Murallas infinitas: una espléndida narración que devela el pantano nacional

Un análisis de Murallas infinitas, la más reciente novela del colombiano Felipe Agudelo Tenorio.

Por Hernán Darío Correa.

En medio del pantano nacional del crimen, la mentira, la impunidad y la injusticia; de la crisis de la democracia por la corrupción y por las formas estatales y paraestatales de represión social y política; de la contaminación ambiental urbana y de ríos como el Bogotá, en cuyo legendario Salto del Tequendama empieza la historia; y de la vulgarización de la vida y del pensamiento, lo último que podría pensarse es que una novela negra, un relato sobre crímenes atroces de niñas, se constituyera en una espléndida, intensa y divertida flor narrativa que nos abre sus pétalos hacia un grato universo de afectividad, prodigalidad y dignificación de personajes inolvidables preñados de esperanza y de vida. 

Una joven oficial de policía, ¡embarazada!; un detective –Gotardo Reina, moreno, a quien ya conocíamos desde la anterior novela de su autor, Búsqueda incesante (Planeta, 2019)-, quien trabaja apoyado por H. su secretaria, que con mirarlo descifra sus secretos de amor; Mu, la gata, también preñada, con quien vive y dialoga Gotardo en un juego de inteligencia y afecto en las relaciones de género; su hermano, dueño de un bar, experto en artes marciales y candidato a padre por segunda vez; la familia Reina, que ahora se nos despliega detrás de la historia de la madre del detective, y nos traslada desde la entrañable casa de La Calera de la anterior novela hasta unos parajes inolvidables de la costa Caribe donde viven una decena de hermanos y hermanas, las tías y el abuelo de Gotardo, hasta ahora desconocidos, con quienes se encuentra como si los hubiera dejado la víspera, con la naturalidad y calidez de los afectos familiares de Caribe; el colectivo de las Mujerciélagas, feministas defensoras de la vida de las niñas y de las mujeres asediadas, que lo saludan como “macho asintomático”, y acaban abrazándolo después de compartir la aventura del rescate de algunas de las víctimas.

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Con un tono muy bogotano de humor sarcástico y contenido, ese universo se levanta sobre el trasfondo oscuro de los bajos fondos de la trata de blancas y del crimen, cuyas aguas contaminadas no impiden el disfrute de unas delicadas pinceladas narrativas sobre los paisajes urbanos de una Bogotá también dignificada a partir de una geografía imaginaria renovada (¡es una ciudad con metro subterráneo y tren de cercanías!), recorrida por la lluvia y reflejada en sus calles mojadas, entibiada una y otra vez por el sol que perfila sus cerros pero levanta sus vapores y sus olores no siempre gratos pero siempre característicos, en cuyos amaneceres, siempre, el personaje central va tejiendo un diálogo consigo mismo sobre su historia personal, atravesada como la de la mayor parte de los colombianos por un padre ausente, y con su anhelo de verdad y de justicia, tan propio de los clásicos relatos policíacos.

Pero aquí, ese diálogo siempre se reconcilia desde y con los paisajes, aún en sus formas más densas. “No se preocupen, esta cantaleta pasará. Así que para cortarla me incorporé de la cama y descorrí de un lapo la cortina de mi habitación. Por seis minutos observé cómo era que transcurrían las cinco y diez de la mañana. Atestigüé el triunfo de lo gris, el desinterés de la luz para imponerse. No veía otra cosa que una ciudad descolorida, su laberinto de murallas infinitas sumergido en una neblina que parecía importada directamente de los polos. Sucias nubes cernían su llovizna de vocación eterna. Estaba frente a uno de esos días en los que se filtra una luz plomiza y deprimida que solo aspira a oscurecer. Ya lo deben haber adivinado, sí, esta era mi primera mañana en Bogotá, luego del regreso de la luminosa costa” (página 421).

Murallas infinitas, libro de Felipe Agudelo Tenorio
Murallas infinitas, libro de Felipe Agudelo Tenorio

Los hombres haciéndose, inventándose, y las mujeres desplegándose desde su ser primigenio, son perfilados con discreción y respeto por sus intimidades, hasta el punto de que el narrador en tercera o en primera persona, que se alternan en el relato, hace frecuentes guiños al lector, siempre dejando los suspensivos como una clave reveladora más de la dignidad que se rescata aún en medio de la tragedia familiar o de la macabra tragedia social y delictiva del país. 

Resulta magistral el relato de un encuentro amoroso, pasional, que dibuja detalladamente, pero por exclusión, las intimidades eróticas más profundas de Gotardo con Martina, en un encuentro cuyo desenlace, como suele ser en las relaciones más dignas, es finalmente decidido por la mujer. “La imagen completa, cuadro a cuadro, y desnuda de Martina, es un tesoro mío y lo acaparo” (página 412); “Ahora ya podía responder a sus labios sin que nos detuviera ningún impedimento. Solo soy capaz de decir al respecto que no hay adjetivos disponibles en ningún idioma para describir la excelsitud de sus cualidades besantes. Detallar sus labios los secaría. Cada vez que la boca de Martina derrotaba la mía en ofrecer delicias un precipicio se ahondaba a mis pies. Yo caía sin caer. Cada beso suyo me convertía en un ser aéreo. Y aunque también podía elevarme, el abismo húmedo del deseo halaba de mí…” (página 413).

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Un gran logro, por lo demás, de esa contención expresiva (que, dicho sea de paso, no se consigue del todo en las primeras páginas, donde abundan los adjetivos, tal vez porque en ellas la intensidad narrativa propia de todo el libro aún no nos arrastra), es la ausencia de truculencia aún en medio del relato de los crímenes atroces de varias decenas de niñas, cuyos destinos se levantan desde la pobreza hasta los espacios de la rumba pervertida de los actores del mundo del latifundio, del narcotráfico y de las instituciones del poder; como quien dice desde el cieno de la desigualdad social y de la acumulación por despojo propia del capitalismo salvaje, hasta el escenario de las violencias sexuales, sociales, políticas, culturales que se entrelazan en las lógicas del poder y de la riqueza de nuestro malogrado tiempo, mientras los personajes mencionados, típicos de la clase media, luchan por abrirle paso a sus pasiones alegres, a la amistad, la defensa de la vida, la justicia, la verdad, el bienestar, entrelazados en el café y el pan de cada día. 

Novela de tránsitos entre mundos y geografías opuestas, entre estados del alma de unos y otras, la flor de sus páginas está llena de retruécanos que se revelan en los solos títulos de algunos de sus capítulos: Las hermosas suicidas, Descenso escalonado a los abismos, Cazador cazado: sabor a victoria y a derrotas, en un juego literario que revela las honduras de nuestras tragedias, y las potencias y la fortaleza de la gente del común, los personajes que luchan por no dejarse hundir en el pantano, y mantienen su dignidad, su discreción, su sencillez y su decisión de vida, así sea sobre las amplias pero delicadas hojas de plantas propias de ese ecosistema del pantano, como la Victoria Regia. Quizás esa figura literaria, el retruécano, sea precisamente la que encaja en el relato tan necesario y disputado de la verdad que ahora busca el país, aquí descifradas por ellos detrás de las murallas infinitas.

Foto de apertura: Jorge Mario Múnera

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