‘Las niñas aprendemos en silencio’: fragmentos de una infancia

Son muchos los caminos que puede tomar una persona para narrar su propia vida en un libro. Por ejemplo, en El libro de las aguas (2002), el ruso Eduard Limónov ata sus vivencias a los cuerpos de agua que conoció a lo largo de su vida: a mares, ríos, estanques, fuentes. En Colombia, donde el género de testimonios literarios ha cogido fuerza, existen ejemplos notables.

En Viejos pactos (2021), de Álvaro Robledo, la fuerza centrífuga es el universo esotérico; en Restos orgánicos de un mundo anterior (2020), de Paul Brito, el trazo de la vida del autor se dibuja en torno a la enfermedad de su madre; y en Corea: apuntes desde la cuerda floja (2015), Andrés Felipe Solano hace de su cotidianidad en Corea del Sur un diario que se divide en las cuatro estaciones del año.

Más de Christopher Tibble: Pólvora, fútbol, reguetón: un viaje a “Salsipuedes”

A este género pertenece Las niñas aprendemos en silencio, de la editora y periodista bogotana Catalina Gallo, una de las novedades que sacó la editorial Laguna en esta edición de la FILBo. No se trata de la primera vez que ella publica una obra testimonial: en 2016 sacó Mi bipolaridad y sus maremotos (Temas de hoy), un libro donde narra “una aventura por las profundidades de la mente que todos deberíamos emprender”, como escribe su prologuista, Mario Mendoza. Su nueva obra va más atrás: se centra en el mundo de su infancia. 

Las niñas aprendemos en silencio, Catalina Gallo
‘Las niñas aprendemos en silencio’, Catalina Gallo

Las niñas aprendemos en silencio no es, sin embargo, un testimonio de niñez convencional. El libro no tiene una tensión central ni un conflicto que temple la narración. Tampoco recurre a un clímax o a un desenlace. Los personajes secundarios orbitan en el cielo de la historia y solo ejercen su influencia sobre la narradora en momentos puntuales. Es, más bien, un libro suelto, fragmentado, un ejercicio de precisión lleno de aire y de espacios en blanco: la mayoría de los más de 80 capítulos que componen el libro tienen tres párrafos o menos. 

Le puede interesar: ‘Almendra’, el relato íntimo de un mundo sin emociones 

En el primero de ellos, titulado “Retazos“, Gallo nos dice: “Fue en mi infancia cuando aprendí que mi vida es la unión de retazos, con telas negras, de chochos, de flores, unas menos rotas que otras, algunas deshilachadas”. Luego asegura: “Retazos de pasados lejanos, de hace un día, telitas que deja nuestra vida en la memoria, y los cosemos como podemos. O no los cosemos, solo los dejamos ahí, porque, aunque incomodan y duelen, su tela es hermosa”.

Esta última frase es, quizá, la clave para descifrar Las niñas aprendemos en silencio: durante las 171 páginas del libro, los lectores nos asomamos a una profusión de retazos individuales, que la autora no cose en una colcha grande, sino que opta por mostrarnos por separado. Esa decisión insufla al libro de una extraña libertad, como si Gallo nos pidiera a los lectores que combináramos los retales a nuestro antojo. Nos ofrece la libertad de imaginar y trazar las junturas. 

Catalina Gallo - fotografía 2
Catalina Gallo

En cada capítulo, Gallo nos cuenta una escena de su niñez. Nos habla de la casa en la que creció y de los viajes a la tienda de la esquina donde el tendero les fiaba a sus padres. De la vergüenza que sintió cuando se orinó en los calzones y de la sensación de parecer un niño después de pasar por la silla del peluquero. De las tardes cuando jugaba parqués en el cuarto de las empleadas y de las veces que su hermana se hacía la muerta para asustarla.

Muchas de las escenas de Gallo se centran en mostrar primeras experiencias, en describir cómo las emociones se abren campo dentro de los niños y empiezan a crear su relación con el mundo. Reunidas, las escenas se leen como el manual de una educación emocional, como la hoja de ruta a la intimidad de un tejido afectivo. 

2 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio