Los misterios del pueblo indígena que inspiró ‘Perdido en el Amazonas’, de Germán Castro Caycedo

Colombia supo de los Yurí cuando Julián Gil, un exinfante de marina, se perdió en la selva en los años sesenta. Detrás de ellos hay una historia de un pueblo indígena que no quiere ser contactado para sobrevivir.

Por Gianina Bermúdez Pantoja

Las historias de caucheros, traficantes y grupos ilegales en el Amazonas coincidían en describir a una comunidad indígena diferente a las otras ubicada en las selvas del sur del país.

Una comunidad que parecía nunca haber sido tocada por la mano de la civilización occidental, que por años obligó a algunos pueblos a participar en tráfico de animales, minería y aprovechamiento forestal, entre otros.

Tal vez se supo más de ellos con la aparición de la familia apodada “Caraballo”, en 1969: un hombre, una mujer, dos niñas y dos niños que llegaron al corregimiento de la Pedrera, a 320 kilómetros de Leticia.

Y fueron llamados así por el parecido que tenía el hombre con el boxeador Bernardo Caraballo, un popular boxeador que en 1964 peleó por el título mundial del peso gallo.

Los encontraron en la operación de rescate de Julián Gil, la misma que inspiró al cronista Germán Castro Caycedo a escribir su libro Perdido en el Amazonas, de 1978.

Allí lo describió como “un exinfante de la marina que buscaba fortuna en el sur del país… había recorrido los ríos de la Amazonía canjeando toda clase de mercaderías, se había hecho un nombre en el mercado de pieles y soñaba con fundar un nuevo centro de abastecimiento en medio de la selva”.

Una historia que ya había sido contada por varios medios de comunicación, como el diario El Tiempo y El Espectador en marzo de 1969.

Los llamaron los Caraballo porque algunos afirmaron que el hombre se parecía al exboxeador colombiano.

También, en 1970, por el periodista y etnólogo francés Yves-Guy Berges, quien en su artículo La Lune est en Amazonie dijo: “En diciembre pasado (1968), un ciudadano colombiano, Julián Gil, comenzó una expedición inmensa en la jungla de 100.000 kilómetros cuadrados, en el suroeste del país, entre los ríos Putumayo y Caquetá. Y desapareció sin dejar huellas”.

Efraín Gil, el hermano del aventurero perdido, encabezó la búsqueda en la que encontraron a la familia “Caraballo”. Ellos llevaban en una de sus mochilas el hacha de Julián, y como lo relató Caycedo: “Efraín excavó una tumba en la maloca pensando encontrar a su hermano, pero halló una olla de barro colocada al revés, debajo de la cual apareció la cabeza de un cadáver envuelto en un chinchorro”.

Los Caraballo fueron tomados como rehenes por ser los posibles testigos de la muerte de Julián Gil y su compañero, Alberto Miraña. Aunque luego fueron liberados. Nunca se supo  más de ellos.

De Franco a De Noronha

El politólogo, historiador, antropólogo y ambientalista Roberto Franco García, en su libro Cariba Malo (2012), plantea que fue la etnia Yurí la que encontró el exinfante, en 1969, en las selvas del Río Puré.

En esa publicación ilustra lo que ocurrió desde 1969 hasta el presente. Y dice que el grupo sigue vivo y habita esas selvas. (Por ahora, no existe ningún otro estudio o investigación que desmienta la hipótesis de Franco).

Los Yurí, según Cariba malo, provienen de los Yurimaguas sobrevivientes y sus vecinos, los Ibanomas y Aisuares, que se fueron dispersando por diferentes ríos.

Algunas de las imágenes de las malocas de los Yurí.

A mediados del siglo XVIII ya no se hablaba de ellos si no de los Yurupixunas ( “bocas negras”), que incluían pueblos indígenas como los Yurí, Passés, Uainumás y Jumanas. Todos buscaron refugio en los afluentes de los ríos Puré y Cahuinarí.

El padre José Monteiro de Noronha, un misionero que recorrió la zona en la época colonial, registró en su diario de viaje varias referencias a estos pueblos. De los Passés dijo, por ejemplo, que “tienen por distintivo una malla negra que comienza en los pómulos de la cara que incluye parte de la nariz y desciende hasta la parte baja de la mandíbula inferior, en donde se encuadra de forma perfecta.

