Diatriba contra el neoliberalismo, porque la ministra de los tenis tiene la razón

Aunque los correveidiles y ujieres de los grandes capitales corrieron a burlarse y a silenciarla, la teoría del decrecimiento sigue abriéndose camino y terminará por quedar explícita en los compromisos de los gobiernos frente al cambio climático.

Los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron décadas de grandes paradojas: por un lado, los mechudos hippies proclamaron un romántico regreso a la naturaleza; y la ecología cobró notable importancia ante la amenaza nuclear, la guerra fría, el crecimiento poblacional, los estragos de la industrialización y la destrucción de los ecosistemas terrestres y marítimos. 

Por el otro, los rabiosos chicos de la Escuela de Chicago -de cabellos cortos- impulsados por el Fondo Monetario Internacional, le entregaron al mundo una teoría económica que consagraba como un dios a una bestia voraz y falsamente infalible: el mercado.

Había renacido el liberalismo económico, en forma de neoliberalismo o capitalismo salvaje, que preconiza libertad absoluta para producir y consumir, maldice la intervención del estado y patrocina el traspaso de bienes públicos a manos privadas. Es decir, el mundo apretó el acelerador del crecimiento perpetuo, ruta que conduce irremediablemente a su propio colapso.  

En esa misma época, el Club de Roma encargó a científicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts, dirigidos por la científica ambiental Donella Meadows, para que investigara las consecuencias del crecimiento económico sobre el planeta. Los resultados aparecieron en un informe esclarecedor y estremecedor: Los Límites del Crecimiento. Este aseguraba que de continuar creciendo —como íbamos— el mundo colapsará a mediados del presente siglo. Esto es, que no se puede crecer ilimitadamente en un planeta con recursos naturales finitos. 

Desde esas décadas se ha dado una controversia en la que la ciencia, encabezada por la ecología, se ha enfrentado —con menos resultados de los que uno quisiera— al poder real de grandes instituciones financieras y empresas transnacionales que continúan con metas de producción y crecimiento cada vez más demenciales.

En la Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) realizada en Glasgow el año pasado, se evidenció que el cumplimiento de los compromisos de los gobiernos para evitar la catástrofe climática mundial está a punto de convertirse en un estrepitoso fracaso. 

Deforestación en Cartagena del Chairá - CRISISGROUP Tom Laffay
Deforestación en Cartagena del Chairá | Crisis Group / Tom Laffay

Porque el modelo de economía neoliberal imperante continúa aferrado al dogma del crecimiento económico sin cortapisas, que constituye una talanquera al concepto de desarrollo económico, el cual se refiere al mejoramiento de las condiciones de vida y a la disminución de la desigualdad, práctica que presupone la participación activa del Estado. 

El modelo neoliberal constituye una barrera también a la implementación de los conceptos de desarrollo humano o desarrollo sostenible, que, tímidamente intentan oponérsele. 

Porque el modelo económico neoliberal —y los economistas neoliberales— como decía el chileno Manfred Max-Neef, no quieren saber nada de ecosistemas, ni de termodinámica ni de biodiversidad. Son reptiles antediluvianos que continúan atragantándose de riquezas al pie del abismo. Siguen convencidos de que la naturaleza es un mero subsistema de la economía.

Además, el modelo económico neoliberal, que por lo regular es casi sordo, se torna histérico cuando oye hablar de decrecimiento económico, que no es solo una teoría económica, sino un movimiento social mundial que constituye el último salvavidas lanzado —más por la ciencia que por la economía— al planeta moribundo. 

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Es una teoría que aboga por la disminución programada y regulada de la producción para instaurar una relación equilibrada con la naturaleza. Los correveidiles y ujieres de la ultraderecha chillan y patalean cuando oyen hablar de esta teoría, pues la religión de la bestia voraz del mercado les tiene prohibido aceptar la ciencia: son, por antonomasia, negacionistas del cambio climático.   

A los neoliberales no les interesa el consumo, lo que en realidad los emociona es el consumismo, que es una peste descontrolada que impele a comprar de manera desmedida cachivaches y chucherías innecesarios o peligrosos. Al consumismo llegamos mediante la creación de necesidades ficticias por parte de la publicidad que, sin escrúpulos, propició esa práctica que es la causa principal de la degradación ambiental.  

