Petróleo, lavado de imagen y Vladimir Putin: las jugadas detrás del Mundial de ajedrez en Dubái

En la segunda mitad de los años ochenta, en plena decadencia del proyecto soviético, el duelo entre Garry Kaspárov y Anatoli Karpov por el Mundial de Ajedrez llevó a este deporte, como nunca antes y como seguramente no vuelva a suceder, a su máxima expresión política. La rivalidad, que se extendió durante seis años y casi 150 partidas, consagró al disidente Kasparov, sepultando a Karpov y a la Unión Soviética que, en paralelo al duelo en el tablero, vivía su disolución definitiva.

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Treinta años después del último enfrentamiento entre Karpov y el ahora croata Kaspárov, la trascendencia del ajedrez como juego que consagra a la potencia más poderosa ha cambiado. El Mundial, en marcha por estos días, se lo disputan los poderosos, pero en un clima marcado por la diplomacia y la sistematización, signos de los tiempos que corren.

Los aspirantes al trono

Por un lado está el noruego Magnus Carlsen. Campeón mundial desde 2013, representa al estado de bienestar escandinavo en uno de los países más deportivos del mundo. La condición geográfica obliga a los noruegos a seguir los deportes de invierno, pero también son reputados aficionados de la Premier League, la liga de fútbol inglesa. Con el boom de las transmisiones televisivas en los años ochenta, muchos se volvieron fanáticos del Liverpool o del Nottingham Forest, y Simon Kuper y Stefan Szymanski, soportados por la estadística en su libro Soccernomics, consideran que es el país más fanático del fútbol cuando se trata de seguir los mundiales de este deporte. Ahora, con la hegemonía de Carlsen, seguidor también del fútbol pero que prefirió el ajedrez como alternativa ante la inclemencia del tiempo, los noruegos se han volcado hacia el deporte del tablero. Carlsen ha impulsado esta ola por el juego con Play Magnus, la única empresa de ajedrez que cotiza en bolsa.

Magnus Carlsen. Foto: AFP
Magnus Carlsen. Foto: AFP

Mientras tanto, el retador, Yan Nepómniaschi (Nepo), agrupa el último intento de Rusia por volver a lo más alto del que aún allí consideran el deporte de los poderosos. Aunque las sanciones que aún pesan sobre Rusia por parte de la Agencia Mundial Antidopaje por el sistema institucionalizado entre 2011 y 2015 durante el gobierno de Vladimir Putin, le impiden competir con el blasón de su país. En cambio, lo hace bajo la bandera de la Federación Rusa de Ajedrez.

El Kremlin también busca cosechar influencia en otras disciplinas. Consiguió, no sin controversia y acusaciones de sobornos, conseguir ser la sede de los Juegos Olímpicos de Sochi 2014 y de la Copa Mundial de Fútbol de Rusia 2018, grandes eventos que nadie quiere acoger en plena crisis económica global, pero que para Putin son ejemplos de hegemonía y dispositivo propagandístico.

Nepo, contemporáneo de Carlsen y a quien derrotó en el Campeonato Mundial Júnior de 2002, sería el primer campeón mundial ruso desde Vladimir Kramnik, quien lo consiguió en 2006 tras la unificación de los dos circuitos mundiales paralelos que coexistían desde 1993: la Professional Chess Association, una escisión creada por el inconforme Kasparov, y la Federación Internacional. Kramnik retuvo el título apenas un año, siendo derrotado por el indio Viswanathan Anand.

Tras Carlsen y Nepo quedaron grandes maestros como el estadounidense Fabiano Caruana (quien perdió en el Mundial de 2018 contra Carlsen) o los chinos Ding Liren y Wang Hao, representantes de los grandes rivales económicos del momento. Pero en el Torneo de Candidatos, en donde partían como favoritos, fueron derrotados por el ruso Nepo.

Dubái y el deporte como lavado de imagen

Pero quizás lo más revelador del mapa geopolítico actual es que la sede del encuentro sea Dubái. La ciudad de Emiratos Árabes Unidos acoge el enfrentamiento en el Dubai Exhibition Centre (DEC), sede de la Expo 2020, un megaevento en el que el país árabe recibe a 192 naciones durante seis meses sin interrupción. Y los invitados no se han hecho rogar, a pesar del inhóspito clima de la región y la sombra de las acusaciones de violaciones a los derechos humanos que pesa sobre los gobiernos y regímenes de Arabia. Inclusive, durante los primeros días del Mundial de Ajedrez se pasó por la Expo 2020 el presidente francés, Emmanuel Macron. El mandatario se encontró con el príncipe Mohammed bin Zayed al-Nahyan y aprovechó la gira, que también lo llevó por Arabia Saudita y Catar, para firmar acuerdos armamentísticos y comerciales. El propio Iván Duque también viajó a la Expo 2020 en noviembre.

