“¡Carajo! ¡Déjenme hablaaaaar!”

Un análisis de ‘Sin verlo venir’, el libro de memorias de la actriz colombiana Laura García que, para el autor, es mucho más que una biografía; “es una diatriba contra una sociedad aposentada en sus prejuicios”.

Por Hernán Darío Correa

Las memorias son un género literario asociado a la educación y por supuesto a la historia, en tanto suelen ofrecer las claves más profundas del curso de la vida personal y social, es decir, de las costumbres y los usos cotidianos, que un maestro del tema como Norbert Elias denominó “el proceso civilizatorio”. En el caso de Sin verlo venir (Planeta, 2022), cuyas potencias reveladoras, además del testimonio de una protagonista principal de nuestra vida durante los últimos 50 años, iluminan aspectos tan eludidos e intocados por la educación en el país y por las élites sociales, religiosas y políticas del establecimiento colombiano, como la sexualidad, el matrimonio, la familia y la autonomía de la mujer, más otros asuntos indispensables para dilucidar las lógicas de todas esas instituciones y valores, tales como la muerte, el amor, la amistad, el sentido de la verdad, la libertad y la responsabilidad. 

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En estas memorias, en efecto, se nos pone de presente ante todo que uno de los caminos que la generación de los nacidos desde mediados del siglo abrió para transitar hacia una contemporaneidad plena, y con ella hacia y desde la potenciación de la palabra de la mujer, ha sido el arte, y específicamente el teatro. 

Por eso no es azaroso que las memorias de Laura García hablen desde el fondo de la crisis de la familia burguesa, y al mismo tiempo en torno a la crisis mundial de las formas de vida de la sociedad de consumo, que se abrió a partir de los años sesenta; y a la emancipación de la mujer respecto del sexo como goce y como búsqueda de la libertad, haciéndole el quite a la reproducción familiar como destino inexorable de la mujer. Ni que discurran como sucesivas y dolorosas rupturas con la pacatería y la hipocresía de las élites de una sociedad que vive de los secretos a voces, y los recrea para jugar a una normalidad en la cual las primeras víctimas, que nos las últimas, son las mujeres. 

Ni que hablen desde la experiencia, con una lúcida combinación de autenticidad y franqueza; de decisión y coraje frente a los prejuicios imperantes; y con una mirada sobre la condición humana atesorada desde el repertorio de su carrera teatral como actriz, directora y educadora del oficio de las tablas, y de sus viajes por el mundo, hasta llegar a la escritura en primera persona.

Se trata del momento de su existencia en el cual los avatares de su vida íntima se juntaron con los de sus personajes, en una combinación de apertura escénica y de cierre vital generado por la pandemia, y le permitieron dar-escribir este grito de 350 páginas: “¡Carajo! ¿Déjenme hablaaaaar!” (148. Final de la Diatriba contra un hombre sentado, de Gabriel García Márquez, que representó en Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena, Bucaramanga, algunos pueblos del país, Londres, Nueva York y Ginebra, Suiza, Caracas, Guanajuato, San José de Costa Rica, Sao Paulo, entre muchas otras ciudades del mundo).

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Lúcido, poético, lleno de certezas a las cuales se llega dando los rodeos propios del ensayo-error de la vida y de la actuación, el relato es antecedido por tres epígrafes que anuncian el sentido, los logros y la universalidad de sus alcances. El primero, del insigne director de cine y teatro, Ingmar Bergman: “He tenido la capacidad de atar los demonios delante del carro de combate”. El segundo, de Walt Whitman: “La cópula no es para mí más vergonzosa que la muerte. Creo en la carne y sus apetitos. Ver, oír, tocar, son milagros, y cada parte de mí es un milagro”. Y, por supuesto, Safo: “Dicen algunos que nada es más hermoso sobre la negra tierra que un escuadrón de jinetes, o de infantes, o de naves. Pero yo digo que lo más bello es la persona amada”.

El itinerario de la búsqueda del amor, y el forjarse una educación y una habitación propia dentro de las artes escénicas y del repertorio de sus actuaciones teatrales, son las dos líneas narrativas que tejen lo que en realidad es una diatriba contra una sociedad aposentada en sus prejuicios, en la cual salen a flote varios prismas de realidad nacional, que se convierten en claves para desentrañar nuestros nudos nacionales de hoy: las masculinidades elusivas, las pasiones tristes en las relaciones íntimas y colectivas, los extravíos de la paternidad y la maternidad; junto a explosiones de verdad, de sentido y de alegría propios de la fiesta y de las fraternidades que construyen comprensión del ser humano y de la vida, y se recrean con el arte, la amistad y el amor.

