‘Lo que no fue dicho’, la novela de cómo se hace y se revela un escritor

Un análisis del más reciente libro autobiográfico del bogotano José Zuleta Ortiz.

Por Hernán Darío Correa

Se trata de una historia plena de poesía, escrita desde la honda experiencia de vida de quien tuvo que preguntarse por quién era su madre ausente desde su infancia, y abrirse camino frente a la compleja figura de su padre, el maestro Estanislao Zuleta.

La profunda ausencia materna, y la fuerte presencia paterna en la existencia del personaje central -José, “huérfano con los padres vivos”, como lo define una de sus interlocutores del camino-, lo llevaron a abandonar su casa paterna a los quince años en busca de ser y de inventarse un lenguaje propio.

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Esta es la novela del camino y del tránsito de un prematuro lector infantil a un maduro escritor adulto. La historia de cómo se hace un narrador en un medio y una época como la nuestra de los últimos sesenta años -la edad de su autor-, construido como tal desde la aventura de la vida en pos de una independencia conquistada a brazo partido día tras día en un itinerario que abarcó los días y las noches de varias ciudades y regiones del país.

El relato es el punto de llegada de una vida que alternó sus pasos entre tres acciones siempre articuladas: vivir, leer y escribir, deambulando por Cali, Medellín, Bogotá y el Pacífico colombiano, aprendiendo los oficios más disímiles e inventándolo y registrándolo todo: desde lo más elemental de la existencia como un albergue o una cama, hasta la intimidad misma de los amores o de las amistades, pasando por los espacios y los momentos para jugar, leer y conversar con los seres de todos los tipos sociales que se fue encontrando, llevado de la mano de modo muy especial por mujeres que como Ariadna le van ofreciendo el hilo de sus sensibilidades para orientarse e hilvanar de su parte la escritura progresiva de un diario y luego de cuentos y poemas. 

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En el diario se fue haciendo una verdadera obra que por su implicación íntima y por su tono narrativo, puede interpretarse como una gran carta de cartas dirigidas a su madre, a su abuela, a su padre, y a sus hermana y hermano mayores, y por supuesto, a sí mismo en el reto de desatar los nudos de su identidad y forjar sus criterios y principios de vida, y sus afinidades electivas más profundas. 

La explícita carta a su madre, quien lo busca después de más de veinte años de ausencia y de silencio cuando sabe que es un escritor y le pide que escuche y que cuente su vida -esa vida no compartida por rupturas profundas que la condujeron al olvido de sus hijos-, se teje a partir de un cara a cara entre una mujer en el final de sus días, y el joven de 27 años que afronta con un estoicismo conmovedor ese encuentro que le permitirá desentrañar los vacíos más hondos de su historia, donde se combinan desde el aprendizaje de la forma de nombrarla, hasta tremendas reflexiones sobre la belleza y la fealdad, el origen de su búsqueda de ser escritor, la distancia irreductible entre dos seres que la vida separó, la diferencia entre hacer memoria y abrirse a los recuerdos, y el amor como sentimiento que resulta de la comprensión de la fragilidad de las historias personales.

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Como quien dice, la materia más auténtica de ser en el mundo y al mismo tiempo en la literatura, resuelta de un modo tan entrañable y tan comprometido que distancia a su autor de aquella condición humana quebrada moralmente de El Extranjero, el cual resulta inevitable recordar, pues de modo coincidente -como pude confirmarlo con José Zuleta-, este relato empieza como la novela de Camus: “Hoy ha muerto mi madre”

Pero dentro de la explícita carta a su madre que es el libro, dada la complejidad de la trenza de vida, lectura y escritura de la narración, otras suertes de cartas afloran en sus páginas: 

A su abuela le escribe: “Ahora que has subido a la alta ventana donde con letras negras se define nuestra suerte, deja que la memoria te busque, te frecuente, intentaré contener las imágenes que aparecen y huyen por el torrente claro. En la suave colina de la infancia rastreo algunas luces donde aún permaneces: gracia, canción, sustancia de las fiestas. La bondad de tus ojos buscaba la belleza, sabías atrapar las criaturas sólo con tu alegría. Así como los ojos de la yegua en la noche, puedes ver el camino que transito en tinieblas. Enséñame un lugar. ¿Dónde la luz?  ¿Dónde la penumbra? ¿En qué ventana de la alta noche florecerás ahora?” (203).  

Una explicita carta a su madre, quien lo busca después de más de veinte años de ausencia y de silencio cuando sabe que es un escritor y le pide que escuche y que cuente su vida.

A su hermano, que ha dejado atrás las conversaciones y las lecturas compartidas de la infancia después de su propio tránsito hacia la vida adulta, lo interpela dulcemente: “Sobre la banca, en la tarde, cuéntame, cuéntanos, así solo quieras hablar del vuelo de los pájaros, háblanos de ese que fuiste hace años. Ese que permite a tu soledad ser lo que temes, háblanos de lo que amaste, de lo que perdiste. Tú, el caminante de las últimas cumbres, cuenta conmigo, aunque no me cuentes nada”. (159). 

Y a su padre, con quien habla en la distancia o a quien alude a lo largo del libro a partir de sus potentes expresiones como la “búsqueda de una altísima existencia”, le hace confidencias y le perfila diferencias tan rotundas como la siguiente, desde su retiro de meses entre la selva y el mar, que tal vez ilustra el tono de sus certezas de vida más allá de la complejidad de su relación con aquel: “Escribí una carta a mi padre que nunca le envié, en una de sus páginas decía: ‘Aquí en la quietud de este olvido, encuentro un paso lento: el de la respiración de un mundo simple. La ilustración no es obligatoria. Querido Kant, deberías haber venido a Mulatos”.

