La soledad de Ucrania

Lo leo y no lo creo: estamos a las puertas de la tercera guerra mundial porque Ucrania pidió su ingreso a la Otan, la Otan aceptó su solicitud, Vladimir Putin se crispó, Europa del oeste bravuconeó, Estados Unidos cañó, Putin subió la apuesta, lanzó cientos de misiles sobre varias ciudades de Ucrania y puntos militares estratégicos, y ahora todo el país está bajo ataque.

Las conversaciones de paz de esta semana fracasaron y Joe Biden quedó en el aprieto de cumplir sus “penultimatums” a Rusia, entrar en la guerra y defender a Ucrania. Otro tanto se espera de la Otan, la superliga occidental de la cristiandad, la democracia y el libre mercado.

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Estados Unidos debe emprender acciones militares concretas porque es el encargado, luego de la Segunda Guerra, de hacerle el trabajo sucio a Europa, labor que delega, a su vez, en empresas outsourcing, las cuales contratan mercenarios negros y latinos ya que cada vez les cuesta más trabajo reclutar jóvenes estadounidenses blancos. Europa rezonga pero tampoco ataca militarmente.

Occidente se limita a tomar represalias económicas y mediáticas, pero luego tiene que reversar parcialmente las más eficaces, como las relacionadas con la exclusión de los bancos rusos de Swift, el poderoso sistema internacional de mensajería financiera.

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El hecho de que Ucrania no haga parte de la Otan no debiera ser impedimento para una intervención militar estadounidense en Ucrania. Si algo distingue a los imperios es justamente su irrefrenable pulsión de violar todas las reglas, como lo han hecho siempre los rusos y los estadounidenses.

No resulta fácil entender que hoy, 30 años después del fin de la Guerra Fría, estos dos mamuts antediluvianos despierten de su larga hibernación (1991-2022), vuelvan a mostrarse los dientes y pongan el mundo a temblar con la posibilidad de una guerra nuclear.

Uno puede tranquilizarse pensando que ellos son bocones, que siempre amenazan con volar el mundo y no dejar piedra sobre piedra, pero la verdad es que nunca se han enfrentado directamente. Libraron batallas indirectas (aportaban armas, asesores, ideología y dinero) en los años sesenta y setenta, siempre en el Tercer Mundo, en el sureste asiático, América Latina y África subsahariana; y desde entonces e incluso hoy en África y el Cercano Oriente. Perdieron muchas veces (Vietnam, Afganistán…) pero los más perjudicados fueron los países intervenidos, todos países pobres. Tal vez de aquí viene el proverbio africano: cuando dos elefantes pelean, la que sufre es la hierba.

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Solo una vez se miraron a los ojos. Fue en la crisis de los misiles, en 1962, cuando la Unión Soviética consideró estratégico montar una base militar en Cuba. La CIA aseguró que la base tenía capacidad para disparar misiles nucleares sobre Washington, y el presidente John F. Kennedy le lanzó un ultimátum a Moscú: Estados Unidos no toleraría una base militar tan cerca de sus costas, dijo el presidente empuñando el legendario “maletín nuclear”. Entonces Nikita Krushev, presidente del Consejo de Ministros de la URSS, vociferó contra el «imperialismo yanqui» en una asamblea de la ONU, maldijo al capitalismo y golpeó el atril con sus zapatos, pero finalmente Moscú agachó la cabeza, cerró la base y el mundo respiró aliviado.

Ahora la situación está invertida. Si Ucrania formara parte de la Otan, Estados Unidos tendría bases militares en las goteras de Moscú (Kiev está a 756 kilómetros de Moscú). Con el antecedente de los misiles soviéticos en Cuba, es difícil descalificar hoy la posición de Moscú. Con todo, la reacción de Moscú es desproporcionada. En 1962 Estados Unidos protestaron contra una base nuclear real ubicada a tiro de piedra de Miami. Ahora Rusia bombardea Kiev por el simple anuncio de que Ucrania hará parte de la Otan.

Pero también, ¿cómo entender que todo obedece a un conflicto ideológico del pleistoceno que enfrentó a un bloque de países capitalistas, agrupados en la Otan, con un bloque de países comunistas, el Pacto de Varsovia? Y sobre todo, ¿cómo entender esta locura hoy, cuando el comunismo es un cadáver mal enterrado y el neoliberalismo hace agua por todas partes y cede el paso a un híbrido tan exitoso como el modelo chino o a modelos equilibrados como los que proponen los países socialdemócratas?

