Un homenaje al poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (X504)

El escritor antioqueño, que hizo parte del movimiento literario en los años sesenta, falleció este viernes en Medellín a los 89 años.

De todos los poetas nadaístas, Jaime Jaramillo Escobar era el más tímido, el más retraído, el menos contestatario (por lo menos en apariencia). Pero, al mismo tiempo, era uno de los más populares y de los más leídos. Y su libro, Los poemas de la ofensa, no solo es uno de los más conocidos de la historia del movimiento, sino que ganó el premio Cassius Clay de poesía nadaísta en 1967.

Su muerte, confirmada esta mañana por su sobrino Gabriel J. Henao, deja un vacío en toda una generación de colombianos, que lo leen desde hace más de 50 años, y en las cientos de personas que asistieron a su taller de poesía en la Biblioteca Pública Piloto, un proyecto en el que duró tres décadas, y que ni siquiera abandonó por la pandemia.

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Jaramillo, más conocido como X504, por el pseudónimo que usó al inicio de su carrera, murió a los 89 años en su casa de Medellín, Antioquia, al parecer por un infarto.

Su amigo del alma Gonzalo Arango (muerto en 1976), fundador del Nadaísmo, escribió de él:“De X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra generación nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su desprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta”.

Su amor por la literatura y el Nadaísmo

Nació en Pueblorrico (Antioquia), en 1931, y muy joven vivió entre Altamira y Andes, en el mismo departamento. Allá, según cuenta un perfil de Óscar Dominguez Giraldo, comenzó a leer los suplementos literarios de los periódicos colombianos. No es que en su familia leyeran mucho la prensa, sino que en las tiendas de abarrotes usaban el periódico viejo para envolver los artículos y él solía pedirle al encargado que le vendiera la sección cultural.

Estudió hasta quinto de primaria y en Andes conoció a Arango, quien se convirtió en su mejor amigo. Ambos se interesaron por la literatura, la escritura y la poesía. Y, de hecho, varios años después trabajaron juntos en la Universidad de Antioquia. A cambio de tener acceso a los libros, incluidos los del índice de prohibidos, Jaramillo le ayudaba a su amigo a sacar adelante la revista universitaria.

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Cuando vivía en Cali, a finales de los años cincuenta, se enteró de que Arango había comenzado a sacudir los cimientos de la sociedad antioqueña con un movimiento nuevo, el Nadaísmo. Era un grupo de jóvenes que se oponían al ambiente cultural de la burguesía y a las imposiciones de la academia, la Iglesia católica y otras instituciones de la tradición colombiana.

No buscaban cambiar la sociedad en sí, sino rebelarse contra las tradiciones. Según el manifiesto publicado en 1958, su objetivo era “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”. Esas ideas las acompañaban con acciones incendiarias y escandalosas para la sociedad de la época: una quema de libros clásicos de la literatura colombiana o un sabotaje del Congreso de Intelectuales Católicos.

Jaramillo terminó uniéndose al movimiento unos años después por lealtad con su amigo. “Mi participación en el Nadaísmo —como ya lo he explicado— se debió principalmente a mi amistad con Gonzalo Arango. Nunca se traiciona a los amigos de colegio, y mucho menos después de muertos“, dijo en una entrevista con El Nuevo Siglo.

Una edición de ‘Los poemas de la ofensa’, su primer libro y el más famoso de todos.

Su poesía

Al inicio escribió sus poemas como X504 porque no quería mezclar su vida literaria con su vida pública. “X-504 existe para que Jaime Jaramillo Escobar pueda vivir libremente, sin el peso de la literatura y de la admiración”, dijo en ese entonces. Pero con el tiempo cambió de opinión y comenzó a firmar con su nombre. “Me pareció que si el escritor es franco y directo debe poner un nombre”, explicó.

Aún así, su poesía no cambió: irónica, sarcástica, irreverente y con un lenguaje popular que satiriza la sociedad, las costumbres y las instituciones.

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Como escribe en la primera parte de su poema En la luna:

Suelen decirme –a manera de crítica– que vivo en la Luna.
¿Les he dicho yo –a manera de crítica– que viven en Tierra?
Cada uno tiene que vivir en algún astro, a no ser que él mismo sea un asteroide.
Si ustedes viven en la Tierra y yo vivo en la Luna, quiere decir que somos vecinos.
Vecinos míos: vuestra Tierra se ve amenazadora allá en lo alto. ¿Qué nueva guerra estáis tramando?
Prestadme una ramita de culantro para adornar mi sopa. Comeré a vuestro nombre pero a mi buen provecho.

O en la primera parte de El canto del siglo:

La riqueza no necesita quién la cante, porque ella se canta a sí misma. Pero estos pobres, ¿qué canto tienen?
Voy a cantar con los pobres, allá lejos, a la orilla del río, donde no nos oigan los ricos,
Porque si nos oyen querrán comprar nuestro canto para después vendérnoslo a nosotros mismos y hacer el negocio del siglo.
Nuestro canto es hermoso y no sólo nos alegra a nosotros, sino que también podría alegrar a los ricos, si los ricos quisieran dejar esa pena que los agobia.
No somos avaros de nuestro canto, todo el mundo puede alegrarse con él, pero el canto no se vende, porque el canto es el surtidor de la garganta.

Así, terminaba criticando más a la sociedad con sus poemas que con sus acciones. Porque como bien lo describían sus amigos era un “tipo raro”: juicioso, calmado, tímido y trabajador. De hecho, además de ser poeta y de dictar un taller de poesía, fue publicista. Arango solía decir que él era el único del movimiento que trabajaba.

En un famoso perfil que Arango le hizo, de hecho, escribió: “Se embola todas las mañanas antes de salir para el trabajo, y a las 8 en punto marca su tarjeta y le da los buenos días al patrón. Almuerza en lóbregos restaurantes para clase media donde no corra peligro de encontrarse con intelectuales, ni con poetas que tengan el desayuno embolatado. De las mesas siempre elige para sentarse la que está en el rincón”.

Ahora, con su muerte, la poesía colombiana pierde a uno de sus más grandes exponentes. Pero, como siempre sucede, quedan sus letras, para que cualquiera pueda recordarlo en la eternidad.

8 Comentarios

  1. Se van los buenos poetas, ahora solo nos queda reguetoneros de medio pelo, recitadores y compositores en funcion del mercantilismo de la palabra, ya pocos poetas que hablan con el corazon en la mano y con cantos a la luna. El tik tok manda en la palabra asi sea todo pasajero.

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