La peste del neoliberalismo

Lo había escrito antes: el neoliberalismo terminó siendo como la peste, aunque más peligroso. Más que la lepra. Mucho más que el tifo. Mejor dicho, como el covid-19.  Hoy en día, viene siendo el nieto bravucón y sanguinario del liberalismo económico. 

La antigua doctrina del liberalismo económico, la de Adam Smith, no consentía que el Estado metiera sus narices en los asuntos económicos (ni sociales). Pregonaba que la “mano invisible del mercado” optimizaba el crecimiento económico, y señalaba los precios y salarios de manera perfecta. Era un dios infalible.

Pero no había tal. A los obreros de la Europa del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, no les fue nada bien, trabajaban hasta 15 horas diarias y no tenían derecho al descanso. Además, las mujeres y niños eran explotados sin piedad, se les destinaban los trabajos más duros y vergonzosos y recibían menor pago. Alrededor de las zonas industriales surgieron los barrios obreros sin conducción de agua, ni otros servicios públicos, ni de salud. Con falta de higiene y hacinamiento.

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De todas maneras, el capitalismo naciente era mucho más progresista y amigable que los modos de producción esclavista y feudal, pero requería de controles mínimos para que superviviera y se potenciara.

La situación mejoró después, no por decisión magnánima de los patrones o por elucubraciones de los teóricos, sino por la lucha reivindicativa de las organizaciones obreras que se conformaron a partir del último tercio del siglo XVII. La jornada de las ocho horas, las horas extras, los dominicales y las cesantías, fueron arrancados a mordiscos por la actividad sindical. El caso es que esta actividad fue considerada como un crimen, y miles de obreros fueron asesinados por la fuerza pública de esas épocas.

Ese libre albedrío, ese “dejad hacer, dejad pasar”, funcionó bien en los países más desarrollados, hasta que aparecieron, en los Estados Unidos, los monopolios; lo que ocasionó que Teodoro Roosevelt hiciera los primeros escarceos del intervencionismo de Estado, imponiendo leyes antimonopólicas. Y no solo eso, a “Teddy” le quedó tiempo para arrebatarnos Panamá y para actuar con firmeza como mediador en asuntos laborales internos.

Después llegó la gran depresión de 1929, que ocasionó una hecatombe en Estados Unidos, con una caída de la renta privada, de los ingresos fiscales, del comercio internacional y de los precios (deflación) que se expandió de manera explosiva, ocasionando una crisis económica global que marcó el fin del liberalismo económico. 

Entonces, se desplomaron sus paradigmas. Bajo la tutela de Keynes y la dirección del otro Roosevelt, Franklin Delano, se implementó una política fiscal que estimulaba la demanda de bienes y servicios, apelando al déficit público.

Desde esa fecha, hasta mediados de la década de los setenta, el mundo vivió el esplendor del intervencionismo, del proteccionismo, de la regulación, o como se llamaba por estos lados suramericanos, del capitalismo cepalino. Caminábamos lentos, pero seguros. 

Cuando el liberalismo económico volvió, fue presentado como una panacea, como una religión, con el apelativo de “neoliberalismo”. Regresó reforzado, ultra plus y en pandilla. 

El neoliberalismo, a partir de los setenta, se adueñó de la academia. Se aclimató de la mano del Fondo Monetario Internacional y de economistas pioneros como el austriaco Von Hayek, o de la época como el norteamericano Milton Friedman. Pero también debido a la irrupción en el plano político de figurones como Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Hizo su opera prima, a sangre y fuego, en el Chile de Pinochet, continuó por el cono sur plagado de dictaduras militares, y aterrizó en México con el sobrenombre del “efecto tequila”.

En Colombia nos aventamos sin paracaídas a los brazos infernales del nuevo ídolo de barro, nos sometimos a los Tratados de Libre Comercio, privatizamos la salud, la educación, las pensiones y hasta nuestra propia madre.  Acabamos con nuestra agricultura e industria. Pero no todas son noticias malas, seguimos de primeros exportadores de cocaína en el mundo y últimamente nos hemos convertido en una verdadera potencia en seguridad y vigilancia privada. La exportamos no solo al cercano oriente sino a países hermanos como Haití.

En Colombia, los días del esplendor del neoliberalismo parecen contados por cuenta de la pandemia. Al igual que en las épocas de la gran depresión de 1929, las medidas keynesianas vuelven a imponerse, así como retoman su sabor político las medidas para el bienestar y la equidad. El estallido social sin precedentes de este año es en el fondo, un grito de inconformismo contra el neoliberalismo.

Petro, el candidato que encarna el capitalismo con sentido social, que abandera la recuperación de la agricultura, de la industria, del conocimiento y del medio ambiente, llega pleno con su discurso. El Centro Democrático, adalid del neoliberalismo y del latifundio improductivo, se encuentra desorientado, sin aliados internacionales y en el último lugar de la tabla.

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3 Comentarios

  1. Es un debate imprescindible en los círculos políticos .sociales y académicos es este momento para poder dilucidar la praxis frente a la coyuntural electoral que se avecina.

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