La práctica secreta

Las cosas buenas se gestan si las protegemos de la continua exposición y las sustraemos a la necesidad de aplauso.

En un libro de Tanizaki encontré esta imagen: un hombre practicando un instrumento musical encerrado en un armario. El instrumento es el shamisen, un instrumento que, como todo lo que hacen los japoneses, es extraordinariamente difícil pero parece absurdamente sencillo: un par de notas en tres cuerdas que, se supone, pueden transmitir a un oído abierto o entrenado una serie amplia de emociones, en especial distintos grados y modos de la tristeza.

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Si ya es difícil el instrumento, ¿por qué lo practica encerrado en un armario? La historia del libro no deja de ser tortuosa y perversa, muy hermosa también, pero digamos que la imagen de este hombre practicando en secreto, es, o puede ser, una imagen de la devoción.

Un gran maestro no es el que todo el tiempo deja llover juicios sobre su discípulo, sino el que permite que la actividad se despliegue de la forma más natural e intuitiva posible.

La devoción es lo que hacemos como una especie de regalo, sin que nadie nos obligue, sin que vayamos a tener por ello un reconocimiento especial o una recompensa. No vamos a recibir premios, pero lo hacemos porque así embellecemos el espacio en el que vivimos y aprendemos a hacernos compañía a nosotros mismos.

            Las cosas buenas se gestan si las protegemos de la continua exposición y las sustraemos a la necesidad de aplauso, pero también si las protegemos del juicio propio o el de los demás, al menos por un tiempo, mientras nuestra actividad crece de manera orgánica y libre. Este es el sentido de una buena práctica. Por eso un gran maestro no es el que todo el tiempo deja llover juicios sobre su discípulo, sino el que permite que la actividad se despliegue de la forma más natural e intuitiva posible, porque muchas veces solo la actividad misma sabe lo que hace, no quien la realiza. La imagen del hombre tocando un instrumento musical en un armario es entonces también una imagen del gozo sin juicio, o del esfuerzo sin juicio, y de esa transformación mágica del esfuerzo en gozo que se da en muchas actividades humanas.

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Otra cosa es lo que hacen los pájaros. Ellos practican todo el día, sus armarios son de aire. Para ellos no hay distinción alguna entre hacer y no hacer nada, no hacen nada especial cuando cantan, nada muy distinto a existir, y pienso que los grandes artistas han incorporado esta enseñanza de los pájaros. Ellos cantan o hacen sus vuelos sin esperar un premio, y no se rastrillan todo el día la cabeza diciéndose: “qué bien está este canto mío, los otros deberían oírlo porque lo estoy logrando” o, por el contrario, y es igual de desacertado, creyendo que lo que hacen está mal hecho.

Una mirla solo canta. Por alguna razón que no puedo comprender, ella conoce su canto de memoria porque nunca lo ha aprendido: es una con su canto. Para los pájaros no hay distinción entre lo que hacen y su existencia; la existencia es ya su forma de expresión y saben lo que hacen porque no saben lo que hacen. 

Tal vez esa sea la libertad más grande que puede alcanzar un artista: cantar o hacer cine, escribir o tocar el arpa o la tambora frente a los demás y para los demás, como una ofrenda, pero como si estuviera solo.

Glenn Gould practicaba todo el día y creo que incluso antes de dejar de dar conciertos y dedicarse solo a grabar en estudio, él estaba en un armario, se absorbía por completo en su actividad, su armario era su cabeza, todo su cuerpo con el que tocaba; o no: su armario era ese espacio sin límites en el que estamos cuando estamos concentrados. No existía distinción alguna entre él y lo que hacía, y por eso al tocar el piano canturreaba, y ese canturreo, que ustedes pueden oír en muchas de sus grabaciones, tanto como la forma en que despierta las notas que Bach dejó escritas, es la expresión del estado de gracia en el que está. De gracia, es decir de libertad natural. Gould toca y canturrea sin pensar en quién lo está oyendo, y lo hace solo por hacerlo, exactamente igual que si no hiciera nada, exactamente igual que lo hace un pájaro.

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Tal vez esa sea la libertad más grande que puede alcanzar un artista: cantar o hacer cine, escribir o tocar el arpa o la tambora frente a los demás y para los demás, como una ofrenda, pero como si estuviera solo. Y ese es el rasgo de la libertad en la vida: nuestra actividad no cambia al ser observada y no espera nada más que ser lo que ella misma es.

Que así nos sea dado hacer todo lo que hacemos.

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