Emmanuel Macron junto con el príncipe Mohammed bin Zayed al-Nahyan. Foto: Thomas Samson / AFP
Emmanuel Macron junto con el príncipe Mohammed bin Zayed al-Nahyan. Foto: Thomas Samson / AFP

El poderío económico de Arabia, que le debe especialmente al petróleo, parece compensar aliarse con estos regímenes a pesar de su mala reputación. Pero estos países hacen lo propio para ganarse la empatía de los extranjeros, y han encontrado en el deporte la vitrina perfecta. El Mundial de Ajedrez hace parte de esta estrategia, por medio de la cual usan el deporte de élite para lavar su imagen, una práctica conocida como ‘sportswashing’.

Lo hacen, naturalmente, en el fútbol, en donde estos gobiernos, bajo el aval de fondos soberanos u otras organizaciones (y gracias a la vista gorda de los reguladores en Occidente), compran clubes, invierten millones, promocionan sus marcas y se ganan la reputación de amos y señores del juego. Catar, en su disputa con Arabia Saudita y Emiratos Árabes, compra potenciales deportistas olímpicos con millonarios contratos para inflar su medallero. Y cabe mencionar el caso de la Fórmula 1, en donde Catar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes acogen los dos últimos grandes premios de la temporada. Incluso, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán apareció por la grilla de salida de la competición horas después de reunirse con Macron. Sobre bin Salmán pesan serias acusaciones de complicidad en la muerte del periodista de The Washington Post Jamal Khashoggi, quien en 2018 fue asesinado y descuartizado en el consulado saudí en Estambul.

El príncipe Mohammed bin Salman junto al CEO de la Fórmula 1, Stefano Domenicali, durante los actos previos al  Gran Premio de Arabia Saudita. Foto: Andrej Isakovic / AFP
El príncipe Mohamed bin Salmán junto con el presidente y CEO de la Fórmula 1, Stefano Domenicali, durante los actos previos al Gran Premio de Arabia Saudita. Foto: Andrej Isakovic / AFP

Ajedrez y poder, una relación en problemas

Mientras los poderosos posan sus manos sobre el deporte, los campeonatos siguen su curso en un universo paralelo. Carlsen y Nepo, amigos desde la niñez, se disputan el título sin hostilidad de por medio. Incluso, discuten sobre el resultado de la partida apenas la finalizan, a pesar del hermetismo alrededor del nombre de sus asesores y los entrenadores y supercomputadoras que los entrenan en secreto. La carga bélica como la del “duelo del siglo” entre el estadounidense Bobby Fischer y el soviético Boris Spasski en plena guerra fría está ausente. Pero cuando se les pregunta sobre la sede del torneo, Carlsen y Nepo se muestran indiferentes.

Ian Nepomniachtchi. Foto: AFP
Yan Nepómniaschi. Foto: AFP

En todo caso, los organizadores sueñan con que el ajedrez vuelva a tomarse las primeras planas del mundo. La sala del DEC dedicada al Mundial, insonorizada y blindada ante cualquier ayuda electrónica que puedan recibir los aspirantes al título, tiene una sala VVIP (very very important person). Como le explicó David Llada, jefe de Comunicación y Mercadotecnia de la Federación Internacional de Ajedrez (Fide), a Leontxo García en el diario español El País, “no descartamos que algún día pueda venir Putin. A un personaje así no le puedes decir que tiene que estar aquí a las 16:15 en punto para no molestar a los jugadores, porque vendrá cuando quiera. De este modo, cuando llegue un personaje de ese nivel le podemos meter aquí discretamente, pasándolo por detrás del escenario, sin que los jugadores se enteren”.

Pero la visita parece lejana. A pesar del fanatismo de Putin por el ajedrez y sus ansias por devolver el título a su país, la derrota de Nepo parece un hecho tras ocho partidas de 14, y perdiendo, en ocho horas, la partida más larga en la historia de los mundiales. Todo indica que el sueño del nuevo zar tendrá que esperar.

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