Un misterio bendecido

La música, a la que se la ha llamado el arte temporal, suprime el tiempo. Mientras se suceden sonidos y silencios, todo lo demás desaparece, y con ello el ego y sus perturbadoras exigencias.

Casi todo, aquí sobre esta tierra, si bien se analiza, es un misterio. La vida y la muerte, para comenzar con dos de nuestras inseparables compañeras. También enigmas son la materia, la energía (equivalentes e intercambiables, según lo demostró Einstein); así  el universo, el átomo, el cerebro, el ojo humano, la luz y tantos similares más. Deslumbramientos para los más encumbrados científicos. Y la física cuántica, con el postulado de la incertidumbre.

Y la música, de la cual se conoce cómo es su mecánica física: las ondas sonoras, generadas por la  vibrante materia, a las que el artista compositor organiza para volverlas una obra de arte. Empero, lo que sí continúa entre las más brumosas lejanías de nuestra comprensión son las explicaciones de sus efectos, tan enigmáticos, diversos y profundos sobre el alma, sobre los sentimientos, sobre el estado de ánimo e incluso sobre el cuerpo del ser humano.

Sin tratar de competir, ni desde muy lejos, con los tantísimos ilustrados y escritores y profundos pensadores que se han ocupado del tema, van aquí algunas reflexiones sobre este tema. Dejando en claro que la música es, y bien se conoce, multiactuante y contradictoria. Al ser humano lo puede cohibir o incitar, darle alegría o llanto, sometimiento o combate, vivir más plenamente o suicidarse, perdonar o vengarse, abrazar o agredir. E incluso melodías hay que son unas buenas compañeras para hacer el amor. En la película ’10, La mujer perfecta’, el actor utiliza el Bolero de Ravel con el fin de jugarse más erótico en su desempeño, allí.

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Aquí me circunscribiré a algunos de los aspectos de la música, los que me suscita ella al escucharla, y reflexionar sobre sus alados y espirituales efectos. En especial a la llamada clásica; y al escucharla en soledad.

La música será, así, un grandioso y transitorio olvido de sí mismo. Lo explico: olvido en cuanto supresión del ego, pues al escucharla no existirán sino ella y su  placer. Un dejar de ser. Un nirvana. Un conectarse con los trémulos titilares de la armonía, la suprema aspiración del espíritu humano. Danza interior del oyente inmerso  en las respectivas notas; y mientras se encuentre mecido  por sus aires, gozará de una supresión de la conciencia, no aquella del bien y del mal, sino supresión de la conciencia de la existencia;  que esta es una limitante carga. Una pequeña y dulce muerte, y una sensación de lo que podría darse en y después de este tránsito inevitable. Casi que una pausa cósmica.

Mientras pasa por nosotros la música, ¿qué ocurre con el tiempo y con el espacio? ¿Qué acontece  con estos dos elementos que nos constriñen y nos limitan?

La  música, a la que se la ha llamado el arte temporal, suprime el tiempo. Me refiero al  tiempo sicológico. Mientras se suceden sonidos y silencios, estos capturan de tal  manera nuestra atención, y nos sumergen tan por completo en la música,  que todo lo demás desaparece;  y con ello el ego y sus perturbadoras exigencias. Algo semejante al arrobamiento que siente el enamorado cuando recuerda a su enamorada.

En cuanto al espacio, es cierto que la música, en cuanto incite al baile, lo hace más visible y pegajoso. No obstante, en soledad es diferente. Piénsese en la escucha de una bella sonata, a medio volumen, en habitación oscura, y se advertirá que lo que llaman extensión, amplitud y anchura desparecen para el oyente.

No resulta descabellado un paralelo entre música y lectura en silencio. Una bella página, una leve y musicada poesía, la descripción artística y penetrante de cualquier objeto o personaje, también detienen el tiempo sicológico y nos sitúan en otra esfera; de nuevo estamos en la desaparición del ego y sus reclamos y exigencias.

Toda música sería una especie de nostalgia. Veamos.

Me parece que fue García Márquez quien en una de sus Notas Costeñas refirió que Tubal-Caín, “acicalador de toda clase de metales”, fue quien dio origen a la música, cuando advirtió que al golpe del yunque las láminas más delgadas producían sonidos más agudos que las de mayor espesor.

La música nace de la materia. Nace de las vibraciones u ondas sonoras que genera esa materia al someterla a  diversas modalidades. Por ejemplo, al golpearla (como en el  tambor); o al rasgarla o pellizcarla (como en la guitarra);  o al someterla al viento  (como en la flauta), entre otros. La materia responde con diversos  sonidos, de acuerdo con sus diferentes  formas o configuraciones.

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Y nosotros, irrefutable, ya lo estableció  la ciencia, somos materia evolucionada. Hace 13.500 millones de años nació este universo en el cual solo había materia, pero, eso sí, dotada en su diseño de un principio que la hizo apta para evolucionar. Para mí, diseñada por Dios, esa materia, que es nuestra primigenia madre. El compositor musical toma esa sustancia prima, o sea la materia y sus ondas y las organiza; el intérprete, luego, servido de  su  instrumento material, las reproduce; ellas, algo mecánico, viajan  por el aire hasta el oído humano, que en su interior  las transforma en  impulsos eléctricos,  para que el cerebro pueda así procesarlas como notas musicales;  para así degustarlas como a un rico y bien estructurado e inmaterial festín;  y para así colmar al ser humano de todo aquello que la música puede generar en el espíritu del hombre.

¿Nostalgia toda música? Sí, si le damos a esta palabra el sentido que tiene el término nostálgico en el idioma inglés: homesick, o sea, literalmente,  enfermo de casa, o sea enfermo de hogar, o sea la aflicción que siente el que se encuentra lejos de sus lares originales. La música nos lleva hasta la materia, hasta una de sus manifestaciones, las ondas sonoras. Es encontrarnos con nuestra inicial estación; es sentir, incluir en nuestro espíritu, las voces de la materia primordial, nuestro auroral origen en este grandísimo universo en evolución.

La materia, nuestra progenitora inicial. Permítanme, no una licencia, que no lo es poética, permítanme insinuar e insistir en que la música es la voz lejana y nostálgica  de quien fuera nuestra madre, hace ya esos 13.500 millones de años. Con todos sus posibles efectos, los de la música, tan contradictorios como lo es de contradictoria nuestra frágil constitución humana, herederos que somos de esa materia primordial. La música, hija de la materia; nosotros, hijos de esa materia, también. Esta, desde un comienzo, llevaba en su espíritu el poder de evolucionar hasta el cerebro humano, el cual  agradece, como un misterio de bendición, ese misterio de su hermana lejana y presente,  la materia, y su voz moldeada, la  música.

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