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Dedicada a su abuela paterna, Margarita Velásquez, cuya tutela no abandonó nunca, y cuyas lecciones de vida atesoró para orientar su vida desde la diferenciación del camino intelectual propuesto por su padre, siempre tuvo presente sus sentencias: “La verdad verdadera está fuera de los libros, en la vida, en el mundo” (109), y decídete a ser desde el estilo, la estética, la insinuación de las cosas, el silencio, el ocultamiento, el deseo, la imaginación, el hedonismo y el juego, siempre y cuando “evites los días idénticos, y no te repitas” (138).

Pero también, y allí está una de las honduras más conmovedoras del libro, derivó como transhumante con el eco de “la armonía de las palabras que leía mi padre”, y la búsqueda de la belleza que lo distinguió. 

Y aprendió, entre esos dos designios a veces contrapuestos, que la verdad debe contener el error, la imperfección y la responsabilidad con la vida propia y la de los demás seres, con los cuales, siempre, fue recorriendo su propio currículo vital del aprendizaje de los más distintos oficios que le permitieron ir viviendo y asumiendo su libertad. Cuidador de conejos, oficiante de enfermería, ayudante de camión y de trasteos, jugador de ajedrez en los clubes nocturnos, ayudante de imprenta y creativo de publicidad, pescador ocasional y lector empedernido en un retiro de nueve meses en Mulatos, poblado del Pacífico nariñense, fueron empeños que lo fueron graduando en la carrera de la vida y en los peldaños de construirse como escritor.  

Todo bajo los principios tempranamente aprendidos de Epicuro, y los consejos de otros dos grandes interlocutores propios o de su padre: León de Greiff, quien como un secreto le enseñó desde niño que después de todos los avatares de la existencia queda la escritura; y un amigo ajedrecista, quien al oírlo leer un episodio literario descubrió que su aliento revelaba una pasión mayor que la del ajedrez -al cual dedicó y del cual vivió muchos de sus días-, y le prescribió que se dedicara a escribir. Más la gran lección que le dejó una mujer ciega a quien le leyó durante días enteros novelas y cuentos, sobre un escrito suyo: “Un lector no soporta que se use un hecho trágico y ajeno para que el escritor se luzca” (219).

Así, esta es la historia de quien se decanta como narrador desde la vida, desde profundas rupturas, encuentros y desencuentros con sus seres esenciales, pero también desde una apuesta propia por leer el mundo y describir la belleza con un lenguaje construido desde un temprano hallazgo del niño lector, a través de las lecturas en voz alta de su joven madrasta y de su padre: en la letra escrita anidan una música y un ritmo que definen sus potencias; y por construir con todo ello una obra desde un desciframiento poético de nuestros nudos personales y sociales, con una firme ética heredada y reaprendida, y una pasión amorosa que le permite no juzgar a sus mayores sino comprenderlos en sus propias tragedias, vacíos, apuestas y valores.

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Sólo dos ejemplos de sus hallazgos críticos que nos revelan como país, el primero de la boca de su abuela: “Recordé todo lo que le oí sobre la vanidad: los tímidos son los más vanidosos, tienen una vanidad secreta, reconcentrada, y pánico al ridículo, a que su propia imagen se les quiebre (…) La envidia es una de las formas más reconcentradas y retorcidas de la vanidad. Los que la padecen suelen sentir el reconocimiento o el éxito de los otros, como una cuchillada en el centro de su identidad. La pureza de espíritu y la humildad de los místicos suele ser también vanidad…”

Y el segundo de su propia experiencia, al regresar como ayudante de un circo, después de muchos años, al vecindario de su infancia en Medellín: “Hablé un poco con la gente del barrio, sentí que padecían la enfermedad de la autoafirmación que, como una peste, los había contagiado a todos, desde el señor que vendía cigarrillos menudeados hasta el dueño del lote donde acampaba el circo: ‘¿Usted no es de por aquí, cierto? Medellín es la berraquera, los paisas somos lo mejorcito, lo me-jor-ci-to’. Sentí mareo y miedo. Intuí que esa autoalharaca y su cacareo estaba enquistada en sus tuétanos como una tara, que esa seguridad les permitiría pasar por encima de todo, hacer cualquier cosa y ‘¿qué o qué?’. Ante lo que vi, deduje que la lucha por una ‘altísima existencia’ era una lucha que se estaba perdiendo. El mundo era más rudo, más rejas, menos tiempo, más gente, menos árboles. Vanidad feroz. Velocidad.” (135)     

Aquí se nos revela, pues, ya un autor maduro y pleno, en la cumbre de una obra de más de diez libros de cuentos y poemas que retoma por  momentos en este libro con episodios y textos sacados de su diario, donde nos cuenta la historia singular de su iniciación a la vida; y, por la profundidad de su experiencia y de su lenguaje, nos ordena y abre nuevas certezas y al mismo tiempo nuevas preguntas en torno a una generación como la de sus mayores, cuyos destinos se jugaron comprometidos con la búsqueda de transformación del país mismo, en la medida en que los y nos revela en nuestra condición humana más profunda.

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