Las variedades del mal

“A algunos les interesa subrayar su excepcionalidad, en un caso, y a otros su normalización, en el otro”.

En los últimos años se ha venido dando en Alemania un debate entre historiadores sobre el carácter excepcional del Holocausto con respecto a otras masacres en la historia, y sobre el papel del racismo de occidente en la aseveración de dicha excepcionalidad. Este racismo habría enceguecido a Europa sobre los cientos de millones de muertos regados por el mundo como consecuencia de su colonización del globo durante los últimos 500 años.

Solo cuando dicho grado de violencia fue ejercido contra ciertos grupos de la población europea se comenzó a hablar de una cesura en la historia a partir de la cual la poesía ya sería imposible; solo en ese momento de la historia la civilización habría revelado su carácter bárbaro.

Fue Aimé Césaire, en su Discurso sobre el Colonialismo de 1955, quien propuso una equivalencia entre el Holocausto y diversos genocidios ocurridos en la historia.

Varios historiadores recientes han encontrado en el pasado colonial alemán en África, a comienzos del siglo pasado, paralelos y antecesores de lo que ocurriría en los años treinta y cuarenta con la población judía, los romaníes, los sinti, los discapacitados, los homosexuales y los comunistas.

En la subyugación de la tribu Herero, en lo que ahora es Namibia, Alemania habría creado el antecesor de los campos de concentración.

Césaire propone que estos genocidios y matanzas coloniales nunca fueron registrados como tales simplemente porque sus víctimas no eran blancas.

El otro bando en este debate intenta mantener la excepcionalidad del Holocausto al asignarle diferencias cualitativas con respecto a toda violencia anterior. De esta manera, aceptando que la historia de la humanidad ha sido una continua lista de masacres y genocidios de unos pueblos sobre otros por razones económicas, sean de explotación, de expansión territorial, etc., con el Holocausto supuestamente aparece una violencia que no obedece a una lógica ni instrumental ni económica, y que tiene por fin último el aniquilamiento puro.

Con el Holocausto, supuestamente, aparece una violencia que no obedece a una lógica instrumental ni económica, y que tiene por fin último el aniquilamiento puro. Transportar en tren por miles de kilómetros a una niña griega judía de 4 años, hasta un campo de concentración en Polonia, para luego envenenarla con un químico mientras ella cree que está tomando un baño e incinerar su cuerpo en un horno crematorio para no dejar rastro alguno de su existencia socava cualquier lógica económica.

Lea de Luis Guzmán: Identidad y diferencia

La tarea de resaltar la identidad en medio de la diferencia, de un lado, y la diferencia en medio de la identidad, del otro, resume el proceso de un pensamiento reflexivo y crítico. Comprendemos mejor un objeto de reflexión en tanto establecemos simultáneamente paralelos con otros objetos similares (identidades) y particularidades propias a dicho objeto que lo distinguen de otros semejantes (diferencias). Un paso adicional en el proceso de reflexión consiste en hacerse siempre la metapregunta: ¿qué se busca en el énfasis de la identidad sobre la diferencia, o de la diferencia sobre la identidad?

Aplicando estas reflexiones al tema del Holocausto y otras masacres en la historia, debemos preguntarnos qué metas persiguen aquellos que proponen una equivalencia entre el Holocausto y la trata de esclavos, el exterminio del nativo americano, la matanza de armenios de parte del imperio otomano, el bombardeo estadounidense a Vietnam y Camboya; las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, etcétera.

Estados Unidos lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima, en el Pacífico, el 6 de agosto, y Nagasaki, el 9 de agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. | Foto: CTBTO.

Simultáneamente, debemos preguntarnos qué fin último buscan aquellos que desean mantener el Holocausto judío montado sobre un pedestal de excepcionalidad, intocado e intocable, dividiendo la historia en un antes y un después absolutos. Es posible que al entender la motivación de cada campo nos sea más fácil expresar solidaridades parciales con cada uno, manteniendo cierta distancia crítica al iluminar las motivaciones que determinan sus aseveraciones y los puntos ciegos a los que se exponen debido a ellas.

En contexto: África
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En el Congo, el imperio colonial belga masacró a más de cinco millones de personas. | Foto: Ultimate History Project.

En este debate particular al intentar responder esta pregunta nos encontramos de frente con Israel: posicionamientos con respecto a su defensa o su crítica, su legitimidad o su ilegitimidad. Por un lado, al defender la excepcionalidad del Holocausto se apoyaría la legitimidad del estado de Israel y, por ende, la de sus acciones, al poner de relieve el carácter excepcional de su nacimiento para justificar toda acción que permita su sobrevivencia.

Por el otro, al equiparar el Holocausto con múltiples masacres y genocidios, enmarcando a todos dentro de una misma lógica económica, se abre el camino para la interpretación de ciertas acciones del estado de Israel contra grupos minoritarios de su población (palestinos, beduinos) como obedeciendo a lógicas neocoloniales. Esto permitiría establecer ciertos paralelos entre algunas políticas del proyecto nazi y algunas de las políticas ejercidas por el estado de Israel.

El beneficio de una postura reflexiva, que no oculta ni identidad ni diferencia, consiste en la posibilidad de, por un lado, ser críticos de ciertas políticas del estado de Israel sin equipararlo al estado nazi, como lo hacen actualmente algunos radicales de izquierda; y, por el otro, defender el derecho de existencia del estado israelí sin por ello ser ciegos a algunas de sus políticas expansionistas, antidemocráticas y hasta colonialistas, como lo hacen aquellos que de manera instintiva defienden toda acción de Israel como legítima para su sobrevivencia.

De esta manera se logra poner al descubierto un mayor número de verdades parciales o perspectivas que pueden enriquecer nuestra reflexión sobre el Holocausto en sus diferencias y similitudes con otros eventos violentos extremos. Si a esto le añadimos el porqué a algunos les interesa subrayar su excepcionalidad, en un caso, y a otros su normalización, en el otro, obtendremos una comprensión más completa no solo del Holocausto, sino también —y, sobre todo— de nosotros mismos y nuestro posicionamiento con respecto al mundo en que vivimos.

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Al adoptar esta postura del “por un lado, por el otro“, sin embargo, se corre el riesgo de la falsa equivalencia de la aparente neutralidad entendida como condición sin la cual la verdad no aparece. Creer que toda perspectiva, en cuanto perspectiva, es equivalente a las demás, conduce a un callejón sin salida en el que solo nos queda renunciar a la búsqueda de la verdad.

¿Seremos capaces de rechazar posturas dogmáticas de identidad o diferencia sin caer en un relativismo que asume que toda perspectiva es igual de reveladora de aquello que tenemos delante? ¿Podemos criticar a aquellos que equiparan al estado de Israel con el estado nazi, sin volvernos cómplices de las políticas excluyentes y antidemocráticas de Israel con respecto a sus poblaciones palestinas y beduinas? ¿Podemos criticar a quienes utilizan el Holocausto como un as moral para realizar acciones evidentemente neocoloniales y antidemocráticas contra sus poblaciones minoritarias, sin ver en la relación entre judíos y palestinos un simple espejo perverso de aquella entre alemanes y judíos?

El tránsito del pensar reflexivo por este espacio intermedio entre la identidad y la diferencia ayuda a evitar posturas extremas: equivalencias morales de dudoso origen donde todos los gatos terminan siendo pardos, por un lado, o la afirmación del carácter bárbaro del ejercicio de la poesía después de Auschwitz, y solo Auschwitz, por el otro.

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