‘Licorice Pizza’ de Paul Thomas Anderson: los años salvajes

Terminó la espera para el estreno de ‘Licorice Pizza’, una perla más de la apasionante filmografía de Paul Thomas Anderson, y segura protagonista de la próxima entrega de los Premios Óscar. Un filme-mixtura en el que conviven varias tradiciones cinematográficas revisitadas por un heredero travieso.

“Jugar con la imaginación y hacerlo con ferocidad y alegría”. Estas palabras, al parecer, fueron dichas por el director Paul Thomas Anderson al actor Bradley Cooper en el rodaje de Licorice Pizza. En esta película, Cooper interpreta a Jon Peters, peluquero, productor y pareja de una de las grandes estrellas del cine de la década de 1970: la actriz y cantante Barbra Streisand. Alana y Gary, los dos jóvenes protagonistas de Licorice Pizza, llegan a la mansión Streisand-Peters a entregar a domicilio la última novedad de la temporada –los colchones de agua– y se ven enfrascados en la que es quizá la escena más hilarante y estrambótica de una película que es toda ella un feliz desmadre, una elegía a la libertad de crear e imaginar mundos mejores que la vida.

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Imaginación, ferocidad y alegría son tres palabras que captan muy bien, no solo esta escena paradigmática, sino todo el espíritu de la más reciente película del director de Boogie Nights y Magnolia. Y también podrían aplicarse al cine estadounidense de la década de 1970, esos años feroces del Nuevo Hollywood a los que Paul Thomas Anderson regresa una y otra vez, como si en ellos estuviera el santo grial de la creatividad, el desparpajo y la rebeldía. 

Fueron directores como Scorsese, Robert Altman, Mike Nichols, Bob Rafelson o Peter Bogdanovich los que inyectaron energía a un Hollywood desvencijado y se tomaron el cielo por asalto, al romper en algunos casos el relato clásico con películas muchas veces oscuras y, en otros, con narrativas que generaron un nuevo consenso en taquilla como Tiburón de Steven Spielberg o Star Wars de George Lucas. Ese Nuevo Hollywood fue en realidad dual o capaz de desdoblarse en múltiples variantes.

Pero no es solo la década de 1970 la que encarna en Licorice Pizza. La película revisita tradiciones anteriores como el screwball comedy, un género de comedias alocadas que proliferaron en las décadas de 1930 y 1940 con enérgicos personajes femeninos, diálogos chispeantes y lances de amor. Todas estas características están presentes en Licorice Pizza pero filtradas por guiños permanentes al cine de los setenta, que en muchas películas había deconstruido con pesimismo el tópico de “chico encuentra chica”.

La película de Paul Thomas Anderson trae de regreso esa utopía constitutiva que funda las sociedades modernas: la posibilidad del amor. Y de un amor adolescente. Se acogen así otras tradiciones: las narrativas de coming-of-age y de las comedias románticas. Licorice Pizza acompaña el paulatino descubrimiento mutuo de Alana (interepretada por Alana Haim, música con apariciones en videos musicales del director) y Gary (Cooper Hoffman, hijo del gran actor Phillip Seymour Hoffman). Ella de 25 y él de 15. Tanteo, seducción, rechazo, encuentro. Toda la química y la física de la amistad y del amor atraviesan a esta pareja en el marco de una California setentera reconstruida como una máquina de sueños de vivos colores, pero también de frustraciones.

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De ese centro de la película que son Alana y Gary, de su entrañable torpeza e inadecuación, de ese malestar adolescente que al parecer asegura hoy mejor que cualquier otra cosa el beneplácito con una película, de ese centro –digo– cuelgan otras historias y personajes menores que dan pie a apariciones de celebridades como el cantante Tom Waits, que interpreta a Rex Blau –un excéntrico director de cine– o Sean Penn, en el papel de un actor en trances patéticos y que es un homenaje al mítico William Holden. El otro “exceso” de la película es una banda sonora llena de canciones que garantizan una adhesión sentimental inmediata.

Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson
Tanteo, seducción, rechazo, encuentro. Toda la química y la física de la amistad y del amor atraviesan a esta pareja en el marco de una California setentera reconstruida como una máquina de sueños de vivos colores, pero también de frustraciones.

Aunque las excrecencias que le nacen a la película son divertidas en sí mismas, por momentos lucen también como muestras de virtuosismo sin sentido, algo raro en el cine de un director que fue capaz de hacer obras mayores como Petróleo sangriento o El hilo fantasma. Frente a ellas, Licorice Pizza es un divertimento, bienvenido y muy disfrutable por su ternura y calidez, pero sin la estatura de otras piezas casi perfectas de una de las filmografías más apasionantes del cine estadounidense contemporáneo.

Como el Tarantino de Érase una vez en Hollywood, Anderson se muestra fascinado con la desmesura de la época, de una ciudad –Los Ángeles– y de su cine. Ambos son herederos que nunca renunciarían a un legado que los constituye; pero han decidido enfrentarlo con una mezcla de candidez, ironía, desencanto, melancolía y travesura.  

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Además de la película en sí, algo muy indicativo de Licorice Pizza son las reacciones que ha suscitado. La conexión de nuestra época con la adolescencia perdida, o con los productos culturales que hacen manifiesta esta pérdida, merece considerarse y estudiarse. ¿Por qué tanta nostalgia de esos tiempos en que por lo general fuimos muy infelices? Tal vez el deseo de reecontrarnos con la torpeza del pasado nos libera por un rato de los fracasos de la adultez y la seriedad.

Licorice Pizza, Bradley Cooper
En esta película, Cooper interpreta a Jon Peters, peluquero, productor y pareja de una de las grandes estrellas del cine de la década de 1970: la actriz y cantante Barbra Streisand.

4 Comentarios

  1. De las peores películas que me he visto! Insulsa, cabos sueltos que no terminan en nada, cansona, hueca, historias paralelas que no concluyen, escenas y personajes que sobran, en fin….malísima!!

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