Los monumentos derrotados

Un fantasma ha recorrido la historia universal: aquel que derriba monumentos con los que se ha pretendido homenajear a ciertos personajes históricos. Ha sido una constante, aunque sí con muy diferentes significados, protagonistas y damnificados. Mi conclusión es la de que, salvo reveladoras excepciones, se les ha dado a las estatuas más importancia y trascendencia de aquellas que, en buena ley, conllevan tales mármoles y bronces. Inclusive en algunos casos se ha pasado de lo extravagancia a la idiotez.

Los romanos usaron la dammatio memoriae, mediante la cual el nuevo emperador mandaba destruir las estatuas de su predecesor. Otros procedimientos posteriores fueron más macabros y bufonescos. Al papa Formoso (896), su sucesor, a los nueve meses lo ordenó desenterrar, juzgar y, en el llamado Concilio Cadavérico, lo hizo condenar. Un nuevo pontífice lo rehabilitó; otro lo volvió a juzgar, nueva condena; el último de la jornada lo volvió a rehabilitar. Sus restos reposan en El Vaticano, pues, se asegura, Formoso fue un sacerdote probo.

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Parecido drama sufrió Oliverio Cromwell, Lord Protector, Dictador de Inglaterra (1653-1658). Se le ofreció la corona, la rechazó, sus funerales fueron los de un monarca. Nuevo gobernante y rey lo hizo desenterrar, juzgar, condenar y ahorcar su cadáver; luego le cortaron la cabeza, la cual fue expuesta durante más de diez años en la vía pública. Años después se le concedió estatua en Westminster Abady. Aquella, la cabeza, la compró un coleccionista y se desconoce su paradero.

Antonio López de Santa Ana (17941876), político chocarrero y de opereta, quien fuera 11 veces presidente de México, y quien fuera las mismas 11 veces arrojado de ese cargo, presenció la exaltación y la derrota de su pierna como tal, y eso en su propia carne. Así como se escribe. En un bombardeo francés a Veracruz perdió una pierna; amputada, recibió ella honras fúnebres, tedeum y entierro con multitud, placa y monumento. Años después, turbas concitadas desenterraron la extremidad, la arrastraron por las calles y la quemaron. ¡Qué pierna tan monumento! ¡Cuán vana y banal vanidad del poder!

Oliverio Cromwell, Lord Protector, Dictador de Inglaterra (1653-1658)

Los eventos anteriores tienen una característica: en ellos es un nuevo poder institucionalizado el que actúa en contra de la memoria del anterior poder. En los más recientes casos de esta índole, lo peculiar es que se trata de actos en contra del poder, y que provienen de indígenas, ecologistas, universitarios, activistas y contestatarios en general.

Unos pocos casos recientes acontecidos en Colombia, dan para breves meditaciones.

A la estatua de Sebastián de Belalcázar, en Popayán, los indígenas misak la destituyeron de su pedestal. Bien hecho, porque fuera de fundar algunas ciudades, mucha muerte, estropicio y amañadas sentencias trajo este apóstol al revés. Estatua con saldo muy negativo. En Bogotá, en Los Héroes, procedieron en contra de una estatua de Bolívar. Y en Pasto en contra de la de Nariño. No creo que a estas dos actuaciones las apruebe la gran mayoría de los colombianos.

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Y no me podía faltar Colón. A su estatua le correspondió sufrir el martirio en Barranquilla. Le achacaron delitos de sangre, o sea los que cometieran los conquistadores que vinieron después. Sin embargo, para mí, no obstante su obsesión por el oro, no fue Colón un desalmado, sino quien realizó la mayor hazaña, para mi modesto opinar, la hazaña con mayor trascendencia en la historia al descubrir e incorporar todo un nuevo mundo.

Y para nosotros, los colombianos, se trataría de cambiarle el nombre a nuestro país. Colombia es un nombre que se lleva porque recuerda al Gran Almirante de la Mar Océana, el mismo Cristóbal Colón. Algo parecido a lo que les ocurre a ciertos manifestantes, en la Ciudad de México, los que se hacen presentes ante la estatua del Descubridor, en Reforma, para lanzarle huevos y tomates podridos cada 12 de octubre. Casi todos son mestizos, con lo cual me suscitan lo que alguien dijo: “el mestizo sufre un drama y una contradicción en su alma, y es porque a ella la lleva escindida entre lo indígena y lo español. Reniegan de la mitad de su alma, allí. También aquí, del nombre de la patria”.