De las raíces del cabello sale un trazo negro que pasando por entre los ojos termina sobre la nariz. Desde las sienes por ambos lados bajan muchas líneas negras que conforman una celosía de pulgada y media de largo que llega hasta la malla antedicha”.

La investigación

Franco, murió en 2014 en un accidente aéreo, comenzó su investigación para el libro hace más de 10 años. Patricia, su esposa, recuerda: él fue uniendo piezas de la tradición oral, de afirmaciones de varios investigadores y de científicos que le dieron los indicios que fueron publicados en su libro”.

“Era un apasionado por el tema y luego de revisar documentos de sus investigaciones, para sistematizarlas, encontré unos diarios donde tenía un listado de temas por investigar. Y, casualmente, el de los pueblos aislados era el último que quería realizar”.

En 2010, Amazon Conservation Team (ACT) apoyó la investigación y, con Franco, hicieron dos sobrevuelos y tomaron fotografías que fueron claves para reafirmar su teoría.

Así se infiere del informe de Germán Mejía, biólogo experto en estudios para la ubicación, delimitación y protección de pueblos indígenas aislados en la Amazonia Colombiana, en donde hallaron asentamientos humanos (malocas, abiertos, chagras, rastrojos) y características físico-bióticas (relieve, claros naturales, bajos inundables, lagos, cananguchales).

Germán Castro Caycedo
Germán Castro Caycedo, autor de ‘Perdido en el Amazonas y quien murió el pasado 15 de julio.

“Una de las grandes preocupaciones de Franco era cómo socializar la información sin arriesgar a estos pueblos”, cuenta Patricia.

En el libro, sin embargo, logró hacerlo de manera responsable. Y fue una forma de presionar al gobierno de entonces para que creara una política pública de protección sobre estas comunidades.

Todo ese trabajo dio resultado hace un par de años cuando el gobierno reconoció a los Yurí como una comunidad indígena en aislamiento voluntario, a través del decreto 1232 de 2018, emitido por el Ministerio del Interior. Desde entonces, deben ser protegidos y atendidos para prolongar su existencia.

Estos pueblos y sus historias, invisibles para la sociedad avanzada, han sobrevivido sin ningún tipo de avance médico o tecnológico.

La firma de este acto administrativo de reconocimiento se produjo tras una investigación conjunta entre Parques Nacionales Naturales de Colombia, ACT y las autoridades indígenas del Resguardo Curare los Ingleses, del corregimiento de la Pedrera Amazonas.

Aislados pero en riesgo

Parques Nacionales Naturales creó, en 2002, el Parque Nacional Natural Río Puré, de 999.880 hectáreas, en la zona interfluvial de los ríos Putumayo y Caquetá.

Para conservarlo creó un corredor desde el río Amazonas hasta el Caquetá. De esta forma, protegen del contacto a los pueblos indígenas aislados. Otra de las barreras son los puestos de control para evitar e impedir el acceso a estas zonas.

Hasta la fecha no se sabe de ningún contacto con los pueblos aislados del Puré. Sin embargo, en 2015 hubo amenazas que atentaban contra su aislamiento.

Por ejemplo: actividades de minería muy cerca de su territorio y la entrada de dos evangelizadores norteamericanos que buscaban nativos para convertirlos a su fe.

Roberto Franco García, tal vez el científico que más estudió los pueblos aislados de Colombia. Foto: Parques Nacionales Naturales de Colombia.

La presencia de la Iglesia Evangélica Bautista, de hecho, fue denunciada en junio de ese año por Parques Nacionales. La entidad aseguró que los misioneros buscaban a los Yuri con la ayuda de guías locales de Tarapacá.

Y es que la historia ha demostrado que una vez se descubren, bien sea por misioneros, curiosos, o personas que explotan el territorio, lo que sigue es su exterminio.

