Hacia dónde miramos: la tras escena de una columna

Estos días del fin de las vacaciones, en los que la oferta de cine suele ser muy limitada, quizá son un buen tiempo para reflexionar sobre qué hay en juego en la decisión de escribir de una película menor de Woody Allen y no de aquel título del que todos hablan. ¿Hacia dónde elegir mirar?  

Aprovecho esta primera columna de cine de 2022 para dejar en evidencia algo de la tras escena de esta columna, y, en concreto, explicar al menos un poco qué hay detrás de la elección de escribir o no de una película. La toma de decisiones de un crítico reviste un interés muy acotado; si acaso, compete a los agentes de un sector –en este caso al cinematográfico–, al medio para el que se trabaja y a los lectores. A estos últimos nos debemos los periodistas, y para honrar ese compromiso y exponer con sinceridad el lugar desde el que hablo, es que me parece importante dar a conocer lo que sigue. 

Concuerdo con lo dicho por el colega ecuatoriano Christian León en la introducción de su libro El oficio de la mirada. “La crítica –afirma León– es la práctica de la interpretación para la construcción social del sentido de las películas, la apertura del debate público y la legitimización de la experiencia cinematográfica”. Esta columna en Diario Criterio se publica desde mayo de 2021, y su inicio coincidió con la reapertura general de las salas de cine en Colombia, luego de las restricciones ocasionadas por la crisis del covid-19. 

Puede leer más de Pedro Adrián Zuluaga: ‘Rifkin’s Festival’ de Woody Allen: Sísifo o lo posible

Aunque he tenido libertad editorial para escribir sobre películas disponibles solo en plataformas de streaming, he preferido, en la mayoría de columnas, seguir hablando de obras que se estrenan en salas, como una contribución –pequeña, sin duda, pero la única que tengo a la mano– para que un sector tan golpeado como el de la distribución y exhibición de cine se reactive, y que lo haga preservando las posibilidades de existencia de películas arriesgadas y minoritarias.

No siempre es sencillo permanecer fiel a ese propósito. La pandemia fortaleció el consumo online y doméstico de películas. Entre tanto, la circulación de cine independiente, nacional o periférico en relación con la oferta mayoritaria de cine estadounidense, ya incluso antes de la pandemia mostraba señales muy ambivalentes. Si bien nacían proyectos como DOC:CO, Interior XIII o Distrito Pacífico, entre otros, también era claro que las distribuidoras con las que había crecido la cinefilia colombiana en las décadas de 1990 y la primera del siglo XXI, como Babilla o Cineplex, daban señales de cansancio. Por su parte, la oferta de películas alternativas distribuidas por Cine Colombia, a pesar del músculo financiero de la principal empresa de circulación cinematográfica del país, mostraba también indicios de timidez.

Don’t Look Up‘, estrenada en Netflix y protagonizada por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, se convirtió en un fenómeno mediático que dominó en épocas navideñas.

En las semanas de diciembre y en esta primera de enero, por poner un ejemplo, fue difícil conservar el apoyo, desde esta columna, a la cartelera de las salas de cine. Los estrenos más interesantes fueron directamente a Netflix (al menos en Colombia, pues en otros países pasaron por festivales y salas), como ocurrió con El poder del perro y Fue la mano de Dios, películas que, en contravía de lo que suele ser el contenido original o producido por la empresa reina del streaming, casi siempre excesivamente calculado y convencional –aunque no lo parezca–, tenían algo de complejidad y libertad creativa (especialmente la película de Jane Campion). 

Puede interesarle: ‘Fue la mano de Dios’: el cine como redención

Luego asistimos al fenómeno mediático de Don’t Look Up, una película que dominó la conversación pública sobre cine en los días de su lanzamiento navideño. Las reacciones a favor y en contra fueron tan predecibles como la película misma. Frente a esa máquina avasalladora de publicidad gratuita en la que se convierte el debate en redes y medios sobre una película como la dirigida por Adam McKay, el crítico cumple un papel muy poco relevante, pues el sentido social de las películas ya viene prediseñado. Y no se trata de que, como crítico, extrañe una voz de autoridad, o tal vez sí. Es, sobre todo, casi doloroso experimentar la evidencia y el vértigo de una manipulación colectiva originada y decidida fríamente desde una película que pretende tener una posición crítica sobre aquello de lo cual habla, pero que en realidad es parte de lo mismo que denuncia.

¿Habría que, en todo caso, meter baza en la conversación pública e intentar, a pesar del desbalance de fuerzas, hacer evidente la contradicción intrínseca de un producto como Don’t Look Up? Quizá sí, o tal vez sería más sensato y estratégico proponer un giro, por pequeño que sea, en el diálogo social sobre las películas. En la misma semana que se estrenó la exitosa película sobre un hipotético fin del mundo en Netflix, una distribuidora indendiente –Cineplex– se atrevió a lanzar la última película de un cansado Woody Allen. Me refiero a Rifkin’s Festival. En otros tiempos el estreno de un filme de Allen era un acontecimiento para los cinéfilos de cualquier país; hoy, es un pie de página de la información cultural.

En otros tiempos el estreno de un filme de Allen era un acontecimiento para los cinéfilos de cualquier país; hoy, es un pie de página de la información cultural.

Rifkin’s Festival compartió fecha de estreno con #TeSigo, una comedia francesa dirigida por Éric Lartigau, el mismo de La Familia Bélier. Pensé que escribir sobre la película de Lartigau, tan prediseñada –o eso suponía– como Don’t Look Up, equivalía a una validación tácita de esa oferta gris de comedias intrascendentes y títulos viejos con que Cine Colombia reactivó su circuito de películas alternativas, tras el prolongadísimo cierre de sus salas. Sin embargo, superé el prejuicio, vi #TeSigo y sin que sea la gran cosa, encontré en ella una película con un poco más de alma que la gélida Don’t Look Up, y que también habla de redes sociales y de la transmutación en la manera de relacionarnos unos con otros. No me pareció tan relevante como para dedicarle una columna, pero sí pertinente para sospechar de mis propios conformismos y juicios a priori

Puede interesarle también: ‘El poder del perro’: nada es lo que parece

Como todo suele ser paradójico, para la próxima semana Cine Colombia anuncia el estreno de dos películas con las cuales se ha comprometido en su distribución y exhibición. Son la colombiana Entre la niebla de Augusto Sandino y la francesa Petite Mamain de Céline Sciamma, audaces cada una a su modo y dignas de atención. Ojalá sean una señal de que la empresa del grupo Valorem inicia un año no tan lánguido como lo fue 2021. No es un mero capricho, lo que está en juego es la posibilidad de conversaciones menos reguladas. Y, quizá, la de un mundo no tan homogéneo.

4 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio