La verdad y sus enemigos

A propósito de la pronta publicación del informe final de la Comisión de la Verdad, según lo estipulado en los Acuerdos de Paz de 2016, quisiera ofrecer algunas reflexiones en torno al concepto de verdad. Cuando expresiones como hechos alternativos y época de posverdad permean el discurso, es inevitable preguntarse por la necesidad, y aún la misma posibilidad, de una comisión que lleva como objetivo principal ofrecer la verdad.

Hablar de verdad significa creer en hechos que son lo que son independientemente de cómo los interpretamos. Significa, además, creer en la existencia de criterios objetivos, compartidos, por medio de los cuales distinguimos los hechos verdaderos de las apariencias y las simples opiniones personales o subjetivas.

La verdad tiene varios enemigos, entre ellos el relativismo, el escepticismo y el dogmatismo, los cuales tienen una historia tan larga como la búsqueda de la verdad misma. Son dos caras de la misma moneda.

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En la época moderna, con un sistema económico capitalista que enfatiza la libertad y autonomía individuales, el relativismo adquiere una relevancia particular en tanto parte de la supuesta libertad moderna que consiste en la idea de que el individuo se constituye a sí mismo a partir de su propia voluntad y ya no está simplemente sujeto a lo que le asigne la sociedad o la tradición a la que pertenece. No existe mucha distancia entre ‘me constituyo a mí mismo’ y ‘lo que yo considero verdad lo es para mí.’

En las sociedades contemporáneas todos tenemos derecho a nuestra verdad porque comprendemos la libertad desde una perspectiva individual y nadie puede ocupar el espacio de otro en el mundo. Sin embargo, el gran problema de subjetivizar la verdad de esta manera consiste en que si hay múltiples verdades la verdad deja de existir en tanto toda aseveración termina siendo verdadera y falsa simultáneamente. Lo que para mí es verdadero otra persona lo puede considerar falso, y ni ella ni yo estamos equivocados. Cuando la posibilidad de error desaparece, desaparece con ella la posibilidad de encontrar la verdad.

El resultado de la postura relativista es la pérdida de la verdad misma como un concepto útil, creando así una infinidad de mundos donde nadie está errado nunca y donde no se puede ejercer crítica en tanto no hay manera de falsificar o verificar aseveración alguna. De este modo se pierde el mundo compartido, social, el único del cual se pueden hacer aseveraciones verdaderas o falsas. Sin embargo, el ser humano es social y político, y no puede vivir sin un concepto de objetividad, sin hacer una distinción entre cómo nos parecen las cosas y cómo lo son en realidad.  

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Si el resultado final de la Comisión de la Verdad fuera un informe estructurado con capítulos titulados: la verdad de los militares, de las Farc, los políticos, los secuestrados, los familiares de los desaparecidos, los paramilitares, etc., tendríamos un informe que no serviría de mucho para comprender lo que ocurrió. Si cada voz fuera autoritaria sobre su experiencia individual como verdad, desaparecería el evento común, se desdibujaría la objetividad, la realidad, y viviríamos en meros pareceres, doxa.

Sin un concepto de objetividad, un concepto compartido de realidad, no es posible luchar por una realidad más justa y digna ya que no existe una normatividad compartida que sirva de criterio comparativo contra el cual podamos acordar que la realidad está lejos de alcanzar el ideal que anhelamos.

Integrantes de las extintas Farc en la Comisión de la Verdad - Foto: Comisión de la verdad
Integrantes de las extintas Farc en la Comisión de la Verdad – Foto: Comisión de la verdad

Criticar es un acto social que requiere de un suelo común desde el cual se ejerce y que le otorga autoridad a la crítica en tanto aceptamos los criterios acordados. Si no fuera así, tendríamos un simple confrontamiento sin salida entre tantas posturas como seres humanos, donde renunciamos al intento de persuadir al otro, de cambiar su opinión, donde no nos interesa hablar de la realidad sino de nuestras opiniones. Sin este entramado conceptual compartido que llamamos realidad ya no tendríamos aseveraciones sobre el mundo que desean ser reconocidas por otros como verdaderas. La realidad le daría paso a la mera biografía. A un relativista no le interesa la verdad y por lo tanto destruye lo común.

Otro enemigo de la verdad es el dogmatismo. El dogmático vive en la certeza y cree no solo que existe la verdad sino que él la posee. Al igual que con el relativismo, aquí no hay lugar para el error. Y así como la verdad desaparece al ser relativizada, también desaparece al ser enunciada de manera dogmática en tanto lo que no tiene espacio para ser falsificado no puede aspirar a ser verdad. Y el que justifica su creencia simplemente con base en su certeza le cierra el espacio al posible error. El error es prueba de la existencia de criterios de verdad. A diferencia del relativista, quien acepta la verdad del otro siempre y cuando no intente imponerla como objetiva, el dogmático niega al otro de manera absoluta.

