‘Las vanidades del mundo’: los secretos y las penas ocultas de la familia

Después de quedar como finalista del Premio Clarín de Novela, el sello Literatura Random House publica en el país ‘Las vanidades del mundo’, la ópera prima de la escritora antioqueña Estefanía Carvajal. Una reseña. 

La narradora de Las vanidades del mundo, la primera novela de la periodista Estefanía Carvajal, nota un detalle curioso durante el velorio de su tío Enrique: su abuela materna –la madre del difunto– no ha derramado ni una lágrima. “¿Qué cara debe hacer una madre que acaba de perder a su hijo? ¿Debe llorar a mares? ¿Debe gritar tan fuerte que la escuche todo el pueblo?”, se pregunta en el funeral, al tiempo que escruta el rostro indescifrable de su abuela. Ella sabe que, por haber sido homosexual, su tío Enrique tuvo una relación complicada con su familia, pero quiere saber más. Quiere entender, escarbar, revelar las cargas emocionales de su genealogía.

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A partir de ese momento, la narradora se transforma en una detective amateur, dispuesta a recorrer las calles de Bello, Antioquia, para saciar su curiosidad. “Somos una familia –nos dice a su público– que prefiere evitar las conversaciones incómodas, como casi todas las familias”. Y son justo esas conversaciones las que ella decide tener a lo largo de la novela de 218 páginas, entrevistando a allegados y a parientes, hurgando en su linaje, incluso remontándose en sus pesquisas a los años de la colonia. Su misión detectivesca es clara, evidente: no por nada siete de los nueve capítulos del libro incluyen la palabra “preguntas” en sus títulos. 

En las primeras páginas del libro, desentrañar la vida del tío Enrique parece ser el propósito de su investigación. Incluso se deja entrever la posibilidad de una trama policiaca después de una larga escena en la que la narradora y su madre atraviesan Medellín en carro para asistir a la audiencia en la que van a conocer al asesino de Enrique. La idea cobra aun más fuerza en un cafetín de ajedrecistas, cuando se empiezan a revelar detalles de la vida desaforada del tío, y en otra escena, narrada magistralmente, en la que un cura intenta exorcizarle su homosexualidad. 

Las vanidades del mundo libro
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Poco a poco, sin embrago, los intereses de la narradora se amplían. Se hace evidente que la biografía de Enrique es, en realidad, el punto de partida para contar las tribulaciones de toda una familia. Ese viraje introduce nuevos personajes, y en un segundo plano relata con creatividad la evolución del municipio de Bello, pero se afloja la tensión que había templado la historia hasta ese momento. Por otro lado, a medida que la historia avanza, la estructura de los capítulos se vuelve repetitiva. En casi todos, Carvajal acude al mismo esquema: entrevistadora y entrevistado hacen una actividad al tiempo que las respuestas de la entrevista le abren la puerta al pasado. 

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En sus mejores momentos, Las vanidades del mundo recuerda a esas grandes familias antioqueñas que aparecen en novelas como La historia de Horacio y El fin del Océano Pacífico de Tomás González. La narradora salta de una rama a otra de su árbol genealógico con agilidad y soltura, como un colibrí inquieto, detallando a partir de anécdotas absorbentes la vida de padres, tíos y abuelos. Descubre, por ejemplo, que un familiar terminó en la cárcel después de hacer un viaje para salvar a su esposa de un cuentagotas. Que otro tuvo una visión de la Virgen María después de robar unas mandarinas en el orfanato donde vivía desde los 4 años. 

La escenas y las complejas personalidades que surgen de las pesquisas de la narradora sostienen la trama de Las vanidades del mundo, si bien el libro por momentos se siente disperso, más como una colección de perfiles que como un único relato cohesionado. En esos tramos, es difícil saber hacia dónde exactamente quiere ir la novela, como si las ramas individuales hubieran terminado por encubrir el tronco de la historia. 

Estefanía Carvajal -
Estefanía Carvajal

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