¿No es este el momento de pensar en el bono de cultura?

El consumo cultural, por lo menos en los segmentos jóvenes en muchas regiones vive una verdadera hecatombe. Solo se ha reactivado los consumos de estratos altos y medio altos. Y eso no parecer interesarle a mucha gente.

Muchos años pensando las políticas culturales y varios cuatrienios construyendo iniciativas para ayudar a los productores de la cultura (sean editores, exhibidores de salas de cine, grupos de teatro, artistas plásticos), generaron en Colombia una infinidad de catálogos de estímulos, reducciones de impuestos, formalizaciones concertadas y subsidios. Unido a todo esto se crearon programas de economía naranja que ayudaron a algunos emprendedores.

Puede leer de Nicolás Morales: Revista Cambio: cuidado con la arrogancia

Por supuesto, la pandemia disparó las disparidades y llevó al borde de la extinción a muchas de las industrias de diverso tipo. Por eso el Estado debía reaccionar para que el barco no se hundiera del todo. Las salas concertadas siguieron recibiendo recursos, incluyendo los cheques a las iniciativas fuertes (equipamientos tipo Santo Domingo y las otras expresiones subsidiadas).

El bono de cultura, iniciativa de instituciones públicas de orden nacional y regional, es un subsidio con tarjetas que se pueden emplear en un listado gigante de establecimientos, centros culturales, librerías y que se va descontando, como si fuera una tarjeta débito.

El Estado no abandonó las entidades nacionales y las alcaldías grandes han cuidado en general los presupuestos de las entidades culturales. En la Gobernaciones sí hay poco que hacer pues es alto el grado de corrupción en el entramado cultural de secretarios y demás, con un par de excepciones. Y tenía sentido: en todos estos años se ha construido en Colombia una epidermis cultural mucho más estable que en la mayoría de los países vecinos del área andina y centroamericana donde, me da la impresión, la cosa de vivir de la cultura es una verdadera odisea (artista plástico en el Perú, librero en Ecuador o autor en Bolivia, que son los tres casos que conozco). Incluyo por supuesto el caso venezolano, donde literalmente la cultura y sus engranajes mueren de hambre.

Diríamos entonces que en Colombia las editoriales indies aguantaron, los cines reabrieron, el teatro vuelve a funcionar a media marcha, la alcaldía rescata pequeñas compras de libros para las bibliotecas públicas. Por supuesto, todo el mundo está muy herido y presenciamos  naufragios muy tristes. Algunos no los hemos terminado de asimilar (Arcadia, Arte y Libro, muchos proyectos culturales de expos y manuscritos en potencia…).

Lea de Nicolás Morales: El top de los libros de antropología en Colombia (de autores extranjeros)

Toda esta larga introducción para decir que algo que me preocupa es que en decisión de ayudar los actores de la cultura estamos olvidando las audiencias. Es decir, las miles de personas que se empobrecieron y que tenían prácticas de consumo cultural (antes de la pandemia) o los y las de estudiantes jóvenes que –arruinados en sus casas- no tienen hoy un peso para comprar un libro nuevo, pues es -otra vez- un consumo suntuario.

Los chicos y chicas van a los escaparates de libros y no logran comprar una novela de bolsillo. Ver una película como Memoria, por ejemplo, salvo en las sesiones en Cinemateca, resulta muy costoso para un cierto sector de la población. En resumen: el consumo cultural, por lo menos en los segmentos jóvenes en muchas regiones vive una verdadera hecatombe. Solo se ha reactivado los consumos de estratos altos y medio altos. Y eso no parecer interesarle a mucha gente.

Las experiencia europeas del 2020 particularmente en Italia y España son revolucionarias. El bono de cultura, iniciativa de instituciones públicas de orden nacional y regional, es un subsidio con tarjetas que se pueden emplear en un listado gigante de establecimientos, centros culturales, librerías y que se va descontando, como si fuera una tarjeta débito. Digo, ¿no es fantástica esta idea?

Qué tal pensar que el gobierno pone treinta mil pesos en un libro y el comprador lo que falta? ¿O que en un concierto de música del Pacífico el asistente solo pague el 20 por ciento?

El presupuesto entonces queda en manos de los ciudadanos pero está canalizado en muchas manifestaciones culturales inscritas previamente. Claro, las tarjetas son generosas. Es decir, promedian entre 300 y 500 euros por persona. Son países ricos y son cifras sostenibles en ese contexto. Pero creo que podrían iniciarse pilotos con cantidades más pequeñas en Colombia.

En Cataluña el bono tiene un asunto interesante y es que cubre una parte importante del valor del evento pero no todo. Es decir todos y todas ponen. ¿Qué tal pensar que el gobierno pone treinta mil pesos en un libro y el comprador lo que falta? ¿O que en un concierto de música del Pacífico el asistente solo pague el 20 por ciento?

También de Nicolás Morales: El top de la compra de derechos de Colombia

Me parece que tiene un increíble potencial: uno, siembra presupuestos en personas que no consumían tradicionalmente y que se ven confrontados a asistir y escoger. Dos, permite rastrear consumo cultural: ¿en qué espectáculos las personas gastan? ¿Qué libros compran? Y tres, genera algo de competencia entre los oferentes culturales. Vender mejor una obra de danza artística, atraer gente a una librería, etc. Dirán: todo muy utópico; es un país pobre. ¿Quieren que les recuerde cuanto se ha gastado en asuntos de la economía naranja en estos tres años? Nada, como unas 300 mil tarjetas de 200 mil pesos. Con eso podríamos empezar, a lo bien.

3 Comentarios

Deja un comentario