La novela de Penélope, que ha dejado de esperar y teje en medio de la pandemia

Un análisis de ‘Geografía doméstica’, la nueva novela de Margarita Cuéllar Barona.

Por Hernán Darío Correa

Como una Penélope que ya no deshace más su tejido diario, aquí se nos revela una mujer que enseña, testimonia, contesta y subvierte hasta revelarse y mostrarnos la condición de ser mujer, con una narración levantada desde lo profundo de la crisis pandémica actual. Y eso solo podía ser posible por la conjugación de factores como su lucidez y tesón como lectora, el confinamiento, la acumulación de lo que ya se constituye como una tradición literaria nacional femenina, y los límites históricos y culturales del patriarcalismo, cada vez más puestos en evidencia por la plenitud de la palabra propia de esa tradición, esta vez levantada desde los espacios más íntimos y resguardados del dominio masculino. 

Lectora, memorialista, viajera, escritora, y tejedora; madre, esposa e hija. Esta narradora se ocupa de dar un mentís profundo a la omnipotencia de los narradores masculinos, e incluso llena de contenido el aserto de aquellos hombres que desde el pensamiento crítico han pronosticado que sólo cuando las mujeres salen a la calle a librar las luchas sociales, se empiezan a remover los cimientos de la lógica capitalista que se enseñorea en el mundo. En el primer caso, Sábato: “Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se caiga, estará preocupado por las cosas del universo; y una mujer tal que, aunque el mundo se caiga, estará ocupada por las cosas de la casa”Uno y el universo; y en el segundo, el joven Marx de La ideología alemana.

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¡Se trata de un movimiento tan personal como existencial que transforma el refugio aislado, lo vuelve centro y lo abre al mundo, a partir de renombrar sus objetos y de apelar a la lectura como acto que libera a la narradora de la desesperación, ante el ovillo intrincado de los poderes que debe debelar! “Pero nunca salté. Creo que fueron los detalles domésticos y el amor que sentía por ellos los que impidieron que lo hiciera. Era un pequeño fuego en la penumbra al que me aferraba para no dejarme morir de desasosiego. Y entonces leí Housekeeping. (…) Me dejé arropar por sus palabras y, como quien logra dormir después de la muerte de un ser querido, me entregué a la serenidad del dolor. Fue así como mi vida se pobló de mujeres. El universo femenino que recrea Robinson fue un llamado al que respondí con prontitud. Puse a un lado los libros de maternidad y crianza y me volqué a leer cuentos y novelas escritos por mujeres”. (p. 85) 

“Aprendimos a ver el mundo a través de los ojos de los hombres. Por muchos años confundí el deseo de ser libre con el deseo que se expresaba en las novelas con las que construí mi idea de la libertad; con las novelas con las que entré en el mundo de la adolescencia y las que seguí leyendo en mi carrera porque eran las que la universidad me pidió que leyera. Cómo vas a estudiar Literatura sin leer a Carpentier, Vargas Llosa, Shakespeare, Faulkner, Joyce, Dickens, García Márquez (…), una lista eterna, un pabellón inmenso al que solo entraban sor Juana Inés de la Cruz, Virginia Woolf y Jane Austen. Y en el cine era lo mismo. Pensar que la primera y única mujer que ha ganado la Palma de Oro en Cannes es Jane Champion en 1993”. (p. 38)  

Como una trenza de lecturas de novelas y películas, de recuerdos y de presencias, de atenciones y fugas respecto de la madre, el esposo y las hijas, la narradora parte del oficio de tejer aprendido desde niña en los espacios y tiempos de la conversación femenina, en una modistería, y con la metáfora del tejido construye esta historia, de forma explícita, como una colcha de retazos que va cobrando sentido y al final perfila su dibujo con el conjunto de sus profundos referentes narrativos: los objetos, los tiempos y los espacios de la casa y sus fronteras, donde se fraguan, se revelan y se develan al mismo tiempo las relaciones primordiales de la vida, y los hilos del tejido del poder, de la sociedad de consumo, de los extravíos colectivos de las ciudades de nuestro tiempo. “El acto de narrar está poblado de metáforas textiles. Quizá, como lo plantea Irene Vallejo, las primeras narradoras fuimos las mujeres; tal vez contaban historias mientras cosían, y por eso hablamos del ‘nudo de la historia’, de ‘urdir la trama’, del ‘hilo narrativo’ y del ‘desenlace’ de la narración“. (p. 53-54).

Y allí está su potencia: Revelar que lo más profundo de la política está en la cama, en la mesa; que las palabras primordiales se aprenden en la cocina, en la sala y en el jardín; y que la literatura se construye justamente por la transposición de los tiempos y los espacios que les atribuimos de forma cotidiana y desatenta. 

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Y de allí precisamente parte Margarita Cuéllar en esta espléndida novela-colcha que nos arropa y al mismo tiempo nos obliga a advertir el sinsentido de nuestras seguridades más privadas: La pandemia, con su contundente confinamiento, como a todos, obligó a su familia a juntar oficina, hogar, espacios de recreación y escuela, y a vivir la oportunidad de reconocerse, mirarse, escucharse como hombre y mujeres antes que como padre, esposa e hijas, a partir del forzoso trastocarse de los roles familiares tradicionales (“Mi papá cree que el mundo se pone en pausa cuando le entra una llamada” -p. 68-), de los olores, las texturas y hasta la ortografía de los objetos de la casa y de su entorno. (“Yo aprendí la letra h con la palabra hamaca” -p. 59-).

