La solución no es Petro, ni Uribe

Se equivocan los que creen que la salida está en algún lugar entre los extremos, como también se equivocan los de los extremos al creer que ellos son la salida.

−¡Yo lo quería matar!,

−¿A quién se le ocurre? 

¡Es que es mucho hij…!

 ¡Es que, a mí, me importa un c… su opinión! 

¡Noooo, es que así no es la cosa! 

¡Yo sí le canté las verdades, es que yo no tengo pelos en la lengua!

 ¡Lo mejor sería que acabaran con esa plaga de una vez por todas!

Estas son algunas de las expresiones acuñadas en un documento, que aún no existe y que se llamaría Diccionario de Expresiones comunes en ColombiaLos colombianos somos “bravos”, nos gusta decir la última palabra y el ejercicio de dejar callado a un interlocutor lo comparamos al triunfo de una pelea olímpica: −¡…y dejé callado al hijue…!  

Los colombianos somos intolerantes y agresivos, equiparamos vehemencia con inteligencia y estamos firmemente convencidos de que el valor de un argumento es directamente proporcional a los decibeles con que se expresa o al calibre de las palabras que lo condimentan. 

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Mike Countryman,  catedrático de Centennial College en Toronto, después de haber leído la obra de Ingrid Rojas Contreras,  Bajo el árbol del borrachero, publicada en inglés con el título de Fruit of the Drunken tree,  expresó: “…me resulta difícil entender una sociedad en la que nadie piensa en nadie”.

Observar el pensamiento nacional es apasionante. En días pasados, un grupo de influyentes industriales se encontró para proponer un movimiento de opinión que se oponga a las tendencias de la corriente política antagonista y, en ese foro, todos sus participantes, significativamente influyentes, educados en colegios y universidades de buenas marcas y privilegiadamente ubicados en la sociedad nacional, todos sin excepción, proponían como fundamento de su movimiento la anulación de la corriente opuesta a su pensamiento.

Por ventura no hablaron de matar, pero sí eran, o son concretos, en su intención de borrar a su oponente, en este caso, de manera ideológica. 

Las protestas y los enfrentamientos de nuestras calles en este momento se observan, en general, desde puntos de vista estáticos y fanáticos, ya sea para afirmar que los manifestantes son unos facinerosos o para concluir que los policías son todos unos asesinos. Son visiones absolutas.

A la polarización le ha aparecido una opción que se ha calificado de “centro”, que los radicales acusan de “tibieza” y que ha permitido que la idea de que aquel que no esté en un extremo es un “tibio”, equiparable con cobarde, pusilánime o mediocre, (infortunadamente algunos de los personajes que encarnan el “medio” son pusilánimes y mediocres), pero que no sea la pusilanimidad de algunos voceros del centro la que nos impida enfocar una visión armónica de la vida.

Existiendo el blanco y el negro no sería aceptable decir que el azul o el amarillo son colores mediocres, o colores del medio, son otros colores. Se equivocan los que creen que la salida está en algún lugar entre los extremos, como también se equivocan los de los extremos al creer que ellos son la salida.

Ver la vida de esa manera limita la observación, el pensamiento y las opciones. Observar los hechos en un plano bidimensional, más que peligroso, es letal.  ¿Si no es blanco es negro? ¿En serio? Guste o disguste, tenemos el privilegio de vivir el momento de la humanidad en el que la evolución derritió los absolutos.

Los que estamos vivos en esta fecha hemos visto cómo el hombre ya comienza a  colonizar Marte, vimos llegar a la Casa Blanca al primer hombre negro como presidente de los Estados Unidos, vimos coronar en el Vaticano al primer papa no europeo, y además latinoamericano, somos dueños de la opción de nuestra genitalidad y a un paradigma como macho o hembra le hemos encontrado múltiples opciones.

En el plano de la física, rebasamos las dimensiones newtonianas y estamos embelesados con la cuántica, la linealidad fue una de las fronteras que la mente humana superó, así como superó la idea de que la tierra era plana y que en su borde extremo se formaba un abismo habitado por monstruos voraces.

Pensar el discurrir humano desde la linealidad y la polaridad binaria es perverso, es tanto como decir que la tierra es plana, así de patético. Aterradora resulta la dimensión en la que la salida de Colombia sea Petro o Uribe, ¡con cara ganas tú, con sello pierdo yo!, pero con la moneda girando, logramos solamente demorar la caída a alguno de los extremos.

Pichilas, personaje de un cuento corto titulado La segunda humanidad, acosado por la angustia de la polarización, inventa un casco que le permite penetrar el pensar y el sentir de otros. Con el artefacto se puede dar una “vuelta” en una mente ajena y, apropiadamente, ver el mundo como lo ve otro u otra. En el cuento, gracias al casco, Pichilas se posesiona de la mente y el sentir de su gran enemigo y antagonista, un tirano sanguinario que oprime a una comunidad con la fuerza de las leyes autocráticas y de las armas de un ejército depredador.

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Durante el viaje que Pichilas hace en la mente del dictador, vive y siente como él y, eureka, entiende los motivos y las razones del opresor.  Pichilas se despoja del artefacto y encara la mirada inquisidora de los copartidarios que han esperado horas para saber qué información van a obtener y los sorprende cuando exclama:

Vi, sentí y pensé como él, y ahora lo entiendo”.

Los milicianos sienten terror al imaginar que su líder fue seducido, o quizás sobornado, después del contacto mental con el asesino y lo apresan temiendo una traición a su causa libertaria. Encadenado en una mazmorra el comandante de los ejércitos rebeldes lo visita y le pide que le explique por qué cambió de bando. Pichilas sonríe y, una vez le agradece su presencia en la prisión, le asegura que nunca antes había sido más leal a la causa que después de haber habitado la mente del tirano.

Entonces por qué dices que lo entiendes?”– pregunta el militar.

Porque es verdad. Lo entiendo y eso me refuerza el desacuerdo”– responde Pichilas.

Pero ya estabas en desacuerdo antes de usar el casco. ¿Qué cambió entonces?”– le argumentó el oficial.

Cambió que ahora mi desacuerdo es más robusto, pero el odio se me ha ido”.

Y eso en qué cambia nuestra lucha?”

En que ahora lo quiero derrotar, pero no lo quiero destruir. Desde donde él ve la vida, nosotros somos indeseables, nos teme, él no tiene otra opción”.

Pero desde donde nosotros vemos las cosas, él es también indeseable, nosotros tampoco tenemos otra opción”.

Ahora sí la tenemos, podemos deponer la ira, el odio y la sed de venganza, podríamos hasta llegar a un acuerdo y caminar un nuevo camino de conciliación”.

El camino del medio, ¿dices tú?”

No tengo idea si es del medio, creo que no, creo que es un camino nuevo, inesperado, es el camino de la suma de sus motivos y los nuestros”.

−¿Y para llegar a eso no es necesario que el tirano también se ponga el casco?”

“−Indispensable”– aseguró Pichilas. 

Foto: Flickr-Severina_Askatasuna

7 Comentarios

  1. Que bueno seria que todos lo colombianos pudiésemos usar ese “casco de la empatía”. Excelente columna y mucho mas como la termina con ese maravilloso cuento. Ojala se el camino que podamos elegir.

  2. Al fin… Alguien sensato que ve la sin salida a la que nos lleva la polarización, pero a la vez ve la solución, la cual evidentemente no esta en los extremos.

  3. De acuerdo, es lo deseable… Pero nuestra vida política camina muy rápido. Creo que estamos en ese proceso de ponernos en el lugar del otro… Por ahora somos llamas jaladas por la tormenta…

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