobel de literatura, le diera al libro que lo catapultó a la fama “El Miedo del Portero al Penalty” (sic). Y si después de un empate se requieren cinco tiros desde los once metros, para el guardavalla serán cinco miedos directos. Para cada delantero que cobra, en cambio, no habrá sino un solo motivo de gran ansiedad.

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Cuando los arqueros (y me rima con más poesía esa hoy desusada palabra) son héroes, lo son de manera trágica. El arquetipo lo fue el húngaro Franz Platko en 1928, guardameta del Barcelona contra el Real Vasco. Cuando en el partido final del campeonato español iba el marcador 0 a 0, el atacante del Real Vasco, Cholin, y cuando en solitario se disponía a anotar, Platko se arrojó al balón, y la patada que iba dirigida hacia este último la recibió Platko en su cabeza. Inconsciente, quieto, dormido, con el balón en su regazo, fue retirado en hombros por sus compañeros; mucha sangre derramada, puntos sobre la cabeza. Como en ese tiempo no se permitían las sustituciones, de la enfermería se les escabulló a los guardianes, reapareció en el campo a jugar, y al final ya había dejado más sangre y hasta el vendaje sobre la gramilla. Rafael Alberti escribió su “Oda Platko”: “Rubio Platko de sangre,/guardameta en el polvo,/pararrayos…/tigre ardiente en la arena”

Se advertirá, desde luego, que los delanteros son los privilegiados de la cancha. Cuando un defensa les comete una falta en el área, un pitazo, si acaso el VAR y penalti en contra. Sacrificados defensores muy respetuosos deberán jugar. Al contrario, cuando al intocable delantero le cometen una falta, exhibirá este el trofeo del penalti a su favor. Tranquilos y rumbosos en el área, los intocables del baile.

No hago mayor referencia a Albert Camus, quien fuera jugador de este deporte y quien aseguró que lo que sabía de moral se lo debía al fútbol. Con respeto lo gloso. Tal vez lo dijo porque no alcanzó a conocer lo de los árbitros comprados y lo de los dirigentes máximos del balonpié, los de la FIFA tras las rejas por proceder a venderse como tales.

Tendría mucho más que agregar, pero termino con la consideración definitiva sobre la izquierda y su necesaria dialéctica en contra de este deporte. Como lo dice Fernando Aramburu, se trata de 22 millonarios corriendo detrás de un balón. Hoy, añado yo, son ultramillonarios que reciben millones y millones por hacer eso cada breve tanto. Y que se alimentan de una desigualdad negativa, o sea aquella que sirve para que los ricos aumenten sus caudales a expensas de los que tienen menos. En nuestro caso de los espectadores, cada uno de los cuales no llega a disponer ni de la cienmillonésima parte de lo que reciben esos actuantes sobre la gramilla.

Espectadores que, además, contribuyen con júbilo y aplausos a que continúe y se ahonde esa desigualdad.

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