Como una ciega de mirada profunda, esta madre lectora va aguzando sus sentidos y empieza a palpar, oler, oír y tropezar con los objetos más visibles y usados, o con los guardados y olvidados: La cama, el tocador, los relojes de pared o de mesa, el nochero, la mesa del comedor, la estufa, la cocina, las puertas y las ventanas, la máquina de coser, las valijas, las cortinas y los tapetes, las muñecas…; y todos van configurando el sentido de la vida, de la muerte, de las ausencias y de las presencias, del amor, de la amistad, de la lucidez y la inteligencia de los menores y los adultos, con el éter de la memoria amorosa permeando la historia de cada uno, que estalla una y otra vez como islas de sorpresas, pruebas, aventuras y encuentros en esa odisea por el mediterráneo doméstico, donde quien cuenta queda expuesta al evanescente ser del tiempo:

“Entonces me sacude una frase que leí hace muchos años en la novela de Zadie Smith, On Beauty: “Time es how you spend your love -‘El tiempo es como inviertes tu amor. Es en lo que inviertes tu amor. Es como gastas tu amor. Es como usas tu amor’-. Le doy vueltas y vueltas a la frase y siento que se me escurre entre los dedos. Como el tiempo, supongo. Y le vuelvo a dar vuelta y se me cruzan un montón de ideas, citas, estrofas, melodías e imágenes.” (p. 92), esta vez en las aguas movidas por el remo poderoso de una Penélope que no se instala y lee, interpela las películas que ha visto, habla consigo misma, y narra y teje más allá del silencio. 

La narradora parte del oficio de tejer aprendido desde niña en los espacios y tiempos de la conversación femenina, en una modistería, y con la metáfora del tejido construye esta historia, de forma explícita

Y lo hace porque ante todo lee desde su cuerpo, no se oculta el paso del tiempo por su piel, convierte sus ojos en la báscula que sobrepasa los cánones de la belleza, desde el afecto por sí misma y por su historia: “Y ahí, en esa misma maraña en la que nos hemos educado las mujeres está Olive, mirándose al espejo. Incapaz de reconocer en el grosor de su cuerpo el placer que le proporciona comer. Incapaz de verse bella. Sólo ve lo que marca la báscula de sus pupilas que muy seguramente son más severas que las de los demás”. (p. 105). 

Y enfrenta asertos implacables, como la condena social a las mujeres por supuestamente dejar de ser follables: “Las mujeres al servicio de los hombres y de la vida a través de sus cuerpos. (…) El que una mujer deje de ser creíblemente follable, o que tenga su último año comestible, quiere decir, en otras palabras, que las mujeres tenemos fecha de caducidad. Y esta fecha la pone el cuerpo, bien sea por la apariencia física o por la infertilidad de su útero”. (-p. 98-). 

Y se proyecta con su narración desde su casa, no como espacio de representación arquitectónica, sino como hogar: “Entonces comprendí algo que no le era claro a la que intentó estudiar arquitectura hace casi treinta años: una cosa es construir casas y otras hacer hogares”. (p. 66). Y reconoce las fronteras domésticas (“Ahora que lo pienso, los límites, o la ausencia de éstos, determinan o configuran el universo en el que habitan las familias de La ciénaga -p. 128-). 

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Y lee críticamente su ciudad desde las camas que se inventa la sociedad de consumo para el placer alienado (“Mi marido dice que crecer en Cali debió ser increíble. Y entiendo como lo puede ver él. Paseos al río, caminatas por las lomas y los valles, los samanes enormes que decoran la tierra, la salsa, la feria, la alegría y el desparpajo que se marca en nuestros acentos. Pero por otra parte están las restricciones propias de las ciudades de provincia que crecen en número de población pero que custodian su alma de pueblo. Una sociedad feudal y conservadora, marcada por los años de violencia y por sus altos índices de pobreza. Una ciudad llena de contradicciones, con moteles en cada cuadra, iglesias en cada dos y clínicas ‘estéticas’ y peluquerías cada tres. En Cali tenemos moteles temáticos donde las parejas pueden gozar de tardes enteras en compañía de los personajes de Condorito, o viajar a través del tiempo a través de las habitaciones del ‘Kiss Me’ (…), pero por más moteles que tengamos para exportar, Cali no deja de ser una ciudad beata que tiene la tasa de feminicidios más alta del país” -p. 64-).

Y así, de retazo en retazo quedamos de pronto con una extraña sensación cuando se termina la historia: Esta se abre hacia el mundo de nuestro propio confinamiento, donde nos sentimos al mismo tiempo despojados de las rutinas del encierro, y arropados por la tersa concha de la inteligencia y la calidez de la mujer que nos mira, nos reconoce y nos ofrece la palabra, y nos permite dejar de añorar a la madre silenciosa y omnipresente. Que nos despoja del complejo de Ulises, de retornar al supuesto abrigo de aquella mujer que espera, y calla. 

7 Comentarios

  1. Juan José Saldarriaga

    Hola Hernán. Gracias por compartir tan interesantes comentarios a esta nueva novela, por cierto muy oportuna de los tiempos que corren; debe uno verse identificado en muchos aspectos, circunstancias y lugares.
    Veo que Silvio Velásquez hace un comentario; es el mismo Silvio de nuestro colegio de bachillerato?
    Saludos.

  2. Hernan dario correa

    Hola! Grata tu lectura, sí, es una historia que nos interpela, y más a los caleños! Como Silvio, nuestro amigo de toda la vida! Abrazo!

    1. Hola Hernan. Muchas gracias por compartir tu interesante comentario. Parece muy interesante y atractivo este trabajo y porocederé a buscarlo y leerlo

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