Laura García actriz colombiana
Laura García, actriz colombiana

Por ello la narración resulta intensa, incesante, implacable… Porque combina la propia experiencia de la autora en sus relaciones, y las lucideces atesoradas a lo largo de las obras representadas, en una trenza de vida en la cual asumió una ruptura profunda con el catolicismo, y especialmente con las lógicas cristianas donde se han refugiado nuestras violentas élites políticas y sociales, sobre la base de un conmovedor compromiso con sus verdades personales, que la llevaron a afrontar, siempre, el dolor, y desechar el sufrimiento:

El dolor es un estilete que entra y sale limpio, pero que nos embiste las arterias como un cateterismo toril, que no es piadoso, sino subyugante, esotérico, minimalista, como la música de Philip Glass o Arvo Pärt. (…) Puede olerse: a amoniaco, quizás. A alcantarilla. A flor en el ojal. Se puede tocar, porque salta en centellazos, en curvaturas. Se puede mirar en la súplica del ‘grand finale’ que aparece en los ojos incrédulos del doliente. Del doloroso. Y se puede sentir cuando uno lo porta, como una brasa que viaja en el tiempo, le da la vuelta al universo, y vuelve delante de uno a decirle que ella, la erinia, no perdona el descanso. Muerde y no suelta“.

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“(…) Esa es su génesis, recordarnos que también por el dolor vivimos. Somos dolor. Somos agua. Somos uñas y cabellos que no paran de crecer ni después de morirnos. Uñas que han marcado dolor en rostros de hombres infieles. Cabellos que han procurado placer, a otros, también infieles, en el acto del amor, que casi llega al dolor, pero que es lo único en la vida que se detiene hacia las tres cuartas partes de su vía y nos hace creer que somos inmortales: el árbol en una vereda de urapanes; el punto donde el río cae, antes de que caiga, cuando la espuma es más noble y nevosa; o el sol amarillo que cuece las pieles y las tiñe para la seducción” (páginas 239 y 240).

El relato se apoya en dos listas de memoria: la de sus amantes, y la de sus personajes. Y la sola caracterización de cada uno dentro de ellas, arroja luces sobre lo que, en su momento, en los albores de la época de su vida, alguien definió como la opacidad nacional, cuando desde una revista como Mito se clamaba por una contemporaneidad inexistente en el país, y este, además, estaba anegado de sangre y atrocidades… Y este libro, a su modo, es un testimonio del dolor que ha costado lograrla, y disipar esa opacidad desde la vida y la construcción de su mirada, en el caso de esta mujer en tanto amante, madre, amiga y ante todo, artista.

En cuanto a las masculinidades, van apareciendo desde su infancia las primeras rupturas del patriarcalismo que alcanzó a permitir arcadias dentro de contextos de la hacienda caribeña, cuando su abuelo era gerente de la United, en Santa Marta, durante los hechos de las bananeras, y su abuela, sabia matrona samaria, recreó la gran casa matriz de la artista que narra. A partir de allí las masculinidades se despliegan en sus relatos de vida como rondas de perfiles de ausentismos, incapacidades para el amor, desprendimientos y generosidades que ocultan indiferencias e imposibilidades de reconocimiento del ser pleno al cual se palpa eróticamente, hasta ir dibujando una estela del ser masculino en una sociedad que aún no logra descifrar el reemplazo de aquel mundo de patriarcas atado a sus negocios por encima de todo, que reemplazaron la voz prepotente y la juntaron con la de los fusiles, y la mentira.

“Un pueblo campesino de patriarcas con poder en la voz, no en los fusiles”, decía un viejo poema del folclor antioqueño titulado Siquiera se murieron los abuelos, arrasado por el vórtice nacional. Y ahora, desde la cama, Laura descifra: “Rapidito # 8, quizás no sabrá nunca lo que es todo eso. No tenía paciencia ante nada. No besaba con paciencia. No yacía con paciencia. Solo calculaba con paciencia lo que iba a decir luego con su voz profunda” (página 240).

