Mi nostalgia infinita por los trenes

Esta semana, mientras caminaba torpemente sobre los rieles de la carrilera en el corregimiento de Lomitas, del municipio de La Cumbre, ante la vía yerma, vacía y mustia, sentí una nostalgia infinita por los trenes.

Coloqué mi vieja oreja sobre el riel pretendiendo vanamente advertir la vibración del acero y el retumbo que me preludiara el paso de la felicidad en forma de tren. 

Pero nada.

Hace años no se le oye silbato ni estrépito a tren alguno por estos parajes. El contrato de concesión con Ferrocarril del Pacífico SAS fue caducado por la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) ante graves incumplimientos en sus obligaciones. Una historia dolorosa para el país. 

Me acordé de que cuando era niño vivíamos en Dagua, precisamente al frente de la estación del tren. Era un pueblecito adormecido, agorero, parsimonioso e indígena, que solo se excitaba cuando llegaban los trenes de carga o de pasajeros. Sobre estos raíles pulía sus sones el inmortal Petronio Álvarez, el maquinista de la locomotora de vapor La Palmera.

Dagua había sido fundado cincuenta años antes, cuando instalaron los talleres del Ferrocarril del Pacífico. La empresa donó los terrenos y se construyó un caserío que ha cambiado muy poco en un siglo. 

El parque automotor de Dagua no pasaba de dos berlinas que oficiaban como taxis y dos viejas chivas multicolores, de antes de la Segunda Guerra Mundial, que chirriaban parejo por esas escabrosas y polvorientas trochas hacia la Sultana del Valle o hacia Buenaventura.

Puede leer, de Pedro Luis Barco: La Buenaventura rural, desconocida y peor que la urbana

Pero, eso sí, el viaje en tren era un paseo glorioso. Cuando la locomotora de vapor llegaba a La Cumbre, jadeaba y resoplaba como bestia asmática, pareciéndome que quería devolverse pendiente abajo, entre “Pitos, humos, silbidos, relinchos y vapores”. Para mí, La Cumbre era un pedacito de cielo por donde pasaba el tren, un paraíso donde se apilaban todas las flores y todos los aromas. 

Recordé también que los trenes en Colombia arrancaron en el siglo XIX, pero apenas si alcanzaron a conocer el siglo XXI. Prácticamente desaparecieron de la faz de Colombia en 1991, cuando el Estado liquidó Ferrocarriles Nacionales.

En 1998, el Gobierno tiró la toalla y entregó la totalidad del sistema en concesión para que el sector privado “rehabilitara, mantuviera operara y desarrollara el transporte férreo”. 

Cuando pasé por la estación de madera de Lomitas, absolutamente destruida, rememoré que a los pocos años, las carrileras y los trenes se deterioraron y se chatarrizaron. Solo quedan algunos cementerios férreos donde reposan los restos carcomidos por la herrumbre y se esconde, avergonzado, nuestro orgullo.

En la década de los setenta del siglo pasado, habíamos comunicado, por vía férrea, a Buenaventura con Santa Marta. De eso queda muy poco. Es como si le hubiera pasado una aplanadora cósmica. O casi.

Porque, en realidad, solo transitan los trenes en los 250 kilómetros del tramo Chiriguaná – Santa Marta que opera Ferrocarriles del Norte de Colombia S.A. (Fenoco) para transportar carbón; y por el tramo de 50 kilómetros entre Bogotá y Zipaquirá, solo los domingos, en paseos turísticos. 

De resto, en el Pacífico solo funcionan, para ir a pasear al río San Cipriano, unas ‘brujitas’carretillas hechizas de madera con ruedas de metal, uncidas a motocicletas, para deslizarse por la carrilera. Es como si fuéramos para atrás, como el jogrecan.

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‘Brujita’ en la vía férrea del corregimiento Las Lomitas (municipio La Cumbre, Valle del Cauca). | Foto: Harvey Núñez / Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero.

La misma Fenoco reconoce que “es triste que Colombia, en más de 180 años, no ha logrado construir siquiera lo que los norteamericanos construyeron en los primeros 10 años de existencia del nuevo invento”.

Al tren lo acabaron unos bellacos, entre intereses creados, corrupción y desidia, que posan de ser hombres de Estado, no obstante, a que el trasporte en tren es mucho más seguro, uniforme, regulado, organizado y controlado que el carreteable; y más ecológico: una tonelada de carga contamina 4,5 veces más por carretera que por ferrocarril. Un tren puede equivaler hasta a 50 camiones. Es ideal para cubrir distancias largas entre grandes ciudades y puertos, mientras que los buses y camiones son muy versátiles en las cortas. Es decir, ambos se complementan.

