Los niños de la guerra

Informa la JEP: “Las Farc habrían reclutado 18.677 menores de edad. Caso 07. Casi el 70% son menores de 15 años”. (Información de agosto 10 del presente año). Dicha cifra solo se refiere a los 20 años comprendidos entre 1996 y 2016. Y eso que las Farc operaron durante más de 50 años.

Toda guerra conlleva una dialéctica perversa. Si en la paz se premia a quien salva más vidas, en la guerra se condecora a quien más vidas siega; si en aquella se admira a quien más construye, en esta a quien más destruye; si en la paz se aplaude a la verdad, en la guerra a quien más logra a través del engaño; si en la primera producimos para mejor vivir, en la segunda se produce para mejor matar. En las guerras lo moral se diluye, se esfuma. Toda guerra degenera en la necesidad de sobrevivir, sin importar los medios; o peor todavía, en la infamia de tener que ganar a como dé lugar. Gran inversión de valores. La ética suspendida muy bajo tierra. Humanos deshumanizados.

Además de lo anterior, uno de los casos más perversos del conflicto que vivimos fue el del reclutamiento de niños para el combate. Realizado por parte de la guerrilla y de los paramilitares, aunque se datan muchos más casos en el campo de la primera que en el de los segundos. Y del ELN se sabe que tiene una especial preferencia por el reclutamiento de niñas. ¿Será que le sirven para algo más?

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Resalto solo unas muy pocas de las muchas situaciones.

Siempre y en toda circunstancia, el niño tiene el derecho a permanecer con su familia; a recibir su amor y sus cuidados; a dedicar un tiempo a sus juegos con sus compañeritos. Por su vulnerabilidad, tiene derecho a estar especialmente protegido; a permanecer en lugares seguros; a estar libre de amenazas y de malos tratos. Negados fueron estos derechos por ese reclutamiento de las Farc.

Hay, para los niños, un derecho especial, que es el de asistir a la escuela para recibir allí su educación. Un tema de trascendencia, porque la educación que se nos da en la infancia se une a nuestra vida de una forma definitiva; es como una vida adicional que mejora todas nuestras perspectivas; es algo que le añade mejor vida a la vida. Negado esto por ese reclutamiento de las Farc.

Por la condición que les impone ese enganche prematuro, en donde se los ejercita en el arte de matar, esos niños no pueden prepararse para acceder a los niveles superiores de educación, y poder mejorar así  sus condiciones. Fueron, entonces,  estos reclutadores generadores de unas  grandes desigualdades en el futuro de esos niños.

Las víctimas –simplifico- están definidas en la normatividad como  aquellas personas que hayan sufrido con ocasión del conflicto. Este caso tiene un remate diabólico. El menor así reclutado es una víctima; es una víctima que se convierte, también forzosamente, en un victimario. Victimario atípico, además, porque desarrolla las labores guerrilleras sin estar convencido de la justificación de su comportamiento. De allí que sufrirá, sicológicamente, en su niñez y por el resto de su vida, las culpas y los remordimientos de los que no padecerá el guerrillero profesional, que fue quien los reclutó y les robó a estos niños sus más bellos años. Y también las posibilidades de conseguir una vida mejor.

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