Cristóbal Colón
Y no me podía faltar Colón. A su estatua le correspondió sufrir.

Cambia no solo la sensibilidad, sino que se modifican los valores e igual la ética se vuelve más estricta con el paso de los tiempos. Y la historia, y la ciudadanía, y las víctimas, y sobre todo las víctimas, con toda razón, con estas acciones podrán clamar justicia o venganza, u olvido, o condena, o rectificación, o castigo social, o revisión, o deshonra. O la exigencia de afirmar lo contrario de lo que se ha querido representar con el monumento. O un llamado de atención por una presente injusticia. O, si se trata de algo más profundo, la expresión de un contrapoder, de mucho o de poco calado. ¡Qué cantidad significados se pueden manifestar batiendo ciertos símbolos públicos!

Con tranquilidad hacia las estatuas, necesariamente, por sobre gobierno o poderes, la verdadera historia las revisará. Y, más temprano que tarde, como eso lo hará, muy seguramente, con justicia, el monumento que lo merezca quedará en su sitio para bien de su personaje. Aquellos que no, incluso antes de ser retirados, sobrevivirán como unos adefesios de la equivocación. Y también como monumentos de la pervivencia de su nueva mala fama. Por ejemplo, la estatua del general Manuel Baquedano (1823-1897), derribada en Chile, aunque más bien conmemoraría hoy a los 70.000 indios mapuches que mató para incorporar sus tierras al sistema económico de ese entonces. Igual ocurriría con el llamado Julio Argentino Roca (1843-1914), quien, como su nombre lo indica, presidente de ese país, dirigió la llamada conquista del desierto, hacia la pampa sur, mediante la matanza de la población indígena; y con todo lo demás de parecida cuantía.

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Después de estas digresiones, podría pensarse que mi última conclusión es cínica o contradictoria. Pero no lo es. Es, más bien, una alternativa. Peio Riaño, en su sugestiva obra “Decapitados”, exagera, tanto como si las estatuas, por sí solas, definieran el poder. Más profundo es David Freedberg, consagrando al tema varios libros, entre ellos “Iconoclasia”, “El Poder de las Imágenes” y “Pintura y  Contra-Reforma”.  Se trata de interesantes autores que les dan mucha importancia a los monumentos. Estos refuerzan pero no son causa. Quien se postra de hinojos ante la pintura de un santo y le reza, lo hace, no porque lo haya embrujado el óleo, sino porque desde antes ya era un creyente. Lo demuestra el caso de la señora Goldli, suiza, católica, siglo XVI, quien le hiciera promesa a San Apolinar: “si me curas te erigiré estatua”. Cumplieron ambos. Convertida al protestantismo, martillo y cincel en mano derrumbó y quemó el busto. Moraleja: creo ahora, hágase el busto; descreo después, muera el busto. Está claro: no es el busto.

Aunque, francamente, no sé si es definitivo el sentido de estas batallas en contra de los monumentos. Ni siquiera sus vecinos y aledaños, sus habituales transeúntes, repararán en ellos. Más atención les prestarán a las señales del tránsito, o a lo que, mirando al cielo, este les indique cada mañana sobre el clima de las próximas horas. No habría que derribar, por ejemplo, a Lenín, el personaje al que más estatuas le han ejercitado este procedimiento en el mundo; sus bronces podrían permanecer como recordatorio de lo que no quisieran volver a vivir esas comunidades.

En un bombardeo francés a Veracruz perdió una pierna; amputada, recibió ella honras fúnebres, tedeum y entierro con multitud, placa y monumento

Tantas estatuas generan, ¡oh confusión o caos ciudadanos! Los únicos observadores con algún juicio -aunque transitorios, más bien impasibles y olvidadizos- lo serán los turistas, los que escucharán al guía, y con un cierto sentido de obligación atisbarán al mármol en su quietud… aunque solo durante 81 segundos. Luego seguirán la ronda y también luego, ya reinstalados en su hotel, habrán de confundir a este horripilante inicial ecuestre personaje con el santo personaje que ocupa el subsiguiente pedestal.

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