Memorial de la deportación

Recorro la calle Mayor desde la Puerta de Sol hasta donde sobreviven, como melancólicos vestigios, las murallas del Madrid medieval. Y es como si estuviera atravesando una línea de tiempo en la que aparecen, a veces vagamente, a veces con precisión, los diferentes rostros del ayer.

Mi imaginación ha logrado animarse en medio de la canícula de un verano que ha sido insoportable. Ya no es cambio, sino ebullición climática esta catástrofe a la que asistimos entre el desdén y las alarmas. Pero, buscando la sombra, mis pasos van perdiéndose por entre la gran calle y sus rúas aledañas.

Giro y ahí está la Plaza de la Villa. Hacia el fondo, a la derecha del Palacio de Cisneros, hay un pasadizo que me llama la atención. Siempre, más aún que las grandes avenidas multitudinarias, me han encantado estas callejas angostas que acogen con frescura y en las que la luz goza de una libertad más tenue para juguetear con los muros, las puertas y las ventanas.

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Pero antes he observado, con la cabeza levantada, girando a un lado y a otro, la sobria mezcla de los estilos arquitectónicos que se manifiestan en la plaza. Ella es, ciertamente, uno de los tesoros del viejo Madrid de los Austrias. 

Aquí reminiscencias del gótico y el mudéjar en la casa de los Lujanes. Allá las columnas, los balcones y el frontispicio precortesanos del siglo XVI, en el Palacio de Cisneros. Y, extendida a lo largo de uno de los flancos, la casa de la Villa, cuya fachada principal se orna de escudos donde osos, madroños y dragones vanaglorian las alcurnias del siglo XVII.

Pero es el pasadizo el que me punza la curiosidad. Por él me encamino hasta desembocar en otra plaza más pequeña. Veo allí cuatro esculturas. Son tres figuras verticales y, al frente, una más, ancha forma cuadrada que intenta cerrarse sin lograrlo. El conjunto acerado y de color cobrizo me remite a los trabajos surrealistas de Max Ernst. Pero aquí predomina más la sobriedad, la simpleza, una suerte de recogimiento.

Monumento Madrid

No demoro en saber que es un memorial de la deportación. Su autor es José Miguel Utande y se ha levantado en el corazón de Madrid para recordar a los españoles que fueron deportados al campo de concentración de Mathausen, durante la segunda Guerra Mundial. 

El pasado emerge con fuerza y golpea mi memoria para que se abra y sepa y no olvide. Recuerdo velozmente mis correrías por Berlín, París, Roma y Praga en las que indagué alguna vez por las huellas que dejaron los totalitarismos en su siniestro recorrido. 

En esas ocasiones, sin embargo, iba de un lado a otro de Europa porque quería saber sobre ese siglo XX, el más profuso en víctimas, masacres y desplazamientos. Ahora, en cambio, mis pesquisas son otras y se dirigen más a imaginar cómo era el Madrid adonde venían los pintores neogranadinos para aprender las minucias del arte religioso y hacer retablos para las iglesias de Tunja y Bogotá.

Al enterarme de que se trata, respiro profundo. Tomo un largo sorbo de agua del termo para enfrentar el calor. Y leo cada uno de los nombres de los 449 españoles y españolas que combatieron, desde sus ideas republicanas, los arrasadores vientos del franquismo y que, exiliados en diferentes sitios de Europa, fueron deportados a Mathausen.

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Los nombres están grabados, en orden alfabético, en los tres Árboles de los sueños, así ha llamado Utan las figuras verticales. Y al pronunciarlos en voz baja algo de sus itinerarios se reconstruye para así forjar una cierta proximidad con lo que parece levantarse con matices de fantasmagoría.

Gabriel Álvarez, Carmen García, Saturnino Izquierdo. Y van surgiendo, borrosamente, la huida, los escondites, las ansiedades del hambre, la sed y el deseo, la detención por parte de policías colaboracionistas. 

Irene Horschitz, Emilio López, Constanza Martínez. Y se trazan las mazmorras carcelarias, los empellones, los insultos, las golpizas, los trenes atestados cruzando las fronteras, la llegada a los campos bajo la vigilancia de los soldados nazis. 

Tomás Gil, Anita Monthius, Teodoro Tornero. Y después los aplastantes trabajos forzados, el uniforme a rayas, la esperanza incierta en un porvenir imposible, las interminables filas hacia las cámaras de gas. 

Dionisio del Pozo, Ramiro Orihuela, Agapito Ruiz… Nombres de hombres y mujeres que sufrieron los vejámenes no por ser judíos ni gitanos ni homosexuales, sino por defender una república democrática, laica y libertaria que fue aplastada por la bota militar, fascista y católica ultramontana. 

Monumento Madrid

Cuando termino de ver la cuarta escultura, llamada la Puerta de la libertad, supongo que acaso no sea vana del todo esta despedazada rememoración de un transeúnte ocioso que, de súbito, en la Madrid de los tiempos modernos, se ha tropezado con las huellas del horror. 

Busco de nuevo la sombra. Bebo un largo trago de agua y sigo hacia lo que queda de las murallas árabes. De esa Madrid que no se imaginaba ni en sus sueños más temerarios lo que sería después. A la sazón se llamaba Mayrit y era más una fortaleza militar que otra cosa. Mayrit, digo para mí, como si estuviera diciendo martirio. Aunque reconociendo que el vocablo musulmán evoca la matriz de un arrollo. 

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4 Comentarios

  1. Amable Pablo, cada uno de estos descriptivos y melancólicos, evocadores retratos humanos y arquitectónicos de la ciudad y sus recodos históricos, continúan conformando otro bello libro que bien podrá titularlo: Cuaderno de Madrid. En estas acuarelas de poeta sudoroso, no se le escurren la ciudad ni su memoria “entre los dedos de la percepción y la comprensión”, como lo pensaba, 21 años atrás, caminando por calles y avenidas de París.

  2. Hola Pablo, en tu recorrido por Madrid has encontrado lugares históricos maravillosos y tu mirada es profunda, curiosa y logras encantar y motivar al lector sobre infinidad de temas dignos de conocer y entender aún más. Felicitaciones y Gracias por compartir tus excelentes textos. Un abrazo

    1. Luis Germán Sierra J.

      Arte y literatura recordando a los deportados (o inmigrantes o muertos -asesinados, mejor dicho-) españoles. En nuestro medio el arte es poco menos que imposible. Y las esculturas, patéticas, casi siempre.
      Gracias, Pablo.

  3. Apreciado Pablo
    Hay en tus letras un dejo de nostalgia al recorrer esa Madrid que corre paralela a la urbe de turistas y comerciantes. Cuantos nombres de seres perdidos en la incomprensión y el odio. En España como en tantas partes de nuestro país.
    Un abrazo.

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