¿Moriremos sin la Filbo?

La nostalgia nos invade. Segundo año y de nuevo un batacazo: no tendremos feria presencial de libros en Bogotá. Nuestra gran Feria del Libro del barrio Quinta Paredes agoniza de nuevo víctima de lo inexorable y lo evidente: somos uno de los países más afectados por la pandemia del mundo. Parece banal que no se realice una feria cuando hablamos de miles de muertos, y lo es… de cierta manera.

Sin embargo, lo confesamos, en el medio editorial se vive como otra tragedia. He escrito mucho sobre este certamen anual. A veces dije cosas malas y no me arrepiento, pero en los últimos doce años solo decía cosas buenas, pues estaba cogiendo mucha forma. La programación era un lujo, los invitados eran cada vez más interesantes (Suecia venía con toda) y la geografía de la Feria se expandía con mejores distribuidores. Incluso, tengo nostalgia de todo lo perverso que tenía.

Cierto es que sin Filbo presencial perderemos ventas directas (a veces casi una quinta parte de nuestra cifra anual comercial), perderemos lectores (que llegaban a comprar muchos libros en sus paseos sin rumbo) y perderemos contactos (muchos manuscritos nacían en esta feria, a punto de cafés o vinos). En fin, las lágrimas brotan. La melancolía bibliográfica en este 2021 parece ser nuestro destino implacable, de nuevo. Y, sin embargo, queridos lectores y lectoras, yo les pregunto: ¿todo está perdido? ¿Es acaso el final de nuestro destino? Por supuesto que no. Si algo mostró el libro es su increíble resistencia universal como formato. Aquí planteo entonces algunas ideas para resucitar y no perder este año.  

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Volvamos a la librería. Suena trivial, pues siempre han sido nuestros naturales aliados. Lo que pasa es que nuestra relación con ellos en tanto editoriales es a veces extraña. O no tienen todos nuestros libros y no siempre están en las mejores vitrinas y etc. Pero los amamos. Y sabemos que sin ellos seriamos poca cosa. Y como lectores sabemos que siempre será mejor un librero que una feria. Mejor atendidos, más íntimo el contacto. Cierto: la librería es un espacio exclusivo  del centro y norte de la ciudad capital; escasean en el sur y son lugares raros en el occidente. Y esto pasa en otras ciudades. Su localización coincide con la de barrios de sectores hiper-alfabetizados y con poder de compra. Por ello hay que llevar a las librerías a los Parques, como en la 93. Si lograremos atraer nuevos públicos a las librerías mediante las campañas usuales de la Cámara, se podría conjugar eso que sí tiene Corferias y que debemos reconocer: es un espacio democrático.

Hagamos muchos eventos al aire libre. Hace una semana asistí a un lanzamiento en el patio de unas casas en Chapinero. Estaba invadido de un cierto escepticismo, propio de estos tiempos. En esta ocasión se trataba de un libro ilustrado relativo al barrio Quinta Camacho del arquitecto Alejandro Henríquez. Pues bien, fue un éxito total. Casi cien personas ansiosas por escuchar en persona a su autor y al escritor Andrés Ospina. Los protocolos de seguridad fueron perfectos, organizados por la librería Wilborada. Confieso que hace meses no veía gente tan feliz de no tener que acudir a las frías y desgastadas pantallas. Pregunto: ¿porque no hacer decenas de lanzamientos similares? Sillas, una tarima y un micrófono; no se requiere nada más. En cada patio de librería o en cada espacio abierto cultural podemos tener casi diez lanzamientos por día, implantados en varias semanas.  

Diez bibliotecas y diez mini ferias. Hace años no vamos a las bibliotecas. Y están ahí, con espacios generosos y bibliotecarios ávidos de gente. Incluso muchas de estas bibliotecas tienen muchos espacios colindantes. ¿Y si cada biblioteca organiza una feria con libros en su jardín? Una feria pequeña con casetas provisionales. Tres o cuatro editoriales por biblioteca. Dos conferencistas por día. Es volver a la calle con los libros, como cuando la feria funcionaba en el Parque Santander, fundada por Jorge Eliecer Gaitán. Es volver a los inicios. El libro al desnudo, sin tanto cartón, ni luces.

Filbo virtual, ¡por supuesto! Por último, sé que es difícil, pero la Filbo este año será virtual. Y promete buenas cosas. Algo está claro: el modelo virtual convivirá con nosotros por unos años más. En estos tiempos hemos venido aprendiendo que debemos ser muy cautos, pues hay mucho cansancio digital, pero aun así sigue siendo el mejor método. Y tiene una gran ventaja: una chica lectora en Pasto puede conocer un gran poeta sin desplazarse. Pocos eventos, muy seleccionados, curados y bien trasmitidos. Con eso estaría muy bien.

En fin, sobreviviremos, de eso no hay duda. Y volveremos a la Filbo presencial en abril del 2022. Ese lugar extraño con nobeles, pollos bailadores y miles de personas venerando el libro. Esa comunión gigante que nos hace tan felices, con filas eternas y estudiantes perdidos. En estos tiempos trágicos y desventurados, la esperanza en retomar parte de la normalidad es lo que nos queda. Y el libro, el libro es nuestra gran ventana.

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3 Comentarios

  1. Gracias Nicolás, son muy buenas ideas, los libros nos ayudan mucho en estos tiempos. Siempre fue un placer leer, pero ahora tienen un valor adicional, una lealtad invaluable. ¿Volveremos a la feria?, claro que sí y con más alegría.

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