La Pista, el aterrizaje de emergencia de miles de migrantes en La Guajira

En Maicao (La Guajira) queda uno de los asentamientos más grandes e inhóspitos para los migrantes venezolanos que viven en Colombia. En este lugar, la pandemia de la covid-19 arrasó con todo rastro de bienestar y recrudeció los problemas sociales, cuentan sus habitantes. Aunque muchos aseguran tenerle miedo al virus, no dudan al decir que se trata de un tema secundario, que primero están el hambre y las necesidades. Reportaje en alianza con Consejo de Redacción.

Antes de las diez de la mañana los plásticos que hacen de paredes y techos de los cientos de ranchos apostados a lado y lado del antiguo aeropuerto de Maicao, en pleno desierto de La Guajira, están a punto de arder, de desintegrarse. Dentro de esas casas, alzadas con cartones y material sintético negro, rojo o blanco, se concentra un espeso vaho que dificulta la respiración.

A esa hora, las cerca de 5.000 personas que habitan a lo largo de los 1.600 metros que mide la pista de aterrizaje -según estimaciones de la propia comunidad, pues ninguna autoridad los ha contado- ya han salido de sus ranchos, ya sea para rebuscarse la vida en Maicao y sus alrededores o simplemente para huir del calor.

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A esta enorme invasión se le conoce como La Pista y es otro escenario que refleja el drama que viven cientos de migrantes en Colombia, uno del que quizás no se ha hablado lo suficiente. 

Quienes allí habitan son venezolanos en su mayoría. Algunos proceden de grandes ciudades como Caracas y Maracaibo; y otra parte son indígenas Wayúu que se atrevieron a cruzar la frontera por las trochas del desierto o por la Serranía del Perijá, huyendo de la compleja situación que se vive en el vecino país.

Ese asentamiento está tan solo a once calles de la alcaldía de Maicao y a catorce de la mezquita Omar Ibn Al-Jattab, una imponente y ostentosa estructura construida con mármol italiano y con un alminar que se eleva a más de treinta metros. Desde ese lugar se puede divisar La Pista y quedan en evidencia los profundos contrastes que se viven en este municipio. Por un lado, hermosas casas con fachadas de blanco inmaculado y grandes puertas de madera. Y a escasos centímetros, decenas de cambuches apenas protegidos con techos de zinc, sostenidos con llantas viejas y ladrillos. Es una especie de viaje por un Leteo de arena ocre que une el cielo y el purgatorio.

Al llegar, las primeras miradas hacia el forastero son de desconfianza y curiosidad. No es una zona a la que se entre fácil y hay muchas denuncias de inseguridad. Se sabe que los primeros moradores llegaron hace casi seis años desde Venezuela e instalaron sus casas en un lote de 1,6 kilómetros prácticamente abandonado por la alcaldía. Al ver que nada pasaba, este lugar empezó a ser el destino de personas desarraigadas.

Aunque para muchos La Pista puede representar caos, lo cierto es que sus habitantes viven como si se tratara de cualquier barrio. Cada casa tiene un número y pertenece a una manzana, la cual cuenta con un líder, elegido a veces por voto popular. Según cálculos de la oficina municipal de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, se estima que en el lugar habitan cerca de 2.200 familias, acomodadas en 12 manzanas que a su vez albergan entre 100 y 200 ranchos.

Keyla Acuña es joven, morena y venezolana. Habla fuerte y tan rápido que cada palabra que dice se solapa con la siguiente. Con ese vértigo, dice: “Cuando llegué a Colombia, empecé a vivir en arriendo y me la pasaba rodando de casa en casa, pero la plata no alcanzaba para esa renta. Entonces cuando vi que estaban invadiendo me vine de a poquitos. Nadie estaba utilizando esta tierra, era puro monte y un hueco que fuimos rellenando”.

