Huir al campo

Hace varios meses en Bogotá, como en el resto del país, la lluvia no cesa . La he sentido con una cierta inclemencia: en medio del tráfico salvaje, la contaminación, las ocupaciones que no terminan, el ritmo frenético, el frío constante en los huesos, el agotamiento al final del semestre, al final del año, con la sensación de bordear el fin del mundo, porque la lluvia excesiva nos recuerda que queda poco tiempo, que estamos como en el diluvio universal, al borde del fin de los tiempos. Pero no hay una barca común que pueda salvarnos porque en ella nunca han cabido todos, ni hay otro mundo al que podamos escapar.

En mi casa la humedad se ha metido por las paredes y ventanas, los marcos están oxidados, el moho se va extendiendo por una pared; aparecen goteras; la casa pide a gritos que la repare. Pero no deja de llover y la pintura tarda días en secar. Nada se seca: la ropa se siente húmeda, los niños se mojan diariamente al llegar del colegio, vivimos entre mocos, estornudos y malestar general. Nos encerramos más en sitios privados (otras casas, cines, museos, restaurantes, bares, tiendas); aún más porque Bogotá ha sido siempre una ciudad encerrada, con pocos espacios públicos para el goce de la vida con otros. Nos quejamos: maldita ciudad de la furia, Bogotá inhumana, decía el otro día alguien. 

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Sé que estas quejas ven la lluvia desde una habitación resguardada, en medio de los privilegios de una vida citadina, clase media, que se entera -a distancia- de habitantes de calle y perros abandonados que han muerto de hipotermia, de las inundaciones y deslizamientos en muchos lados en el país, de las pérdidas de cosechas, que suben aún más los precios de los alimentos. Claramente estas afectaciones no nos tocan de la misma manera. Pero creo que hay una sensación común de cansancio de la vida en Bogotá, acentuada por el diluvio, pero también por la precarización, abandono y deterioro de la ciudad.

Así me he encontrado por estos días con una ensoñación común entre las personas con las que he conversado: el taxista que me trajo al trabajo, el portero del edificio, amigos cercanos, la señora que trabaja en casa en las tareas domésticas, un par de estudiantes…en medio de la conversación y la queja surgía que imaginamos días más tranquilos, en la atmósfera respirable de un paisaje en el campo, de tierra templada; y huir de la ciudad. 

Sucre inundación
Los municipios más afectados por las inundaciones son San Jacinto del Cauca, Ayapel, Guaranda, Majagual, San Marcos, San Benito Abad, Caimito y Sucre. | Fotos: Jorge Martínez Hernández / Diario Criterio.

No es sorprendente. Al fin de cuentas esta es una ciudad de migrantes venidos de aquí y allá, en diferentes generaciones, para encontrar trabajo y oportunidades en un país tan centralizado, o escapar de la violencia y rebuscarse la vida. Y sabemos que cada fin de año queda medio vacía cuando muchos retornan a otras ciudades, a pueblos y zonas rurales donde tienen vínculos familiares o buscan lugares que les permitan olvidar el trajín de la vida metropolitana.

Sin embargo, en esas conversaciones he notado que la huida se imagina extendida. Hablando de eso con alguien, me dijo: “mira ahí esa señora, sale de Carulla muy ataviada, cruza la calle esquivando los carros que casi la atropellan, esquiva huecos, se mete rápidamente en su carro, seguramente va a un lujoso apartamento cerrado, y de ahí a otros sitios cerrados más. Incluso si tiene propiedades en el campo estarán cercadas, su vida pasa en el encierro, aunque con sus privilegios se pueda mover y viajar de aquí para allá”.

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He pensado que la imagen de la vida en el campo que algunos evocamos tiene que ver con una sensación de apertura, de tejer de otro modo los vínculos con los otros (humanos y no humanos), de asumir más intensamente la materialidad de las cosas: tener tiempo para cocinar los propios alimentos, y buscar alimentos locales, comer sin afanes, tomar el sol un rato diario y dar una siesta después del almuerzo, caminar por un sitio verde donde se respire bien, hacer con calma los trabajos y cuidados. Suena a una vida buena, sencilla, pero buena, un buen vivir, como lo llamarían movimientos populares latinoamericanos, pero con el toque de placer que deja sentir la noción de vivir sabroso. Una forma de existencia que, por las dinámicas de trabajo y productividad que tenemos, cada vez más se difiere, se nos escapa.

Y no es cuestión meramente de privilegio. Aunque seguramente en zonas rurales de países ricos, que no han tenido que soportar las formas de extracción, desposesión, violencia, que se han dado en los campos colombianos, se puedan dar rutinas más tranquilas. En todo caso son formas de habitar que comunidades en el país, pese a los daños que han padecido, han persistido en buscar, y que les han robado a muchos. A la vez que es un estilo de existencia esquivo para personas con considerables recursos. Su existencia, también la nuestra -la de tantos que podemos tener una mirada crítica al respecto- se va consumiendo en el afán de cumplir, producir, tener, consumir, descansar, para volver reiniciar el mismo ciclo una y otra vez. Las visiones económicas que exigen constantemente la búsqueda de crecimiento también nos condenaron a eso. 

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