Es verdad que el conflicto no está resuelto. Como bien dijo Octavio Paz en 1991, “el hecho de que el comunismo haya fracasado no significa que estén resueltos los problemas sociales que lo ocasionaron”. Pero también es cierto que Rusia ya no exporta comunismo, que ella misma es una nación de libre mercado y que el Primer Mundo tiende hacia modelos intermedios, como los que rigen hoy en las naciones socialdemócratas.  

En medio de este panorama y en pleno siglo XXI, ¿vamos a prender la mecha de la tercera guerra mundial en aras de una discusión política apolillada?

Durante la Guerra Fría (1945-1991) el debate sobre modelos económicos tenía sentido. El comunismo y el capitalismo se disputaban el mundo y eran exitosos. En Europa occidental, Estados Unidos, Canadá y Australia el capitalismo mostraba un rostro humano con políticas sociales tan generosas que hoy se recuerdan como los Estados del Bienestar. El comunismo, por su parte, podía mostrar en pocos años el nacimiento de dos superpotencias: la URSS y China, y amenazaba extender su modelo por todo el mundo. Pero esto es historia y volver a discutirlo es absurdo. ¿Estamos superando una pandemia mundial catastrófica solo para incendiar el planeta porque Rusia y Estados Unidos quieren editar la Guerra Fría 2.0, pero esta vez en una confrontación que puede ser directa y fatal?

Bombardeo de la ciudad de Járkov, en Ucrania. Foto: AFP

Es probable que sí, pero por otras razones. Como ya explicaron muchos analistas, esta guerra que hoy tiene en vilo al mundo es producto de causas más prosaicas y concretas, y lo ideológico es, como siempre, apenas un pretexto elegante. Repasemos, para entender el contexto de este conflicto, una síntesis apretada de la historia de Ucrania y las aristas militares y económicas del asunto.

En el siglo XIX Ucrania hacía parte del gigantesco imperio ruso de los zares. Aprovechó la debacle de los zares y el triunfo de la revolución bolchevique para independizarse en 1917. Fue una independencia relativa porque quedó sometida económicamente a Polonia. En 1920 estalló la guerra entre Rusia y Polonia, Rusia triunfó y se apoderó de Kiev, la capital de Ucrania. En 1922 se fundó la URSS. En 1934, Ucrania pasó oficialmente a hacer parte de la Cortina de Hierro, el cordón de seguridad de Rusia, y recibió el nombre de República Soviética de Ucrania.

En 1991 aprovechó otro golpe de suerte, la disolución de la URSS, recuperó su independencia y se apoderó de la península de Crimea, sobre el mar Negro, punto bisagra del mundo euroasiático.    

En 2014 Rusia aprovechó los disturbios protagonizados por los separatistas prorrusos de Ucrania oriental (los occidentales son europeístas, como ya todos aprendimos), convocó un referendo muy controvertido, lo ganó y recuperó Crimea.

Crimea es importante por el puerto de Sebastopol, que alberga la principal base de la flota rusa en el mar Negro, cuyas aguas le dan a acceso a tres países de la Otan: Turquía, Rumania y Bulgaria.

Y Ucrania es clave porque soporta una red de 28.000 millas de gasoductos de la gigantesca petrolera estatal rusa Gazprom. Esta red alimenta a países como Austria, Alemania, Francia, Italia, Hungría, Polonia, Rumania, Grecia, Turquía y Macedonia. PAO Gazprom tiene 456 000 empleados y ventas anuales por más de 164.000 millones de dólares.

Otro punto por considerar, para entender la gravedad de este conflicto y la posibilidad de una guerra de grandes proporciones, es el perfil de Putin, que tuvo una infancia difícil y que hoy es un señor megalómano, hermético y convencido de que su papel en la historia es vengar las humillaciones sufridas por Rusia después del fin de la Guerra Fría y restaurar la grandeza de la Unión Soviética. Buena parte de la población rusa adulta abriga este sueño.