Ella lleva casi cinco años en La Pista, viene de Machiques (Estado Zulia), ciudad en la que trabajaba como empleada en casas de familia y vendiendo comida para las fincas. Hoy vive con su pareja, sus dos hijos, un hermano y una hermana que llegó hace un año con su novio y su hijo. Los ocho comparten un rancho construido con tablas, de un solo cuarto, sobre el que permanece extendida en el suelo de tierra la espuma de un colchón y colgadas en los palos, que hacen de vigas, un par de chinchorros.

Keyla dice que para conseguir lo del diario su hermano recicla y su pareja hace algunas “marañitas” -armar un rancho o vender madera- que le salen de vez en cuando. “Nosotras sí nos quedamos aquí con los carajitos, cocinando”, agrega.

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En La Pista la ausencia más notable es la de los servicios públicos, especialmente agua y alcantarillado. Algunos se las han arreglado para conectarse ilícitamente a los postes del alumbrado público. Keyla, por ejemplo, pagó 150.000 pesos por el cableado y ahora utiliza el servicio para prender un televisor y dos bombillos. 

En cuanto al agua, cada familia se la compra a los “burreros” que transitan todo el día por La Pista. Son comerciantes que van con dos canecas azules de 200 litros y amarran a una carreta halada por un burro o una mula. María Chiquinquirá Romero Epinayú -una venezolana Wayúu de 55 años que llegó a La Pista hace un año, cuando una sobrina le dijo que le daba el rancho porque se iba para Bogotá- asegura que día por medio paga 3.000 pesos para comprar una “pipa” de agua, una especie de balde que se llena con menos de 10 litros. 

Con esa cantidad debe lavar y cocinar para su hija, su nieto, su esposo y su mamá, de 87 años. También le tiene que sobrar otro poco para su aseo personal. Para solventar este gasto y el de la comida, vende botellas de chicha a 2.000 pesos, y su hija, Yuli Montiel, trabaja como empleada de servicio en una casa de familia. “Me gano 200.000 pesos al mes y trabajo desde las seis de la mañana hasta las ocho o nueve de la noche”, comenta Yuli.  

La Pista, Maicao, La Guajira
Keyla y Keilys Acuña

Covid-19: entre desinformación y falta de atención 

Vivir en La Pista es arrecho, como decimos nosotros”, asegura Keyla. Sus palabras cobran más fuerza si se tiene en cuenta que, además de las precarias condiciones de vida y la falta de servicios básicos, la pandemia llegó a ese rincón con el mismo rigor que lo hizo en toda Colombia, en donde el virus ha dejado un saldo de cinco millones de infectados y más de 128.000 muertos.

La Covid-19 llegó sin avisar, como lo hacen muchos de los males que acechan en La Pista. Desde marzo de 2020, marginados e inexistentes para los servicios de salud y el Estado por su condición de irregulares, sus habitantes simplemente tuvieron que resistir. 

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Lo más complejo ocurrió cuando cerraron Maicao. Romero recuerda que las primeras semanas fueron las más difíciles, pues la ciudad quedó desolada y tuvieron que quedarse encerrados sin ninguna opción de trabajo. “Nosotros tuvimos que tomarnos la chicha que vendíamos. Muchas veces esa era la única comida que probábamos en todo el día”, dice.

Hacinados, en precarias condiciones y con temperaturas de más de 40 grados centígrados, los habitantes eran un blanco fácil para el virus. Muchos se enfermaron, y no está claro cuántos fallecieron. María Romero dice que se contagió dos veces y asegura que por eso ahora sufre de una neumonía que trata con medicamentos recetados en una farmacia local. Pero ella no conoce ningún caso de muerte por el virus en La Pista, más allá de los rumores que le llegan de vez en cuando.

La Pista, Maicao, La Guajira
María Chiquinquirá Romero Epinayú

En medio de la angustia por no tener qué cocinar en la parte más dura de la pandemia, Keyla Acuña dice que se propuso sembrar algunas plantas en los bordes de su rancho. Empezó con tomate, patilla y pimentón. Ninguno le dio resultado porque se los robaban, comenta. Finalmente, intentó con el frijol con buenos resultados. Hoy tiene una especie de jardín que rodea toda su casa y del que se siente orgullosa. “Como frijolito todos los días”, dice.

Según datos del Instituto Nacional de Salud (INS), con corte al 17 de diciembre de este año, en el país se han registrado 70.920 casos positivos de personas extranjeras, de los cuales 60.880 (el 85,84 por ciento) corresponden a ciudadanos venezolanos. Al lado, eclipsan los casos de estadounidenses (2.635), peruanos (615) y españoles (602). En total, las cifras representan apenas un 1,34 por ciento del total de casos positivos registrados en el país.

La ciudad más afectada es Bogotá, con 31.855 casos. Le siguen Antioquia, Valle y Norte de Santander. En La Guajira, donde hay aproximadamente 150.800 migrantes venezolanos, se reportaron 894 casos positivos de Covid-19. El número evidencia por sí solo el subregistro si se tienen en cuenta los datos de la población nacional y la alta circulación que ha tenido la Covid-19 el país. En cuanto a las víctimas mortales del virus, la información es más limitada. Si bien el INS habla de 1.040 extranjeros fallecidos, no especifica sus nacionalidades.

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En La Pista la mayoría de los habitantes asegura estar vacunado contra la Covid-19, ya sea porque han asistido a las campañas que realizan las IPS o porque organizaciones internacionales, como Save the Children o Acnur, han pasado por los ranchos llevando los biológicos. Sin embargo, la cobertura en este lugar también se ha visto afectada por los rumores, las noticias falsas y la información malintencionada.

Noralis González tiene 17 años, un niño de brazos y seis meses de embarazo. Es de Maracaibo y llegó a La Pista junto a su madre hace un mes y medio para cuidar el rancho que levantó una de sus hermanas, que ahora trabaja en Medellín. Noralis confiesa, con una sonrisa casi de vergüenza, que también viajó con su pareja, pero que la abandonó a los pocos días de haber llegado a Maicao.

Ella es una de las personas que le tiene miedo a vacunarse contra la Covid-19 porque le han dicho que “le puede hacer daño al bebé”. Para médicos y epidemiólogos este tipo de afirmaciones no tienen sustento, pues según datos del Ministerio de Salud la Covid-19 es la primera causa de muerte de las mujeres embarazadas en Colombia y que la vacuna, lejos de hacerles daño, las protege.

La Pista, Maicao, La Guajira
Noralis González y su familia

Casos como el de Noralis se repiten por toda La Pista. Keilys Acuña, hermana de Keyla, dice que no se ha hecho vacunar porque “estaba dando seno y me dijeron que así no se podía”. Además, asegura que le tiene miedo porque ha visto que muchos se vacunan y caen en cama, o en la hamaca o el suelo de turno. Lo mismo piensa la mamá de Noralis, Raiza González, quien no quiere recibir dosis porque una hermana suya ya lo hizo y “ahora vive enferma todo el tiempo”. “Eso es la vacuna, porque antes ella era muy alentada”, asegura.

Yuli Montiel cuenta que al principio muchos tenían miedo de vacunarse porque les decían que a los venezolanos les habían dejado el biológico de Janssen, “el más malo”, según los falsos rumores. Carmen González, otra migrante que viene de Caracas, advierte que la vacunación para los venezolanos no ha sido fácil, porque al inicio les pedían documentos. Incluso, asegura que duró mucho tiempo sin vacunarse porque escuchó que los datos que pedían eran para sacarlos de Colombia. 

Al margen de toda esta desinformación, los datos del Ministerio de Salud y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) señalan que, entre el 17 de febrero y el 5 de septiembre de 2021, se habían aplicado 44.820 dosis de la vacuna contra la Covid-19 a población venezolana habitante en Colombia. De esta cifra, 29.215 corresponde a primeras dosis y 11.503 a segundas dosis. El dato global es preocupante, pues tan solo en Maicao se estima que hay 51.361 refugiados y migrantes venezolanos. 