El consumismo de carne y alimentos ultra procesados ha originado no solo enfermedades mórbidas en la población, sino tala de bosques y aumento del metano en la atmosfera. El de prendas de vestir, de celulares, de electrodomésticos y de vehículos, los cuales ya no se reparan, sino que se reemplazan, aunados a la criminal obsolescencia programada, terminó por inundar de basura al planeta.

Los millones de millones de toneladas de plásticos producidos, ahora se encuentran en los ecosistemas terrestres, marítimos, nubes y hasta en nuestros propios cuerpos en forma de micro plásticos.

El planeta requiere una reducción global del consumismo energético fósil y de su extracción, así como de un impulso más consistente para las energías alternativas. El cambio de la matriz energética a fuentes renovables es el gran imperativo mundial, pero lo es también para Colombia, puesto que los países que primero se pongan a tono, podrán enfrentar de mejor manera los retos del futuro. 

¿Es posible, entonces, un mundo con decrecimiento económico en el que consumamos menos y mejor?

Claro que sí. Todo apunta a que el decrecimiento es una forma plausible para acercarnos a la reducción de emisiones fijadas en el Acuerdo de París. Como plantea la Mazzucato, no solo se requiere de una mayor inversión en energías renovables, sino que se exige “un compromiso social con un nuevo acercamiento, menos materialista, a la manera en que vivimos”.

Aunque no es fácil, porque el problema es más mental que técnico. Se trata de otro estilo de vida con otras reglas de juego, donde lo local esté por encima de lo global y lo real por encima de lo artificial. Los jóvenes de ahora son los que mejor han entendido el problema y están llevando a la práctica otras formas de relacionamiento menos ostentosas, más del transporte público y de las bicicletas que de los autos privados. 

Por eso, bienvenida la reflexión que hizo la nueva ministra de Minas y Energía, Irene Vélez Torres, en el congreso minero de Cartagena: “Los países del mundo deberían tener modelos de decrecimiento económico para dejar de demandar ese extractivismo exacerbado”.

Aunque los correveidiles y ujieres de los grandes capitales corrieron a burlarse y a silenciarla, la teoría del decrecimiento sigue abriéndose camino y terminará por quedar explícita en los compromisos de los gobiernos frente al cambio climático. Después de todo, los hippies mechudos que proclamaban en las décadas de los sesenta y los setenta un romántico regreso a la naturaleza, no estaban tan locos como se pensaba antes. Paz, amor y sexo.

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3 Comentarios

  1. Guillermo GonzaDe La Cruz

    Hola Pedro. Claro y conciso en la explicación e inducción sobre la teoría del decrecimiento económico. Socializaré tu crónica. Fuerte abrazo!

  2. Ernesto Díaz Ruiz

    Acertada reflexión y contundente conclusión.
    Una táctica goebeliana, aparte de desinformar, es la de usar falacias argumentativas para anular un planteamiento.
    La Falacia Ad Hominem es uno de los tipos de falacias más usados y, a su vez, reconocibles. Es la que afirma la falsedad (o idiotez) de un argumento por haber sido dicho por quien lo dijo. Es decir, se intenta desacreditar a la persona que ha defendido una postura por ser esa persona, en este caso, por ser la ministra que usó unos tenis en una ocasión “ceremoniosa”.
    Así las cosas, los pupilos del comunicador nazi salen en avalancha, sin siquiera pensar en que diablos es lo que van a hacer, a despotricar con cualquier motivo contra todo lo que diga el de la otra orilla, sólo por que lo dijo esa persona.
    La ministra, la Matzucato, la Meadows, Max-Neef, tu, yo y un enorme montón de “locos, revolucionarios castrochavistas, que le van a entregar a Colombia al comunismo”, sabemos que la ciencia deberá estar por encima de la economía si queremos que nuestros bisnietos puedan respirar sobre esta bola de barro errante que llamamos tierra.
    Abrazo Pedroluis.
    Gracias por tu escrito.
    Seguiré esperando un texto sobre las teorías de Nobre para niños.
    Jejeje.

  3. JULIO CESAR LONDOÑO

    Increíble, sigue siendo necesario explicar que el crecimiento infinito es un imposible lógico, que la Conquista fue la primera barbarie del mundo globalizado y que el neoliberalismo es un modelo tan inviable como el comunismo. Muy buena la lección de Pedro, como siempre.

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