Cuando le reprochan que no respeta la soberanía de Ucrania, Putin responde que Rusia va mucho más allá de sus fronteras y que Ucrania del este es prorrusa, lo que es cierto.

Estados Unidos no se queda atrás. Recordemos su tradición imperial y el convencimiento de que ellos son el marshal del mundo, los guardianes de la libertad y la democracia. Un punto central de su geopolítica de seguridad estriba en su capacidad para lanzar ataques a gran escala desde los centenares de bases militares diseminadas por los cinco continentes. Tiene más de 800 grandes bases por fuera de sus fronteras y es muy probable que quiera sembrar otra base en Ucrania y disfrazar sus tropas con los uniformes de la Otan.

Y están también los negocios americanos, claro. El gas natural de Estados Unidos es 40 por ciento más caro que el ruso, y su principal cliente es Europa. Si Rusia cumple su amenaza de no venderle gas a Europa, Estados Unidos sería el mayor beneficiado.

Ahora la pregunta es: ¿el conflicto Rusia-Ucrania puede escalar hasta una guerra nuclear de proporciones y arrastrar al conflicto a otros países? Lamentablemente la respuesta es sí. Los ingredientes están dados.  Los analistas piensan que los ataques rusos a las ciudades de Kiev, Mariúpol, Járkov y Sumy, y los pobres resultados de las conversaciones de los voceros de las dos naciones esta semana (escribo el 9 de marzo) oscurecen bastante el panorama. Para acabar de complicar el cuadro, recordemos que Rusia es la primera potencia nuclear del mundo y que China ya hizo declaraciones en el sentido de que los rusos tienen derecho a proteger sus fronteras.

Excluir a Rusia del sistema Swift ha sido uno de los reclamos más recurrentes para sancionar la invasión de Rusia en Ucrania. Foto: AFP
Excluir a Rusia del sistema Swift ha sido uno de los reclamos más recurrentes para sancionar la invasión de Rusia en Ucrania. Foto: AFP

Añádanse a estos explosivos factores los intereses de los generales, los senadores y los contratistas del mundo entero. ¿Cuánto pueden reportarles los negocios de suministros de vituallas, hombres, uniformes, combustibles, medicamentos, equipos médicos, tecnología de comunicaciones, armas convencionales y nucleares, municiones, asesorías de todo tipo y vehículos de aire, mar y tierra que demanda una operación militar a gran escala? Y como piensan en todo, ¿Cuánto pueden ganar las multinacionales de ingeniería en la reconstrucción de Kiev, de Sebastopol y de todas las ciudades que la guerra destruya?

Recordemos que no fueron solo las ideas de Keynes y las obras públicas estatales las que le permitieron a Estados Unidos superar la crisis de los años yreinta y convertirse en la primera potencia económica del mundo. Fueron, sobre todo, los negocios de la guerra y de la posguerra los que hicieron a América grande esa vez. Se ha calculado que solo el Plan Marshall costó, entre 1948 y 1952, 800.000 millones de dólares de hoy.

Conclusiones

¿Son los líderes del mundo tan estúpidos (o tan ambiciosos) como para embarcarse en una tercera guerra mundial? A juzgar por este análisis, y por las dramáticas imágenes de la ‘Operación Especial’ rusa sobre Ucrania, la respuesta es, de nuevo, un rotundo sí.

Putin parece empeñado en seguir apostando duro. Ha lanzado cientos de misiles sobre Ucrania y desplegado una ofensiva militar gigantesca. En cuanto a los países de la Otan, su estrategia consiste en apostarle a la guerra mediática, las represalias diplomáticas y los bloqueos económicos contra Rusia, y dejarle a Ucrania todo el peso de la guerra propiamente dicha. Lo que está por definirse es: ¿hasta cuándo soportarán los países de la Otan el espectáculo del sacrificio del pueblo ucraniano? ¿Sobrevivirá la Organización a los reproches de Zelenski, presidente de Ucrania, por dejarlo solo ante el poderoso ejército ruso? ¿Hasta dónde llevará Putin su escalada bélica? ¿Está dispuesto a asumir el costo que puede representar una operación que él considera defensiva pero calificada por buena parte del mundo como ofensiva y brutal?

Nadie tiene la respuesta. Lo único cierto es que, también esta vez, la peor parte la llevará la hierba.

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