El opuesto del dogmático es el escéptico, quien ante la creencia en la verdad se pregunta: ¿cómo sabemos que no estamos errados? ¿Quién es vocero de la verdad y con qué autoridad? El escéptico siembra el manto de duda sobre cualquier asomo de certeza debido a la doble experiencia de, por un lado, encontrar opiniones opuestas a las suyas y, por el otro, estar errado sobre cosas de las cuales creía tener certeza. La certeza no es prueba de verdad.

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En la modernidad las antiguas fuentes de certeza, como la religión o la tradición, ya no son el fundamento compartido de verdad. Aún la certeza que ofrece la ciencia natural, que en la modernidad reemplazó a las anteriores fuentes, no es absoluta en tanto la ciencia tiene un proceso interno que asevera que algo se toma por verdadero solo hasta que es falsificado por una aseveración más sólida y consistente. La ciencia es un procedimiento en esencia escéptico. No existen verdades absolutas, últimas. En conclusión, el escepticismo no destruye la verdad, como lo hacen el relativismo y el dogmatismo, sino que le inyecta incertidumbre. Debemos siempre aceptar la posibilidad de estar errados en la búsqueda de la verdad porque es precisamente eso: una búsqueda o proceso. No tiene punto final.

Expresidente Juan Manuel Santos en la Comisión de la Verdad - Foto: Comisión de la Verdad
Expresidente Juan Manuel Santos en la Comisión de la Verdad – Foto: Comisión de la Verdad

Si queremos seguir creyendo en la posibilidad de la verdad debemos evitar tanto el camino del relativismo como el del dogmatismo. Solo queda el camino del escepticismo, el cual no destruye la verdad, como los otros dos. Más bien la resignifica como proceso y ya no como resultado. La Comisión tiene la difícil labor de convencer al país de la necesidad y el valor de asumir ese proceso sin el cual estamos abogados a la repetición de lo ya vivido. El que sea un proceso sin una declaración final y absoluta de la realidad será tomado por los enemigos de la verdad como prueba de su imposibilidad y por tanto de su irrelevancia o inutilidad.

La Comisión necesita evitar los precipicios tanto del relativismo como del dogmatismo. La importancia de abrirles el espacio a tantas voces como sea posible, incluyendo la de aquellos que no creen en la legitimidad del proceso de paz y, por ende, de la Comisión misma, es que aísla al dogmatismo al incluirlo en el tejido social. Es más fácil desenmascarar al dogmatismo y al relativismo por lo que son al vincularlos al juego de pedir y dar razones, a la conversación sobre la realidad compartida. Es en el intento por dialogar, así resulte en monólogos interminables, donde aparecen las inconsistencias y contradicciones, donde se asoman las motivaciones ocultas.

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Entre más voces haya, más fuerte será el tejido desde el cual pueda comenzar a asomar una verdad constantemente en juego, retada, interrogada, exigida. No habrá, ni es posible que haya, una verdad definitiva o final. Pero entre más voces hagan parte del tejido, menos difícil será desenmascarar falsedades como lo que son: falsedades. El error es el componente más importante en la búsqueda de verdad porque solo a través suyo tenemos certeza de estar más cerca de ella. Obviamente, esto presupone como condición primordial un esfuerzo por rescatar y ampliar tantas voces como sea posible. En un escenario donde haya voces silenciadas, exterminadas, el espacio social no será uno verdaderamente compartido.

Otra de las condiciones indispensables para que funcione un concepto de verdad en una sociedad es que en ella se compartan suficientes presupuestos, principios orientadores. Mientras no haya un mínimo de sentido compartido no podremos tener una realidad lo mínimamente estable para emitir juicios de verdad sobre ella. Estaremos hablando de realidades paralelas (los relativistas), sostenidas por un diálogo de sordos (los dogmáticos). No podremos luchar por un mundo más justo si primero no compartimos mínimamente una definición de justicia. Esta tal vez sea la labor más importante y a la vez el problema más complejo que enfrenta la Comisión: crear un fundamento lo suficientemente común para erigir sobre él un relato sobre qué pasó, en el que todas las partes involucradas, es decir, el país mismo, se reconozcan de alguna manera.

La búsqueda de la verdad no intenta solo describir la realidad sino cambiarla. No podemos darnos el lujo de vivir en un mundo posverdad, pues en él no podríamos considerar la realidad en la que vivimos como inaceptable. Tenemos el deber de creer en la verdad y la responsabilidad de aceptar el error en su búsqueda.  

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