La vacunación para esta población arrancó en forma a principios de octubre de este año, cuando el gobierno autorizó la inmunización sin distinción de estatus migratorio. “No podemos tener más de un millón de personas sin vacunar, eso nos afecta todas las metas de cobertura”, aseguró en su momento el ministro de salud, Fernando Ruiz. 

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La atención en salud

Al margen de la Covid-19, la atención en salud para los migrantes suele ser muy complicada. La mayoría asegura que cuando están enfermos no se les pasa por la cabeza ir al hospital porque allá solo los atienden por urgencias si tienen complicaciones serias. Sin otra opción, se automedican, preparan remedios caseros o esperan la asistencia esporádica de los organismos internacionales.

En mi parto, por ejemplo, me ayudó Unicef. A mi hijo lo atienden porque es colombiano de nacimiento, pero a mí no, por la falta de papeles. No he podido sacarlos porque no me queda tiempo, ya que vivo del diario. Además, no conozco bien el proceso”, comenta Yuli Montiel. 

Noralis González tampoco sabe qué hacer. En pocos meses tendrá su segundo hijo y aún no tiene claro quién atenderá su parto y cómo puede obtener un seguro médico para su bebé.

La Pista, Maicao, La Guajira
Uno de los ranchos de La Pista, Maicao, La Guajira

Las otras secuelas de la pandemia

Para muchos en La Pista lo peor no ha sido la Covid-19, sino sobrevivir a la pandemia. Familias enteras de migrantes llegaron allí por ella, luego de que perdieran el trabajo que les permitía comer y pagar un arriendo. Naciones Unidas estima que el 69,50 por ciento de los migrantes venezolanos en Colombia fueron desalojados de sus casas durante la pandemia. Según este organismo, cerca del 11 por ciento de los desalojos terminaron en indigencia.

Cientos de venezolanos que llegaron a Colombia huyendo del hambre se encontraron de frente con un panorama desalentador, ya que miles de hogares colombianos también cayeron en la pobreza. Incluso, dicen algunos, La Pista también aloja a varios locales que no pudieron seguir pagando un arriendo. Según el Dane, citado por la organización Dejusticia, antes de la pandemia el 11,9 por ciento de los colombianos consumía menos de tres comidas al día, una cifra que se elevó a 30 por ciento para julio de 2021. 

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En estas condiciones, para muchos en La Pista la Covid-19 es un asunto secundario, ya que por fuerza mayor no pueden pensar en cuarentenas, tapabocas y medidas de bioseguridad.  Yuli Montiel cuenta que una vez la criticaron por no usar tapabocas. Le preguntaron si era que no le tenía miedo al virus. Con rabia y a punto de llorar, recuerda lo que respondió: “Claro que sí nos preocupamos, pero un niño no deja de llorar cuando no le dan comida”. 

La pandemia también agravó los problemas de seguridad. A pocas cuadras de La Pista, los habitantes de Maicao aseguran que ese lugar es un infierno y que cruzar la barrera de escombros y basura que separa el asentamiento de los barrios puede ser muy peligroso. La comunidad habla de un aumento en los atracos, el microtráfico, las muertes violentas y hasta de las fallas en el servicio eléctrico por las conexiones ilegales. 

En La Pista sus habitantes no niegan que la situación sea compleja. Muchos, incluso, dicen que los disparos son constantes, que han visto ladrones esconderse en los ranchos y que prefieren no salir tarde en la noche ni en las madrugadas. Jairo Aguilar Deluque, secretario de gobierno del departamento, afirma que de los 163 homicidios que se han presentado este año en La Guajira, 30 fueron contra migrantes venezolanos. 

El funcionario explica que muchos han sido empujados a la delincuencia por la situación social y que, en contubernio con ciudadanos colombianos, han montado combos y bandas criminales que hoy azotan a Maicao, Uribia y Riohacha. Todas estas circunstancias refuerzan los prejuicios sobre los migrantes venezolanos. 

