Adiós a Luisa, golondrina de la eutanasia en Colombia

María del Rosario Laverde relata lo que vivió al acompañar a su amiga la poeta Luisa Fernanda Trujillo durante su eutanasia.

Llegué unos minutos antes de la hora acordada a casa de Luisa, había dormido poco de pensar en la tarea que me esperaba, estuve lista desde la madrugada. Ella me abrió la puerta aún con la toalla de la ducha puesta, me pareció raro verla tan viva sabiendo lo que íbamos a hacer; sin embargo, cuando se dio vuelta para irse a vestir a su cuarto, la vi andar con dificultad, observé su cuerpo casi desnudo envejecido, aunque nunca lo había visto antes, supe que estaba envejecido y listo, sin duda. A ella le dio mucho gusto verme y me pidió que levantara mis pies para echarme alcohol bajo los zapatos, como se había hecho costumbre durante los meses que llevaba la pandemia, a quién le importaba la desinfección en esas circunstancias: a ella.

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Durante los últimos meses Luisa había pasado la metástasis de su cáncer sola, en casa, sin poder recibir casi a nadie. Hablábamos con frecuencia por teléfono pero ella se cansaba rápido de la conversación, así que la terminaba a veces con un mensaje escrito, le recomendé algunas películas de Netflix y me comentaba cuando las veía. El día que me anunció que ya no podía más y que pensaba acabar con su dolor, quise ignorar sus palabras pero no pude; el domingo siguiente, por la noche, me avisó que todo había quedado programado para el jueves a las ocho de la mañana.

Salió de su cuarto con un saco negro y un pantalón naranja, no nos habíamos visto en meses. Su voz estaba mucho más débil de lo que sonaba por teléfono y su actitud era tranquila. Nos sentamos en la sala a esperar, pero ella no estuvo quieta nunca, se paró de su lugar varias veces y no dejó de llenar una bolsa de basura con papeles que iba rompiendo, me daba algunas instrucciones a las que yo asentía sin oír.

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Las instrucciones más complejas las había dejado por escrito para que yo se las entregara a su sobrina cuando llegara el momento, nuestras dos acompañantes no tardaron en unírsenos y las cuatro conversamos un rato más mientras llegaba el médico. Recuerdo que vimos un álbum con viejas fotografías y comentamos algunas. Entre mis tareas estaba la de leer unos pasajes de la biblia, ni Luisa ni yo éramos religiosas pero ese fue su pedido, yo no manipulaba una biblia desde mis tiempos de colegio y no recordaba para nada cómo debía buscar algo. Mis manos estuvieron muy torpes antes de encontrar Corintios 13, mi voz temblorosa leyó algo sobre la importancia del amor que ya olvidé.

Luisa Fernanda Trujillo. Foto: Blog Poetas Colombianos – Eugenia Sánchez Nieto

Al calor de un vino matutino y unas galletas de tarro de abuela, Luisa hizo un brindis que calmó mis nervios por un segundo: “Por la libertad de poder elegir”. Todas brindamos con ella. El médico llegó y también lo vi más viejo, mucho más viejo, de hecho le costó reconocerme por su aguda pérdida de visión, era yo quien le había pedido que viniera. Su conversación fue eterna e incluso sugirió continuarla cuando Luisa le dijo que ya estaba lista. Ella insistió en que ya era tiempo. Pasamos a la habitación y el doctor propuso que Luisa usara algo más cómodo, se quitó su saco negro y se puso una blusa blanca delgada.

Se recostó sobre la cama con la cabeza puesta en el espaldar mientras el médico preparaba los líquidos. Afuera del cuarto, una de nuestras acompañantes ponía la música favorita de Luisa, a ella no la conocimos hasta ese día ni Luisa ni yo, pero fue fundamental en la logística del momento, que nos hermanó a las tres testigos, la otra y yo, nos sentamos a los lados de la cama mientras todo estuvo listo. Luisa me dijo que me recomendaba a Isaías (Peña), que era uno de sus mejores amigos, también uno de los míos, y que quería que yo estuviera pendiente de él, me dijo además que se iba tranquila porque yo estaba acompañándola, le dije mil veces que la amaba y ella me lo dijo mil veces más. Me agarré fuerte de su mano mientras los líquidos entraron en su cuerpo, todo tardó unos pocos segundos, ella sonreía aliviada y solo dijo: “ya me marié”. Me costó soltar su mano tan pequeñita en la que nunca antes me había fijado y que de inmediato se oscureció.

La otra y yo nos abrazamos por un par de minutos sin parar de llorar, luego debí cargar el cuerpo de Luisa para acomodarla mejor y cubrirla con una cobija.

Le avisé a Isaías en un chat de WhatsApp que ya todo había pasado y él me contestó: “En tierra el pájaro olvida cantar”, en alusión a uno de los poemas de Luisa.

Caminé hasta mi casa sabiendo que no iba a volver a caminar con ella físicamente pero segura de que siempre estaría conmigo, como lo está ahora que la evoco.

18 Comentarios

  1. Gracias Eugenia por este hermoso compartir, el valor de Luisa y la gran capacidad de dejernos su experiencia. No una tragedia, sino un acto de valentia. Valoro ese invaluable acompañamiento de viaje hacia la eternidad. Gracias.

  2. María Mercedes Lafaurie

    Qué linda narración y que inspiradora. Al leerte vinieron a mi mente las palabras de Gómez Jattin: “Y si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos/Qué será de mi”

  3. María del Rosario, fue un día especial en el que lo más importante fue esa mano pequeña que sabía quién la está tomando para cruzar el umbral. Bello relato.

  4. Me vengo a enterar de una forma mágica y para mí misteriosa, un año después y gracias al hermoso relato de Maria del Rosario, de la muerte de la poeta Luisa Fernanda Trujillo. De la consternación pasé al embeleso ante la nobleza de una amistad presente hasta en el acompañamiento de una muerte inducida. Qué valor y entereza amorosa, qué firmeza, aceptar ser testigo presencial de los pormenores del adiós de nuestra querida poeta. Mil gracias por tanto!

  5. Bella y estremecedora crónica sobre la muerte de nuestra querida e inolvidable amiga Luisa Fernanda Trujillo, valiente en su decisión de optar por la eutanasia ante tanto dolor y soledad. Al leer este texto de María del Rosario Laverde recordé el relato que, una tarde de mayo en un restaurante de la Zona Ros de Bogotá, me contó Luisa Fernanda sobre la muerte de su madre. Descansa en paz amiga y poeta inmensa.

  6. Ahora la evoco yo, aquella mañana de hace años tomando café en el Juan Valdez de la 73 con 9a, me llevó su último poemario, nos abrazamos al encontrarnos y al despedirnos…no sabía de su eutanasia y me alegra, ella y yo siempre exigimos el derecho de poder elegir: enorme abrazo Ma Del Rosario.

  7. La recuerdo mucho. Luisa también fue mi amiga, y aunque éramos muy diferentes, supimos encontrarnos en el arte, en las palabras, en el dolor. Era frágil y fuerte como su poesía y esgrimía con coraje la vida, el dolor, el desamor. Vivió como un pájaro herido, enfrentando su dolor, y murio el día en que supo que sus poemas estaban para decirle adiós y volar solos…

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