Lea, de este columnista: Sin trenes modernos no tendremos desarrollo sostenible

Es claro que los retos y limitaciones para reactivar el transporte férreo en Colombia son abrumadores, pero en medio de tantas tribulaciones se ha abierto una pequeña ventana: en el Plan Nacional de Desarrollo Colombia, Potencia Mundial de la Vida quedó consignado el sueño de rehabilitar lo que tenemos: unir la Red Férrea de Occidente (Buenaventura-La Felisa, Caldas) con el Sistema Ferroviario Central (La Felisa-La Dorada, Caldas) para, a su vez, conectarlo con el corredor activo de La Dorada-Chiriguaná, Cesar, que ya está conectado a la Red Férrea del Atlántico (Chiriguaná-Santa Marta)

Además, quedaron los trenes de Cercanías: el tren del Río, desde Barbosa hasta Caldas, Antioquia; el tren Regional del Caribe que unirá 25 municipios de tres departamentos; Regiotram del Norte que conectará a la Capital con los municipios del norte de La Sabana; el tren del Eje Cafetero entre Manizales, Pereira y Armenia; y el tren de Cercanía del Valle del Cauca entre Yumbo, Cali, Palmira y Jamundí.

Pero no solo eso: en el Plan también quedaron los recursos para los estudios iniciales de la conexión Buenaventura con el golfo de Urabá, que es la obra que pretende unir los dos océanos por la parte plana del país y que, por su costo, sería financiada por el capital internacional.

***

Continué caminando torpemente por el riel, pero ya más animado, cuando me llegó a la memoria una mañana de 1963. Yo tenía 9 años. Me levanté para ir a estudiar y vi en la estación de Dagua un vagón del que salía una mano gigantesca que agarraba una antorcha.  

No pedí permiso, salí corriendo y me encaramé al vagón. Vi a un hombre de bronce con cara de loco, flaco y desnudo montado sobre el lomo de un caballo desbocado. La colosal estatua venía partida en dos vagones. Quedé aturdido, alucinado, como flotando.

Años después, cuando conocí Pereira, volví a ver a mi viejo conocido: era el Bolívar Desnudo del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, “sin medallas, espada ni oropeles”. 

La estatua de 14 toneladas había sido fundida en Acapulco, transportada en barco hasta Buenaventura y posteriormente en tren hasta la estación del parque Olaya Herrera de Pereira.

Cuando la volví a mirar en el parque Bolívar comprendí que este recuerdo y mi amor por los trenes se anclarían en mi ser para siempre. 

Lea, de Pedro Luis Barco: En Colombia ya no se manda ni un atado de panela por tren

16 Comentarios

  1. LUIS ALFONSO DELGADO GUZMAN

    compartimos. esta nostalgia, Dios y este gobierno permitan este logro y en un futuro cercano, poder ver y disfrutar de nuevo un transporte férreo en nuestro pais

  2. Yoquir Enrique Hernández ocampo

    Increíble recuerdo que hace reconocer la falta del ayer. Que posible para mucho obsoletos pero beneficioso si existieran

  3. Ernesto Díaz Ruiz

    Hola Pedroluis.

    Emotivo viaje por la memoria, que a veces le falla a la sociedad. Sistemáticamente se han borrado episodios de nuestra historia y la gente hoy no los conoce. Hace años escribí: “No se puede tener memoria de eventos de los que no se sabe nada”.
    Igual que en otras ocasiones, es tu virtud para conmigo, me devolviste a mi niñez y juventud.
    Tengo una relación parental con el tren. Tuve dos tíos que trabajaron en el los ferrocarriles. Mi recuerdo más temprano es a los 7 u 8 años: mi tío José que trabajaba en el ferrocarril de Paz de Río (había sido maquinista en La Mesa, Cundinamarca), me subió a la locomotora y me hizo jalar la cadena del pito… quedé paralizado, creo que mi corazón dejó de latir por un momento… el mágico estruendo, que siempre escuché de lejos, me retumbó por todo el cuerpo, mis oídos estuvieron silbando varios días.
    Eso fue en Belencito, un pueblo obrero enclavado entre Nobsa y Corrales, en la vía a Santander, lleno de rudos trabajadores extranjeros especialmente rusos, checos y rumanos. En el colegio, en Santa Rosa de Viterbo, sus hijos eran mis difíciles compañeros. Aún tengo relación con dos: Generado Manasevitz y Gerardo Artavia.
    Luego, fallecida mi madre y mi padre desorientado, fui internado en Mosquera, cerca de Bogotá. También allí me relacioné estrechamente con ese monstruo de acero, en sus vagones de carga nos colábamos mi hermano, un montón de pelaos y yo, para volarnos a la capital, donde nos escabullíamos entre los transeúntes de la Estación de la Sabana. Una vez, sin darnos cuenta, nos subimos en el que iba para la costa y terminamos en Facatativá.
    Con los años, ya realizador de cine, investigué sobre la desaparición del tren y encontré que había sido robado literalmente, hasta los rieles. En esa época cayó en mis manos (creo que me lo regaló la autora, pero ya no lo recuerdo) un ensayo llamado “El ferrocarril en Colombia” de Ana Cristina Páez Poggio, Psicóloga de la Universidad Cooperativa (no sé que tenía que ver el tren con su profesión y en el libro no lo dice). Allí, bien resumida y pletórica de fotos, mapas y datos, está la historia. Con este y otros textos, así como con cientos de horas de entrevistas, escribí una historia inspirada en parte por mi experiencia personal, sobre el tren en Colombia, la convertí en guion para cine, se llama “Camino de acero – Una historia de esperanza, voluntad y esfuerzo”. Algún día te la cuento.
    No solo se robaron el ferrocarril, también expoliaron su historia, que está ligada a nuestra historia, a la historia de país que soñaron nuestros abuelos y que, al parecer nunca fue.
    Los cineastas, escritores, músicos, en fin, los artistas, tenemos la obligación y muchos lo hemos hecho, de mantener viva esa llama débil pero perenne, que es el recuerdo del devenir de nuestras culturas.
    Disculpándome por la extensión de mi escrito, les dejo, con tu permiso querido PEDRO, este tema tan viejo como el recuerdo, del fenomenal Fruko: El Son Del Tren – Fruko y sus Tesos https://www.youtube.com/watch?v=HiJmBhbgPFE