En el siglo XX se destaca el caso de los murui (jairuya), del Caguán, contactados por el padre Estanislao de las Cortes en 1925. El caso de los boras y mirañas, del Cahuinarí y Pamá, contactados por el padre capuchino Bartolomé de Igualada en 1936 y 1937. Y el caso de los murui, del Cuñaré, que en 1959 fueron contactados por caucheros y llevados a Araracuara donde muchos murieron.

Actualmente, algunos grupos indígenas como los kogis, en la Sierra Nevada de Santa Marta; los uwas, de Cobaría, Bókota y Tegría; los letuamas, del caño Oyacá; los ticunas, del caño Pupuña (afluente del río Cotuhé); algunos de filiación tukano, del río Pirá Paraná, y los emberas, del alto río Bojayá, mantienen un alto grado de aislamiento y conservan un acervo importante de su cultura tradicional.

Las huellas de los Yurí

Estos pueblos y sus historias, invisibles para la sociedad avanzada, han sobrevivido sin ningún tipo de avance médico o tecnológico. Así demuestran que estando lejos de una comunidad que destruye su entorno, su medio ambiente, el consumismo y las diferentes enfermedades actuales, pueden vivir durante años.

La única manera de seguir la “huella invisible” de estas comunidades es perseguir los registros literarios, indagar en la memoria colectiva, escuchar los relatos de los sabios que aún habitan el Amazonas.

Esta imagen (la misma de la apertura de esta nota) aparece en el libro ‘Cariba malo’ y es del archivo del padre Antonio Javer Lamaña, por cortesía de Anastasia Candre.

Perseguir las huellas de los Yurí-Passé necesita de paciencia, entrega y respeto. Pocos lo han intentado como Franco, quien determinó con su investigación histórica, y con diversas fuentes sobre la región Amazónica, la ubicación, el territorio, la identidad cultural y lingüística de los pueblos aislados que habitan las cuencas del Río Puré, Bernardo, Cahuinarí y Pupuña, en el departamento del Amazonas.

Franco señaló que esta comunidad, a lo largo de 400 años, abandonó las orillas del río Amazonas y migró aguas arriba buscando refugio. Y, a través de crónicas y relatos de la época de la Conquista y de la Colonia, determinó que los Yuri son descendientes de los cacicazgos que dominaron el curso medio del río desde tiempos prehispánicos.

Existen y el deber de los colombianos es entender su aislamiento. El día que ellos cambien de opinión, algo que también es una posibilidad, el país debe estar preparado para atenderlos. 

Su investigación se concentra en la historia de los cacicazgos de los yorimanes y yurimaguas, del siglo XVII, pero conocidos en el XVIII como los yurupixunas. Según su investigación, estos grupos indígenas acostumbraban a tatuarse la boca y el rostro, al que además pintaban de negro.

Lo importante es respetar el aislamiento

En realidad no existe una diferencia de fondo entre los Yuri y otras comunidades indígenas que han decidido retirarse de la sociedad para proteger a su gente.

Lo importante es saber que lo que los ha destruido ha sido la minería, la deforestación y la evangelización. Y todo por hombres ‘blancos’ que no respetan su decisión y desconocen que ellos pueden vivir sin vacunas, sin herramientas, sin internet y sin la medicina del siglo XXI.

Existen y el deber de los colombianos es entender su aislamiento. El día que ellos cambien de opinión, algo que también es una posibilidad, el país debe estar preparado para atenderlos. Y no con un simple protocolo de atención: debe haber simulacros de acción y manuales de manejo.

Portada del libro de Castro Caycedo

Pero a la fecha, no hay una campaña de socialización fuera de la zona ni con las entidades gubernamentales para que apoyen la política de No contacto. Por el contrario, la mayoría de la población colombiana desconoce su existencia exponiéndolos a informaciones equivocadas o manipuladas  de acuerdo con intereses particulares.

Se calcula, con las hipótesis de Roberto Franco, que en el Parque Nacional Natural Río Puré existen más de 10 malocas, con diferentes formas, y que probablemente corresponden a dos grandes etnias que tomaron la decisión de no salir al exterior.

Lo de menos es saber si son Yurí, Passe, Jumanas o Uianumás: lo importante es que, por ahora, han dejado saber que no quieren ser contactados.

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