Según la firma Invamer la opinión desfavorable sobre los migrantes venezolanos en Colombia ha llegado hasta el 81 por ciento. La cifra es de abril de 2020, justo cuando estalló la pandemia. Aunque la medición más reciente, realizada en abril de 2021, evidencia un descenso (64,1 por ciento), el dato continúa siendo preocupante. 

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El drama de los retornados

Visiblemente cansada, vestida con una bata de estampados florales y con una mochila Wayúu colgando de su brazo derecho, Tácita Polo de la Cruz busca entre sus cosas la llave del candado que abre la puerta de su casa, un rancho hecho totalmente con plástico negro, asegurado con palos, puntillas y tapas de gaseosa. En este lugar lleva aproximadamente un año, desde que se vino de Venezuela. 

Aunque puede ser confundida fácilmente como una migrante venezolana más, entre los 1.700.000 que viven en Colombia y los casi 5.000 de La Pista, no se reconoce como tal. Dice que es colombiana, nacida en Mompox, un pueblo del departamento de Bolívar declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de La Humanidad. Por esta razón, prefiere que le digan “retornada”. 

Este apelativo, según el Ministerio de Trabajo, es usado para los emigrantes que se encuentran en otro país diferente al de su origen y toman la decisión de regresar. En Colombia, los retornados son recibidos con los brazos abiertos, pues por lo menos así lo establece la Ley 1565 de 2012, “en la cual se dictan las disposiciones y se fijan incentivos para el retorno de los colombianos residentes en el extranjero”. 

Historia de los retornados colombianos desde Venezuela
Tácita Polo de la Cruz, retornada colombiana desde Venezuela

Sin embargo, Tácita asegura que esas palabras se las llevó el viento del desierto, pues desde que llegó a Colombia ninguno de sus paisanos ha ido a verla. “Por aquí no se acerca el alcalde ni el gobernador. Nadie nos da una razón, es como si fuéramos unos animales”. Por su parte, la administración del departamento asegura que en la zona se realizan constantemente jornadas de atención a las poblaciones vulnerables y que actualmente se trabaja en la vacunación contra el covid-19. El alcalde de Maicao, Mohamad Dasuki, fue consultado para este reportaje sobre la situación de La Pista, pero no ha dado respuesta.  

Táctica comenta que vive hace casi un año en La Pista, el lugar al que tuvo que llegar cuando salió del vecino país por la crisis. “Yo me fui porque en ese tiempo uno creía que allá le iba a rendir la plata y se podía comprar una casita. Duré cinco años trabajando en casas de familia, lavando y planchando, pero me devolví porque se puso muy malo y la plata no alcanzaba para nada”, dice Tácita. Según datos de Migración Colombia, desde 2017 han regresado cerca de 500.000 colombianos del vecino país. 

Tácita, de 67 años, es uno de los rostros de esta situación. Ahora vive sola en su casa de La Pista, porque intentó volver a Mompox, pero sus familiares no la recibieron. En el día tiene que salir del rancho porque el calor es impensable y en las noches duerme con miedo por temor a que alguien entre a robarle su chinchorro y el ventilador, las únicas dos pertenencias que conserva. 

Dice que se gana la vida vendiendo billetes de lotería en el centro de Maicao y que se hace cerca de 15.000 mil pesos diarios, lo que difícilmente le alcanzaría para pagar una habitación mensual con servicios públicos. No tiene una estufa ni canecas para almacenar el agua, por lo que les pide el favor a algunos vecinos que la dejen cocinar. “Yo quiero que me reubiquen o que me den un ranchito mejor, porque acá no tengo baño y a mi edad no creo que pueda aguantar esta situación”, dice. 

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El futuro de La Pista

En La Pista confluyen los sueños, la resignación y la desesperanza de miles de migrantes y unos cuantos retornados. Algunos tienen claro que quieren volver a Venezuela, otros se han aferrado a sus ranchos como el bien más preciado y buscan a toda costa algo que les permitan seguir viviendo en ese lugar. También están los que quedan abrumados, prácticamente aturdidos ante la pregunta sobre el futuro. 