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Sobre su intimidad con la creación, Laura nos cuenta:

El público pregunta si uno sufre de verdad cuando actúa en un drama… Podría responder así en mi caso: el ponerse en una atmósfera de luto o de altísima tensión emocional, así uno sepa que es ficción (aunque sea basada en hechos reales), es como meterse en una cueva llena de murciélagos, liendres, mariposas negras, ciempiés, arañas pollas, espinas, aguas estancadas, hediondez de algún cadáver humano o animal, negrura, ecos de gritos de pavor, de tortura, de lluvia ácida, de burbujas y ojos que miran debajo de las aguas estancadas, umbrías, que cruzan por detrás de la espalda que uno lleva desnuda: serpientes que le succionan a uno entre las piernas su líquido virginal, que también lleva desnudas; alas que te paran las lágrimas: el alma tronchada; el cuerpo, vencido, el aliento en punta, presto a aullar por un poco de aire limpio. Por un cuenco de agua. Y cuando eso, alguna de esas escenas acaba, el cuerpo sigue encorvado hasta el punto de descanso. Y no suelta tan fácil. Queda mustio por un tiempo. Al otro día hay que recomenzar” (página 241). 

Saltemos ahora al otro extremo: la comedia. Se me tiene por ser una actriz eminentemente dramática (me imagino que eso piensan los que saben), pero no lo soy. (…) Es un gozo, es como montarse en un tobogán de agua que a cada curva uno pega un grito, y cuando cae al final del serpenteo, toma agua en cantidad y se siente chiquito de nuevo. (…) Con # 9 hicimos comedias. Sí señor. Y nos atrajimos sin explicitud. El escenario, el abrazo en el escenario, el gozo de crear juntos y a la altura de ambos; las risas internas cuando nos equivocábamos en una escena y teníamos que ocultarle la risa al público: entonces nos cubríamos las espaldas, metafóricamente hablando; o el frente, mientras yo me reía y él le daba la cara al público y viceversa, esta vez sí literalmente hablando.

“(…) Otro día me encontró llorando en los bajos del escenario y preguntó el porqué. Yo le dije que sentía que no estaba siendo dirigida. Que yo quería crecer, crecer. Me contestó: ‘Su mercé es muy buena artista, no se preocupe’. Tan simple como eso. Una frase que todavía recuerdo, después de 43 años. Lo respeto y quiero tanto que no es indispensable contar lo que ya Usted lector, lectora, se imaginan. Pero pasó muchos años después. Como al garete” (páginas 243 y 244).

Y así, en este relato nos paseamos por el país y la vida del último medio siglo como un tobogán, un tiovivo, una fiesta y sus trasfondos oscuros interminables e intensos, que nos enseñan a vivir, a atesorar la experiencia cuando la reflexión y la pasión se refieren también a la verdad, al amor, al compromiso con el otro devenido en amigo, amante, espectador, en esencia, público. Y a la conquista, el ejercicio y el encuentro con el universo, desde la libertad:

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Mientras más indago en mí misma sobre el amor de mis hombres, y el que yo les di, me siento más nativa de este mundo, más franca, más intoxicada con la vitalidad y sus complementarias esencias masculinas que han atemperado mi flor; y luego, o antes del acto, han pulsado el magma que me desciende, cuando obturan su deseo en mi alquitara; esas donde crecen colonias de algas azules, por la luz que besa mis labios con su aliento de ‘petite mort’. A muerte dulce. Ese periodo de inconsciencia que nos diferencia del resto de la naturaleza“.

“(…) Y al final, nos reímos, nos señalamos las cicatrices, los huesos rotos, el tendón por donde entró una bala, quizá, las pelambres negras o rubias, o rojas; y nos echamos historias de nuestros padres; de nuestros hijos; de nuestros antepasados prósperos, o locos o revolucionarios o matones. O hablamos de la Vía Láctea, las hormigas culonas, María Callas o el Tuerto López; o del pueblo de donde vinimos, o del pueblo a dónde vamos. Nos apiadamos del país y nos preguntamos si alguna vez hemos pensado en dejar esta vida. Ahora no. Ya no. Ya por qué, si te tengo a ti, cabrón. Ya para qué, si te tengo a ti, cabrona. Y la nave va”. (Páginas 245 y 246).

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