Las cosas buenas del divorcio

No tengo la menor duda de que los inconvenientes del divorcio están sobre estimados. La pareja disuelta con hijos tiene mala prensa, se le tilda de indeseable a esta situación. Los psicólogos en masa se han dedicado a proponer infinitas teorías para “curar” en los niños los supuestos daños que les causa el rompimiento del hogar tradicional, y se piensa en la separación y el divorcio como tragedias en la vida de quienes lo han tenido que vivir, sobre todo desde el punto de vista de los niños a quienes, se supone, les destruye la vida, la estabilidad, la seguridad y la autoestima.

Y sí, a veces pasa, pero sin duda la tragedia o la crisis no se debe al divorcio, digámoslo de una vez por todas, se debe a la torpeza de los progenitores que, juntos o separados, de todas maneras, iban a hacer estragos en las mentes de sus herederos, porque la toxicidad de una mala relación es perjudicial bajo el mismo techo o en camas separadas.

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Eduqué dos hijos en el difamado marco del divorcio. A la mayor, Valentina la comencé a ver cada quince días desde el mes de haber nacido, es decir, mi hija mayor no conoce otro estado distinto a la separación, y Fernando, que llegó diez años después, supo que sus padres se iban a casas separadas a los tres años de vida. 

Hoy, cuando tocamos el tema, ambos, al unísono, aplauden la decisión de sus padres de haber partido cobijas y agradecen elocuentemente el haber crecido en dos casas distintas.  “A mí déjenme con mi doble vida”, dijo Valentina a sus 13 años, en un foro de su salón, en el que se les preguntaba cómo se imaginaban a los hijos de padres separados, sus vidas y si sus progenitores decidieran volver a unirse como pareja.

Fernando, a su vez, entiende perfectamente que sus padres estén separados, lo que no entiende es que alguna vez hayan estado juntos. Y bueno, en cuanto a mi se refiere, puedo decir que la convivencia cerrada no es la única opción para cultivar hijos sanos física y mentalmente. Proponer que la pareja viva en espacios separados resulta políticamente incorrecto y, por ahora no lo voy a hacer, no quiero perder a los románticos que lean estas letras, lo que sí quiero expresar es que el divorcio entre gente respetuosa y civilizada tiene grandes ventajas y aquí va la primera: ¡fines de semana sin hijos! Yo sé que los padres de hogares estables o los que tienen pareja nula, es decir que tuvieron a “la bendición” con un partner que se desapareció y no se ocupa nunca de los hijos, me entienden. 

Hijos opinión
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Esos padres, unos y otros, saben lo que es tener a los hijos 7 x 24 todos los días del año.  En cambio, los divorciados, después de pasar por la ruptura, la separación, el duelo y, no lo voy a ocultar, un par de furruscas por los tiempos con los niños, tenemos a nuestro favor, cuando la cosa está bien organizada, por lo menos dos fines de semana al mes para nosotros. Maravilla, ¿no? Dos veces en el mes en que la noche del viernes y el fin de semana nos pertenecen, con la tranquilidad de que la prole está divinamente cuidada por el otro responsable de su existencia. Envidiable, yo lo sé. No se da fácil, hay que anotarlo, pero no es imposible, todo lo contrario, es muy posible siempre y cuando los involucrados sean respetuosos del fuero del otro progenitor. 

Muchas ventajas tiene la vida de separado con hijos, repito, cuando el cómplice necesario en la progenitura es civilizado y respetuoso, cuando se parte del principio de que el otro, el o la que se fue, es la otra mitad de la vida de nuestro adorado hijo o hija y no amenazamos, criticamos, saboteamos o rechazamos el mundo, la vida, las costumbres y la cultura familiar que inevitablemente encarará el heredero cada vez que visite el hogar del padre que corresponda. Esta pluralidad de universos afectivos ofrecida en armonía y respeto construye en los participantes versatilidad en el manejo de la realidad y entrena para la convivencia en múltiples escenarios. 

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Enfatizo en que no estoy proponiendo la destrucción de la pareja tradicional a pesar de que en lo personal la considero una institución anquilosada y peligrosa, lo que propongo es que aislemos ciertos elementos de la vida de los divorciados y los pongamos al servicio de la educación de los jóvenes, así sea en un esquema tradicional o en uno de pareja abierta. Los viajes, por ejemplo. 

Acerca de mis hijos de 32 y 22, ambos viviendo independientes, ella en Canadá y él en Gran Bretaña,  los dos con estupendos prospectos profesionales y afectivos, juntos gozando amorosas y armónicas relaciones con sus madres, es justo publicar que uno de los espacios en donde construimos gran parte de lo que hoy disfrutamos fue en los viajes. 

Desde su infancia viajé mucho con los dos, a ambos los llevé siendo muy niños, a cuanto viaje pude, ya fuera de vacaciones o trabajo, no importó la distancia o el destino, íbamos juntos en condición de compañeros de viaje y, claro está, eran periplos en donde nos relacionábamos directamente porque no había otro adulto en la foto, éramos ella, o él y yo. 

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Los viajes desactivan las estructuras de la vida cotidiana y obligan al adulto a contar con la participación del menor en la solución de situaciones sorprendentes, nuevas y cambiantes. Los viajes con uno solo de los padres construyen y energizan aspectos de la relación que no se activan de otra manera. La solidaridad, la conversación, el interés por los gustos del otro, la toma de decisiones en conjunto, la intimidad del viaje en automóvil, o en el avión o en el crucero, no importa, en cualquiera de sus formas los viajes abren dimensiones nuevas a la relación con los “locos bajitos”,  de alguna manera reforman la estructura de la relación y permiten aproximaciones al territorio de la amistad y la confianza. 

Viajar solo con los hijos es una actividad altamente recomendable, aun para las parejas estables, no separadas.  Pasa con esto como con las guerras,  hay inventos como el avión, que si bien es cierto se pensó para el combate,  mucho sirve cuando hay paz.  Lo mismo pasa con los viajes al estilo “divorciados”, oxigenan a la pareja y construyen la familia. ¡Denle un pensado!

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