    “Son del tren del camino que ha perdido su destino
    Soy viajero que lleva al espalda su condena
    Son de la vida dura, sin esperanza ninguna
    Son del pobre viajero que marcó su derrotero”

  4. Victor Hugo Díaz H

    La Memoria del pasado aún Futuro de Volver, el Transporte llamado Tren 🚂 de turísticos y toneladas de Materiales de cada Municipio del valle desde B/ventura hasta Cartago valle …..

  5. Colombia está llena de tractocamiones. Cualquier parqueadero a la vera de una vía principal y las mismas carreteras se ven llenos de esos transmisores del CO2. Ese negocio de los magnates del transporte de carga, propició la “muerte” del tren. Este asunto no solo es romántico, también es mensajero del desarrollo que se requiere. para salir de la pobreza en que vivimos.

  6. Humberto Botero Jaramillo

    Felicitaciones Pedro Luis por la excelente crónica sobre los Ferrocarriles Nacionales no olvides que la conexión también iba desde Popayan

  7. Muy bonitos recuerdos viaje muchas veces de Bogota a Santa Marta .Dios quiera que apoyen este gobierno y volvamos al tren .

  8. Luis Marino Quijano

    Qué nostalgias. Recuerdo cuando salíamos para irnos de vacaciones al paradisíaco Silvia, viajábamos en tren hasta Piendamó, porque él seguía para Popayán y nosotros, hermanos y primos seguíamos en bus subiendo loma, para llegar a “LA SUIZA COLOMBIANA”. Gracias Pedro Luis por ese recuerdo.

  9. Edgar Villalba Garzón

    Excelente historia, Señor Pedro.
    Me recuerda los años 70 del siglo pasado, cuando transitaba mis primeros años de VIDA, iniciaba la primaria, ya que por aquellos años solo se podía estudiar si cumplíamos los 7 años de edad, a pesar de ello vivía feliz en el puerto de La Dorada Caldas, ya que por el RIO MAGDALENA majestuoso en ese momento transitaban los REMOLCADORES que llegaban cargados de toneladas algodón, abonos, electrodomésticos, entre otros, generando puestos de trabajo a marineros como a quienes descargaban como coteros en el puerto.
    En la misma orilla veía el TREN DE PASAJEROS, el expreso tairona viajaba de Bogotá a Santamarta, el expreso del Sol de la Dorada a la costa un tren más rápido pero de solo dos vagones y un tercer tren de CARGA que abordaban quienes carecían de recursos con boletos a precios mas bajos, para personas que viajaban en el tren que a su vez transportaba carga. Dios quiera que en los próximos años pueda cumplir el anhelo de conocer este Bello País Colombia en TREN. Además porque nací en Girardot Cundinamarca, municipio en el cual el tren dejó huella, solo que salí de allí a mis 5 años.

  10. Yo he tenido la oportunidad de viajar por varios paises de Europa, tanto en tren rápido como en trenes de velocidad más baja, la sensación es de confor, de comodidad, es mejor que viajar en avion y mucho más barato.Uno no entiende como los gobiernos anteriores no hicieron nada por reactivar este gran medio de transporte que fomenta el turismo , recupera el comercio y permite mejorar enormemente la comunicacion entre muchas regiones de nuestro pais quitandonos el problema de lor trancones y destrucción de las carreteras por los enormes camiones de carga que hace tedioso viajar por tierra.DIOS permita que este gobierno pueda sacar avante este priyecto

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