Yuli Montiel, por ejemplo, afirma que si bien tiene ganas de regresar a su país natal, se va a quedar el tiempo que sea necesario por su hijo, especialmente por la educación. “Allá, en Venezuela, por más que uno estudie el título no tiene valor. Yo estudié Derecho hasta quinto semestre y luego me salí porque el sueldo de mi mamá no alcanzaba y me tocó trabajar”. 

Por su parte, Keyla Acuña asegura que volverá cuando las cosas mejoren en Venezuela. Extraña su tierra porque allá conoce el ‘movimiento’ y espera poder llegar a vender tintos, agua o lo que sea. Antes de terminar, se ríe y cuenta que en los seis años que lleva viviendo en Colombia nunca ha tenido un trabajo. “Solo una vez un viejito me contrató para trabajar en su casa, pero duré solo una semana porque le dio un infarto”. 

Raiza González, en cambio, no sabe qué hacer. No se va del rancho porque perdería las tejas de zinc y los plásticos y otra familia tomaría rápidamente el terreno. Asegura que va a extrañar las fiestas decembrinas en su pueblo, pero no puede hacer nada. La escena es más dramática cuando su hija, ante la pregunta sobre el futuro, se ríe tímidamente, baja la cabeza y se queda en silencio. “Yo no tengo planes”, asegura, mientras su bebé no para de llorar porque lleva varios días con diarrea y son las doce del mediodía y aún no ha probado el primer bocado de comida. 

Refugio de venezolanos en la pista del aeropuerto de Maicao
Refugio de venezolanos en la pista del aeropuerto de Maicao

Gran parte de estos pensamientos dependen de lo que las autoridades de Maicao y La Guajira decidan sobre La Pista. Sobre la mesa está la reubicación y el desalojo, medidas que no convencen a muchos. Según el gobernador Nemesio Raúl Roys, dejarlos en la calle no es una opción. “Los venezolanos en este departamento no son una cosa desconocida, todos crecimos con una relación cercana con ese país. Todo venezolano que necesite venir a La Guajira, siempre y cuando sea un ciudadano de bien, recibirá de nosotros todos los esfuerzos para encontrar las oportunidades que necesita”, dice. 

Cabe resaltar que, aunque el gobernador enfatiza en la atención a la población migrante, instituciones como la Corte Constitucional han señalado que los funcionarios públicos no pueden hacer uso de discursos que constituyan incitación a la discriminación o atenten contra la honra y buen nombre, en este caso de los migrantes venezolanos. 

Roys también asegura que no solucionan nada llevando comida y techo, por lo que están enfocados en buscar formas de “generar inclusión socioeconómica”. No obstante, en La Pista nadie cree en palabras, comentan que durante la pandemia nunca vieron un carro de la alcaldía o la gobernación y confiesan vivir con miedo ante un eventual desalojo. “Ya una vez nos hicieron desarmar los ranchos y correr porque supuestamente venían unas máquinas a tumbar todo”, recuerda Keyla. 

El gobierno nacional apunta a solucionar la crisis migratoria con la puesta en marcha del Estatuto Temporal de Protección para Migrantes. Este mecanismo les dará a los venezolanos que lleguen al país un lapso de 10 años para adquirir visa de residentes; es decir, acceder a un régimen migratorio ordinario. Con esta medida se busca llegar a la población venezolana vulnerable con protección oportuna. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, el 56 por ciento de venezolanos en Colombia permanece de manera irregular, lo que no les permite acceder a servicios básicos, como la atención en salud. 

Por las calles improvisadas y polvorientas de La Pista se rumora que los van a sacar en enero de 2022. También se dice, en voz baja, que una acción de este tipo podría desatar una rebelión para la que no estaría preparada la fuerza pública ni cualquier autoridad. Por ahora, algunos como Yuli prefieren quedarse con una sentencia que bien podría definir la vida en este asentamiento: “que sea lo que Dios quiera”. 

Este artículo hace parte del especial ‘Salud en el exilio, la lucha de los migrantes venezolanos para recibir atención médica en Colombia’ de Consejo de Redacción.

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